Tierra de nadie

Metáforas y realidades

Hay analistas muy preocupados por las anécdotas, que ahora resulta que son metáforas. Así, el esguince de Adriana Lastra es premonitorio de una legislatura inválida y los empujones por ocupar los escaños centrales del Congreso representan la pugna por un centro político que, en realidad, está desierto. Todos fueron ayer malos augurios y los signos inequívocos de que esto se hunde afloraron tanto en los adornados acatamientos de los diputados como en los avances en la negociación entre el PSOE y ERC, prueba inequívoca de que la patria ha sido puesta en almoneda. Para colmo, la derecha que podía evitar el caos anda a la greña y, por su división, los comunistas bolivarianos de Podemos tienen un puesto más en la Mesa de la Cámara en detrimento de Vox, y vete tú a saber lo que ocurrirá con los pactos autonómicos y locales porque los cruzados de la Reconquista ni olvidan ni perdonan. Lo dicho, esto se hunde.

Cuando los auspicios son tan terribles, nada que no haya sido leído por los arúspices en las vísceras de una gallina o en los posos del café tiene la más mínima importancia. La realidad es monotonía de lluvia tras los cristales y a casi nadie le importa, salvo que confirme lo que ya presagiaba el vuelo bajo del cuervo y el consiguiente frío del carajo. Podemos ignorar lo que pasa porque lo trascendente se oculta en las profecías.

Y lo que pasa es que nuestro sistema educativo es una broma y que nuestros alumnos retroceden adecuadamente, según las pruebas del informe Pisa. Pasa lo que tenía que pasar cuando se antepone la reducción del déficit a la educación, cuando se recorta el número de profesores y se obliga al resto a convivir con la precariedad. Pasa que hay diferencias insoportables entre comunidades autónomas y que el conjunto sigue instalado en la mediocridad pero con tendencia a la baja. Pasa que en Madrid, que es donde menos se invierte y más se segrega, los resultados son un desastre y la derecha gobernante no se los cree. Eso es lo que pasa.

Pasa además que somos un país de pícaros, o mejor dicho, que hay demasiados pícaros en este país y, por eso, hay empresas que enmascaran la subida del salario mínimo declarando menos horas de los trabajadores, de manera que les obligan a dejar de ganar lo que en justicia les corresponde. Pasa también que miles de trabajadoras del hogar han desaparecido de las estadísticas porque a sus empleadores no les da la gana cotizar por ellas y han sido sustituidas por otras, fundamentalmente inmigrantes, en situación irregular. Y mientras todo esto pasa, la conclusión que algunos sacan no es que hay que acabar con el fraude y perseguir a los pícaros sino que la subida del salario mínimo ha sido un error garrafal del Gobierno.

Pasa que en algunas comunidades gobernadas por la derecha, como Madrid y Galicia, se ignora el acceso universal a la Sanidad y se excluye a los inmigrantes sin papeles de su derecho a ser atendidos en centros de salud y en hospitales. Y pasa que las mujeres siguen siendo asesinadas por sus parejas mientras una presidenta autonómica, para contentar a sus socios ultras, explica que el hombre en sí mismo no es un ser violento porque hay hombres que también agreden a otros hombres. Lo que le pasa en la cabeza a Isabel Díaz Ayuso es otro cantar que merecería mayor abundamiento.

Todo esto es lo que pasa y lo hace de forma bastante desapercibida porque carece de importancia. Son irrelevantes las penurias educativas, los abusos laborales, la vulneración de derechos de los extranjeros y la violencia machista. Lo cardinal es que la nación se nos deshace entre las manos y que la derecha, que podría evitarlo, en vez de multiplicarse se divide; lo importante son las metáforas a cuenta de un esguince de tobillo. La sensación es que pasa poco para lo que nos podía pasar.