Tentativa de inventario

La caída es lo de menos

La ciudad chorrea. Se deshace el glaseado y asoma el pastel que habitamos. Un pastel hecho de teja, ladrillo y asfalto por el que se desploman los humanos y chapotean, ufanos, los palomos. Dice el del tiempo que el vórtice polar se ha roto. Dice también que si el dichoso vórtice no se mantiene entero y estable, seguiremos a la deriva, a lomos de un ingobernable tiovivo meteorológico. De modo que la pesadilla aún no ha terminado, tampoco la broma. Nos queda, eso sí, la posibilidad de un garbeo por el deshielo. Tentar a la suerte. Habitar el glaciar castellano con rostro hirsuto y sentir el vértigo de la caída. Porque la caída, dicen los que apenas se han caído, es lo de menos; lo importante, apostillan los muy cabrones, es levantarse de nuevo.

El tema es que casi me caigo. Un rectificado de urgencia me privó de una leche que se intuía antológica. En la inminencia del batacazo, en ese instante previo a lo imprevisible, pude verme el costillar hundido en el hielo. También vi como el puerro, las birras y la media pechuguita de pollo campero que portaba se hundían conmigo en ese lecho que en su día fue níveo, que lució algodonoso tras la tormenta, y que ahora no es más que un triste granizado de mugre. El caso es que ahí tendido, instalado en el presagio, rodeado de hielo y basura, opté por hacer la mariposa en la nieve, sonreír a los transeúntes e incluso zarandear la media pechuga y lanzarla al vacío. Mi mente, por lo que fuere, decidió aceptar la fatalidad, abrazar el caprichoso designio y asumir una caída que, por otra parte, nunca tuvo lugar.

Porque no caí. Pero pude hacerlo. Pasear por la Villa estos días es dar por hecho una provisoria caída. El leñazo acecha al más ponderado de los viandantes y es precisamente esa eventualidad, la de irse al carajo, la que favorece otra eventualidad no menos viable, a saber; la de mandarlo todo al carajo. Un deseo lícito que va tomando cuerpo tras cada resbalón y que, en gran medida, se lo debemos a nuestros gestores.