Tierra de nadie

Los orígenes

A Irene Montero le han querido buscar las vueltas por haber excluido de su currículo su desempeño como cajera en un supermercado, un trabajo que, según ha dicho, es el que más le ayuda ahora que es ministra para no olvidar ni sus orígenes ni la situación de las mujeres que representa. Contra Montero se supera la inquina habitual que suele destilarse contra el adversario político y existe un especial empeño es mostrar que, carente de experiencia laboral, su único mérito para estar en el Gobierno o en la cúpula de Podemos es el haber resultado beneficiaria de un nepotismo de alcoba que la reduce a la condición de mujer de Pablo Iglesias. La siempre necesaria crítica política se sustituye así por una cosificación machista que se descalifica por sí sola.

El argumento, por llamarlo de alguna forma, es especialmente despreciable pero tendría algo de sentido si se aplicara de la misma manera a otros casos similares. Si Montero nunca debió ser ministra porque en vez de trabajo en el sector privado sólo puede exhibir expediente académico y activismo político y su ascenso en política obedece a otro tipo de ‘méritos’, estamos a tiempo de desenmascarar a Pablo Casado, a quien para convertirse en líder de la oposición y aspirar a la presidencia del Gobierno sólo le han hecho falta unas prácticas de dos meses en una filial suiza del Banco de Santander. El del PP, por cierto, eliminó de su currículo este bautismo suyo en el mundo laboral, quizás porque lo de Suiza tenía mala prensa desde que algunos compañeros de partido eligieran los Alpes como residencia de sus asmáticas cuentas bancarias. En la ignorancia de lo que es cotizar a la Seguridad Social y con un currículo engordado como las ocas del foie gras, habría que concluir que su llegada a la cúspide de la derecha es resultado directo de otras habilidades suyas en posición horizontal.

Aclarado este asunto, no olvidar los orígenes es un buen propósito, sin presuponer por ello una relación determinista del comportamiento. Ni la procedencia humilde te encamina hacia el marxismo ni la buena cuna te insufla neoliberalismo en el cuerpo desde las primeras tomas del biberón. Lo que sí parece confirmado a lo largo de la historia, sobre todo en estos tiempos en los que tenemos averiado el ascensor social y nos han castigado demasiado el cuerpo como para intentar subir a pelo los peldaños sin despeñarnos a los pisos de abajo, es que tiende a mantenerse una relación estadística entre el nivel social en el que nacimos y en el que moriremos, justo lo que un Gobierno de izquierdas que se precie debería combatir con todas sus fuerzas. Puede admitirse en consecuencia cierto determinismo económico; el de clase es mucho más que discutible.

Los orígenes influyen pero no necesariamente constituyen un reservorio de valores al que uno acude cuando tiene dudas sobre cómo actuar. O sí, pero puede que para elegir del armario lo contrario de lo que la procedencia individual dictaría. Renegar de los orígenes puede estar justificado y, en ocasiones, es terapéutico. Ni el pasado es siempre motivo de orgullo ni se han de idealizar las raíces porque los apegos constituyen una de las principales causas de inmovilidad que se conocen. Haber sido en su día cajera, peón de albañil, vendedor de enciclopedias o ejecutivo de multinacional ni avala ni denigra. Agitar esta circunstancia y sugerir que se oculta como un desdoro es bastante miserable, pero tampoco aporta gran cosa presumir de ella hasta el punto de hacer pivotar sobre la cinta transportadora de un híper la visión que se tiene del mundo.

Obviamente, todo influye a la hora de conformar el carácter y moldear al gusto conceptos tales como la honestidad, el respeto o la justicia social. Bienvenido sea que el pasado laboral de la ministra le ayude en el desempeño de su cargo, desde el que, por cierto, no solo representa a determinadas mujeres, o las mujeres en su conjunto, sino a todos los que creen que la igualdad es un principio irrenunciable. Los orígenes no aseguran nada. Hay personas que se dicen hechas a sí mismas y que justifican haber alcanzado las más altas cimas de la miseria moral por haber partido desde la nada. A otras les sirve para conservar cierta coherencia entre lo que son y lo que fueron. Y algunas les recuerda lo que jamás querrían volver a ser. Son así de caprichosos.