Tentativa de inventario

Cayetanos bailongos

Bajo una luna prístina y asertiva como una buena hostia, se me reveló el pasado miércoles una idea que, en el perorar incesante de mi interlocutor, me pareció cristalina de tan obvia, a saber; que la peña no está bien de la cabeza. Ocurre que entre confinamientos, Filomenas, Hortensias, desorbitados índices de contagio y súbitas voladuras de edificios, las autoridades sanitarias han podido constatar, no sin cierto estupor, que el personal está perdiendo la perola a marchas forzadas. No es para menos. El espíritu burbujeante y antojadizo que otrora caracterizó a los habitantes de la Villa, da paso ahora a una especie de abulia que, en algunos casos, se ve agravada por una preocupante apuesta por la automedicación y/o el consumo de estupefacientes en espacios reducidos.

No son pocos lo ciudadanos que, incapaces de experimentar amor, odio, y demás estados afectivos intermedios, se decantan por una suerte de expectativa neutra, como si optaran por la sedación y contemplaran la realidad con el mismo semblante y la misma esperanza con la que nos asomamos al lento perecer de una mosca tras el zapatillazo. Que si la pateja parece moverse, que si el postrero aleteo, que si le falta una antena, ¿podrá la desdichada mosca girar de nuevo sobre las ruinas de lo que fue?, ¿levantará su vuelo en torno a la efigie totémica de algún ñordo? Lo desconocemos. Simplemente certificamos, con frialdad notarial, su desgraciada existencia y su inminente final.

Es por ello que, desde esta humilde (e irrelevante) tribuna dominguera, no queda otra que animarles a que se agarren a la vida como lo haría esa mosca. Con obstinación. Sepan que si, como todo apunta, vamos camino del apocalipsis, qué mejor que transitar lo que nos quede dentro de los límites estrictos de la dignidad y la belleza. Abandonemos por tanto la indiferencia, entreguémonos al entusiasmo, un entusiasmo similar al que profesan los Cayetanos bailongos, pero a poder ser provistos de un mínimo decoro para con el prójimo. Que no parezca que nos revolcamos ufanos sobre banderolas gigantes, grandes como un teatro.