Opinion · Entre leones

Los tiempos oscuros del PSOE

Después de las declaraciones de Pedro Sánchez en una entrevista a la agencia EFE, donde certificó el cambio de ciclo político en Andalucía dentro del PSOE, estaba cantado que la Ejecutiva Federal no le iba a reír la gracia de una eventual continuidad como lideresavdel socialismo andaluz a Susana Díaz, sentada ya en la bancada de la oposición con cara de perro pachón.

En el momento que ha perdido el sillón de San Telmo, la segunda línea de poder del presidente del Gobierno, la vicepresidenta Carmen Calvo y el ministro-secretario de Organización José Luis Ábalos, le han enseñado la puerta de salida sin muchas contemplaciones.

Pedro Sánchez está aplicándole a Susana Díaz la misma medicina que le dio ella a él en aquellos turbios días de octubre de 2016.

Sin perdón, sin compasión, sin decoro, la ya ex presidenta de la Junta de Andalucía apretó tanto las clavijas que la dimisión de Pedro Sánchez se produjo tras unas palabras más barriobajeras que jacobinas: “Lo quiero muerto hoy”.

Presa de sus palabras y de sus actos, ya recibió en las primarias algo de su propia medicina cuando los militantes le dieron la espalda: perdió por goleada cuando tenía todo a su favor: el empedrado, el árbitro, los linieres, el niño de los refrescos, la prensa y el equipo contario.

Y ella, que quería a Pedro Sánchez muerto y enterrado, lo resucitó. Paradojas de la política patria.

Antes de todo eso, Susana Díaz, recién designada la sucesora de José Antonio Griñán, se embarcó en armar un PSOE a imagen y semejanza, y convirtió un partido fuerte y permeable en una secta mariana asalariada, con una pizca de peronismo.

Henchida de poder, no se atrevió a coger la secretaría general del PSOE tras forzar la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba y eligió a Pedro Sánchez para hacerle frente a Eduardo Madina en un acto más de titiritera que de política al uso.

Pero el guapito resultó no ser títere ni tonto y quiso actuar como secretario general, que era para lo que había sido elegido por los militantes socialistas.

Entonces, ella, que se creía dueña y señora de todos los canijos del mundo mundial, le puso la cruz y le clavó unos cuantos alfileres.

A partir de ahí, no le coge el teléfono (a su secretario general), lo pone a caer de un burro (a su secretario general) en comidas capitalinas con plumillas de la derecha, conspira (contra su secretario general) con los cuatro carajotes del Ibex-35, incluido tito César, que se prestaron a reírle las gracias como mujer de Estado, organiza a los barones (contra su secretario general) para aplicar sus enseñanzas a muerte, impide (a su secretario general) que alcance la presidencia del Gobierno, pastelea con el propio PP para debilitar a su jefe (y secretario general) e investir a Rajoy. Convierte, en definitiva, al PSOE en una especie de ejército de Pancho Villa a la española, en una sucesión de reinos taifas y baronías a la violeta (contra su secretario general).

Que Pedro Sánchez le tiene muchas ganas, lo sabe hasta a ella, que conoce todas y cada una de las maniobras en la oscuridad en las que participó contra él.

Pero no creo que sea el momento aún para meterle mano políticamente a Susana Díaz. Pedro Sánchez debería dejarla que se cocinara algo más en su propia salsa, que sean los suyos quienes le enseñen la puerta de salida, que sean los afines quienes la convenzan de que el fin de ciclo es sinónimo de ‘sanseacabó’, que sean los alcaldes quienes la borren de la campaña electoral de mayo porque resta más que suma y, sobre todo, que sean los militantes quienes la manden por tabaco.

Todo lo que no sea eso, llevará al PSOE de nuevo a esos días oscuros donde los secretarios generales tenían que estar muertos “hoy mismo” y donde la única autoridad socialista era una gran mamarracha.

Y Pedro Sánchez, claro, estará a la altura de Susana Díaz.