Opinion · Espejos extraños

Portugal, objetivo estratégico de la extrema derecha

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Varios acontecimientos recientes han revelado señales cada vez más inquietantes de que el internacionalismo de extrema derecha está transformando Portugal en un objetivo estratégico. Entre ellos, cabe destacar el reciente intento de algunos intelectuales de jugar la carta del odio racial para poner a prueba las divisiones de la derecha y la izquierda e influir así en la agenda política, el encuentro internacional de partidos de extrema derecha celebrado en Lisboa el 10 de agosto y la huelga simultánea del recién creado Sindicato Nacional de Conductores de Materiales Peligrosos. Hay varias razones que apuntan en este sentido. Portugal es el único país de Europa con un gobierno de izquierda a lo largo de una legislatura completa y en el que se acerca un proceso electoral, y es también el único país en el que ningún partido de extrema derecha tiene presencia parlamentaria.

El primer ministro de Portugal, Antonio Costa, tras una comparencia en el Palacio de Sao Bento, en Lisboa. REUTERS/Pedro Nunes
El primer ministro de Portugal, Antonio Costa, tras una comparencia en el Palacio de Sao Bento, en Lisboa. REUTERS/Pedro Nunes

¿Realmente Portugal es tan importante para merecer esta atención estratégica? Por supuesto que sí. Es importante porque desde la perspectiva de la extrema derecha internacional, Portugal representa el eslabón débil a través del cual puede atacar a la Unión Europea (UE). El objetivo central es destruir la UE y hacer que Europa vuelva a ser un continente de Estados rivales donde los nacionalismos puedan florecer y las exclusiones sociorraciales manipularse políticamente con más facilidad. Para la extrema derecha internacional, la derecha tradicional desempeña un papel muy limitado en este objetivo porque durante mucho tiempo ha sido la fuerza impulsora de la Unión Europea. De ahí que se la trate con relativo desprecio, al menos hasta que se acerque, por su propio vaciamiento ideológico, a la extrema derecha, como está sucediendo en España.

Por el contrario, las fuerzas de la izquierda son fuerzas a las que hay que neutralizar. Para la extrema derecha, la izquierda se ha percatado que la UE, con todas sus limitaciones, que durante mucho tiempo fueron razón suficiente para que algunas de esas izquierdas fueran antieuropeístas, es hoy una fuerza de resistencia contra la ola reaccionaria que avasalla el mundo. De la Unión Europea no se puede esperar mucho más que la defensa de la democracia liberal, pero es más probable que esta muera democráticamente sin la UE que con la UE. Y las izquierdas saben por experiencia que serán las primeras víctimas de cualquier régimen autoritario. Tal vez recuerden que las diferencias entre ellas siempre parecieron más importantes desde el interior de las propias fuerzas de izquierdas que desde la perspectiva de sus adversarios. Por mucho que socialistas y comunistas se enfrentasen en el periodo posterior a la I Guerra Mundial, cuando Hitler llegó al poder no vio entre ellos diferencias que mereciesen un trato diferente. Los liquidó a todos.

Sin embargo, no es relevante saber si es esto lo que piensan las izquierdas. Es lo que la extrema derecha piensa sobre las izquierdas, y esta es la base sobre la que se mueve. ¿Quién la mueve? La mueven fuerzas nacionales e internacionales. Son varias y con objetivos que solo parcialmente se superponen. Para sorpresa de algunos, la política internacional de Estados Unidos es una de ellas. Estados Unidos es hoy un defensor muy condicional de la democracia, pues solo la defiende en la medida en que es funcional a los intereses de las empresas multinacionales estadounidenses. La principal razón es la rivalidad entre Estados Unidos y China, que está condicionando profundamente la política internacional. La confrontación entre dos imperios, uno decadente y otro ascendente, requiere el alineamiento incondicional de los países aliados a cada uno de ellos o en su zona de influencia. Una Europa fragmentada será un conjunto de países fácilmente presionables o irrelevantes (Alemania es el único que requiere atención especial). Más que nunca, los intereses económicos son los que dominan la diplomacia. Así, según la BBC el pasado 9 de agosto, los tuits en chino del presidente Trump tienen más de 100 mil seguidores entre los disidentes chinos que consideran al presidente estadounidense un defensor de los derechos humanos. Y ciertamente lo será en el contexto de China y porque eso sirve a los intereses de la guerra con China. No es casual que China culpe a Estados Unidos de la ola de protestas en Hong-Kong. Pero Trump no es un defensor creíble de los derechos humanos ante los venezolanos, sujetos a un embargo cruel y devastador que la propia ONU considera una violación grosera de los derechos humanos.

