El desconcierto

La dialéctica del enemigo

La candidata del Partido Popular a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (i), el candidato de Ciudadanos, Edmundo Bal (c), y el candidato socialista, Ángel Gabilondo, tras el debate electoral que los seis líderes de los principales partidos políticos madrileños celebraron en los estudios de Telemadrid. EFE

Solo faltaban en la tensa campaña electoral de Madrid los traductores del pensador totalitario Carl Schmitt, que reconvirtió la figura del adversario en enemigo al que es preciso desarmar, someter, reducir y liquidar. Desde que este filósofo diera dos conferencias en junio de 1962, en la Academia Militar de Zaragoza y en la Universidad del Opus Dei en Navarra, nunca su conocida dialéctica sobre el odio como arma política había ido más allá de cenáculos teóricos; es justamente ahora, en estos debates electorales, cuando su tesis han saltado como argumento para negar el pan y la sal al candidato opuesto. Rocío Monasterio es el penúltimo ejemplo de esta traducción, pero no es el primero ni será el último.

Levantar trincheras cuando van a abrirse las urnas refleja la impotencia de quienes como Rocío Monasterio temen ver reflejadas en ellas el irresistible descenso de Vox en beneficio de Ayuso que señalan los sondeos. La tan cacareada derechita cobarde, efectivamente, puede dejar en raspas aquella autodenominada derecha valiente. Ayuso, tras haber deglutido a la derecha violeta de Albert Rivera, va ahora a por los que se la iban a comer antes de cazarla. Esta realidad es la que explica que Rocío Monasterio haya logrado poner fin a los debates electorales en los que Vox tenía mucho que perder y nada que ganar. Así impone el grito de Vox a la vez que enmudece la campaña de las restantes candidaturas.

La ventaja de la normativa electoral madrileña, que refleja la imagen exacta de cada uno de los candidatos, es una desventaja para Vox. Como no hay unos espejos cóncavos o convexos, que mejoren a unos tanto como empeoren a otros, aquí no hay trampa ni cartón. La imagen de Ayuso engordando a expensas de Monasterio lleva a Vox a tratar de camuflar su derrota escondiéndola tras un bloque de derecha. Así no ganaría el PP sino toda la derecha. Esa dinámica de bloques es la que trata de generar desesperadamente Vox para intentar cortar esa sangría de votos hacia el Partido Popular. Tanto para no descender a la última posición parlamentaria como para poder condicionar a Ayuso.

Si Gabilondo fuese el candidato del Partido Popular, no tendríamos hoy que lidiar con los traductores de Carl Schmitt. Porque Rocío Monasterio ganaría por goleada e incluso superaría a una inteligente Mónica García que pisa ya los talones electorales del candidato metafísico. Pero no es así, y hoy los de Vox, tras haber avanzado en Andalucía y Cataluña, a duras penas pueden mantenerse en Madrid. Pasar de ser tercera fuerza a cuarta fuerza en la capital anuncia asimismo su declive en toda España. Pese a que casi todos los nuevos partidos sufren hoy la resurrección del bipartidismo, Vox busca mucho más imitar a un Más País que a un Ciudadanos, que pasó de ocupar ayer una tercera posición a desaparecer hoy.

El miedo a que el presente de Ciudadanos sea el futuro de Vox es el que explica que los traductores de Carl Schmitt  se vuelquen, por desgracia, sobre Madrid. Y seguramente intenten, muy probablemente mañana, en unas elecciones generales, extender su muy negra sombra sobre España. Que este intelectual orgánico de Hitler, que no logró ser recibido por Franco pese a su reiterada insistencia en conseguir una audiencia de la mano de Manuel Fraga, sea hoy protagonista de las elecciones madrileñas es una de las peores noticias para la Comunidad de Madrid. A muy corto plazo no es un problema, porque los madrileños darán el 4 de mayo la respuesta en las urnas, pero a medio plazo Carl Schmitt puede ser un detonante en la explosión social que se nos avecina.