Tierra de nadie

Ajuste de cuentas en el Gobierno

Si la convivencia entre dos personas no es sencilla y lo de dejar levantada por norma la tapa del váter es una inagotable fuente de conflictos, la cohabitación en un Gobierno debe de ser una experiencia explosiva, una vivencia al límite. No hay Ejecutivo, por muy monocolor que sea, que escape a las tensiones, a la pugna entre egos y a las luchas soterradas de sus miembros por ganar el favor del jefe. Cuando se trata de una coalición es de esperar todo un thriller político, un cóctel donde se mezclan poder y ambición con unas gotas de traición que confieren al brebaje ese toque amargo tan particular. Pues bien, lo que ha revelado la elaboración del anteproyecto de ley de Libertades Sexuales es que a alguien se le ha ido la mano con la angostura.

El episodio ha mostrado que cualquier sitio es bueno para lavar los trapos sucios y que no hay lavadora capaz de eliminar los malos olores cuando el empeño de unos y otros en marcar territorio supera los límites de una micción razonable. Ha habido en este caso un ajuste de cuentas salvaje cuya víctima más evidente, inocente o no, ha sido la ministra de Igualdad, contra la que se ha desatado una campaña de descrédito que ha rozado la humillación personal. Cuando lo importante era castigar cualquier comportamiento sexual sin consentimiento, algo de lo que los dos partidos del Gobierno habían hecho bandera, lo que ha quedado como rescoldo es la incapacidad de Irene Montero y su equipo para redactar la norma, que hubiera sido un bodrio sin el tutelaje de los experimentados socialistas. Eso es justamente lo que las filtraciones interesadas han dejado en el ambiente.

Concluida a favor de Unidas Podemos la pugna sobre cuándo debía de presentarse el anteproyecto, antes o después del 8 de marzo, y si la regulación debía incluirse o no dentro de una reforma más amplia del Código Penal, lo vivido a continuación ha sido una guerra entre Carmen Calvo y Pablo Iglesias que ha dejado malherida a Montero y marcado a Juan Carlos Campo, titular de Justicia, como un recalcitrante machista. Felicidades a los premiados.

Además de vicepresidenta primera, a Calvo le corresponde como ministra de la Presidencia jugar un papel arbitral y de coordinación del Ejecutivo. En teoría, debería ser la bombera de cualquier incendio pero la relación de esta mujer con el fuego tiene tintes enfermizos. Dicho de otra manera, el sentido común la persigue pero ella corre más. De alguien tan celosa de sus parcelas de poder y de demostrar lo mucho que manda, algo de lo que podrían dar cuenta los asistentes a las comisiones de secretarios de estado y subsecretarios que preside y a los que obliga a soportar en ocasiones extensas conferencias magistrales antes del despacho de los asuntos que han de ir a los consejos de ministros, era de esperar que se sirviera cumplida venganza tras haber perdido las competencias de Igualdad en el Gobierno de coalición.

Ni la escasa competencia técnica del anteproyecto, ni sus flagrantes contradicciones, ni los errores formales, ni la inclusión de delitos inexistentes, que es sólo una parte de la catarata de reproches que se han dirigido contra la redacción de Montero, justificaban la filtración de la aparente chapuza y de la extensa fe de erratas elaborada por Justicia. Todo para que Calvo apareciera finalmente como la salvadora de la norma, sin cuyo concurso, tal y como se ha querido mostrar, no se hubieran cumplido los plazos o el Ejecutivo habría estado expuesto a la mofa general. Si, como se ha dicho, el Gobierno ha de ser uno y no veintiuno y la regulación que impulsaba Igualdad requería del concurso de otros departamentos, tirar piedras contra una parte del tejado no te libra de las goteras en toda la casa.

Hasta cierto punto es comprensible la airada reacción de Iglesias, que empieza a estar hasta el gorro de la dieta de sapos a la que se ha sometido y que ha acabado explotando contra las malas artes de Calvo pateando el culo del ministro de Justicia, que era todo lo que se interponía entre su pie y su colega en la vicepresidencia. Ni Igualdad ha ganado la batalla ni se ha impuesto la sibilina doña Carmen porque todos han perdido. Tantos pelos han quedado en la gatera que el maquiavelito de Moncloa ha sentido pena ante tanto desperdicio.

Si esto ocurre en una parcela donde parecía existir cierta unanimidad, qué no esperar de asuntos en los que las posiciones de ambos partidos difieren o son enteramente contrapuestas. El vaticino de Iglesias de que este Gobierno podría durar dos legislaturas empieza a parecer el de los echadores de cartas de las madrugadas televisivas. Cuando alguien pregunta al tarot si su matrimonio fue una buena idea, lo normal es que te responda con la frase de San Agustín: casarse está bien; no casarse está mejor.