La extrema derecha tiene tres instrumentos fundamentales: el aprovechamiento de la protesta social contra medidas de gobiernos considerados hostiles, la explotación de idiotas útiles y, en el caso de gobiernos más a la izquierda, la maximización de las dificultades de gobernanza derivadas de las coaliciones existentes. En el primer caso, sirve como ilustración la huelga del Sindicato Nacional de Conductores de Materiales Peligrosos. Este tipo de huelga puede tener efectos tan graves que desmoralicen cualquier gobierno. Los sindicatos conocen eso: tradicionalmente negocian fuerte y, al mismo tiempo, saben hasta dónde pueden llegar para no cuestionar intereses vitales de los ciudadanos. No es lo que ha ocurrido con este sindicato. Es altamente sospechoso el lenguaje radicalizado del vicepresidente del sindicato (“dejó de ser un derecho laboral para ser una cuestión de honor”), un personaje aparentemente convertido en ángel protector de sindicalistas descontentos. La historia nunca se repite, pero nos obliga a pensar. El gobierno democrático socialista de Salvador Allende, hostilizado por las elites locales y por Estados Unidos, sufrió su crisis final tras las huelgas de sindicatos de transportistas de combustible, precisamente debido a la paralización del país y la imagen de ingobernabilidad que reflejaba. Años después se supo que la CIA estadounidense había estado bastante activa detrás de las huelgas.

Los idiotas útiles son aquellos que, con las mejores intenciones, juegan al juego de la extrema derecha, aunque no tengan nada que ver con ella. Cito dos casos. Cuando se produjo la primera huelga del mencionado sindicato, algunos sociólogos ingenuos se apresuraron a disertar sobre el nuevo tipo de sindicalismo no ideológico, exclusivamente centrado en los intereses de los trabajadores. El contraste implícito era con la Confederación General de los Trabajadores Portugueses (CGTP), esa sí considerada ideológica y al servicio de oscuros intereses antidemocráticos. Si leyesen un poco más sobre los movimientos sindicales del pasado, sabrían que, en muchos contextos, la proclamación de la ausencia de ideología política fue la mejor arma para introducir la ideología política contraria. Pero los idiotas útiles pueden aparecer donde menos se espera. Un sindicalista que admiré mucho hasta hace poco tiempo, Mário Nogueira, se comportó en cierto momento como idiota útil al transformar las reivindicaciones de los profesores en un motivo legítimo para hacer dimitir al gobierno de izquierda apoyado por el partido al que pertenece. Este radicalismo, que confunde el árbol con el bosque, sirve objetivamente a los intereses desestabilizadores de la extrema derecha.

Por último, la extrema derecha sabe aprovecharse de todas las divisiones entre las fuerzas de izquierda, sabe ampliarlas y sabe usar las redes sociales para crear dos ilusiones a partir de medias verdades. La primera es que la mayoría de los militantes y exdirigentes del Partido Socialista opinan que al PS siempre le fue mejor en alianzas con la derecha (lo cual es falso), no le gusta el radicalismo de izquierda (que nunca definen) y que, de todos modos, libre de las izquierdas a su izquierda, fácilmente tendrá mayoría absoluta (lo que es improbable). La segunda ilusión es que existen fracturas similares en los otros partidos de izquierda, deseosos de volver a sus rincones de oposición y cansados de hacer concesiones (lo que en parte es cierto).

Las fuerzas de izquierda en Portugal están dando testimonio de un notable buen sentido que dificulta las maniobras de la extrema derecha. ¿Seguirán en este camino o se rendirán a las presiones internas y externas? Es una cuestión abierta.