Entre leones

Una arriesgada decisión culinaria

Leo que el pacto entre Pedro Sánchez y Susana Díaz es, en realidad, una sesuda operación culinaria, que consiste en dejar que la lideresa de todas las Andalucías se vaya vaporizando políticamente a fuego lento hasta la nada más absoluta; hasta que vuelva a su esencia misma de la Concejalía de Fiestas y Claveles de Triana.

Vamos, el mismo punto de fuego que para un puchero con gallina vieja.

En su día, ZP optó para descabalgar a Manuel Chaves por la patada para arriba, una especie de operación de olla exprés: lo nombró vicepresidente del Gobierno.

Curiosamente, gracias a aquel golpe de fuego llegó Susana Díaz hasta la mismísima presidencia de la Junta de Andalucía, tras dimitir Pepe Griñán por el caso de los ERE. Pero esa es otra historia.

Pero vamos a lo que vamos: ahora atribuyen esta operación de alta cocina a Pedro Sánchez y a su dirección: es decir, al secretario general del PSOE y a la Ejecutiva Federal –no creo que haya una dirección tras la mata de pelo de Iván Redondo tras el golpe de cervicales-.

Sin embargo, hay algo que no me cuadra: si nadie dice ni pío en los plenarios de Ferraz, que nadie dice ni pío, qué pinta la dirección en esta operación. Sospecho que poco o nada.

Ha sido Pedro Sánchez quien más que cocinarla a fuego lento ha decidido por su cuenta y riesgo darle a Susana Díaz una segunda oportunidad.

Un acto de misericordia política –la sevillana exigió en aquel octubre fatídico con un verbo marcadamente siciliano que lo quería muerto esa misma noche- que ella no tuvo con él. Cristianamente, le honra: el Cielo lo tiene donde Dante.

En cualquier caso, es su decisión. Pedro Sánchez suele tener  buen olfato aunque a veces se equivoca estrepitosamente, como ocurrió con la convocatoria de unas segundas elecciones generales.

A mí me parece que quizás lo mejor para el PSOE-A hubiera sido un pacto con el susanismo sin Susana Díaz, que, por muchas bombonas de oxígenos que incluyan en la letra pequeña del acuerdo -delegaciones y subdelegaciones-, es una lideresa sin liderazgo, una política amortizada que han embarrancado al PSOE en Andalucía y con escasas posibilidades de ganar las próximas elecciones andaluzas.

En su tropa, sin embargo, hay gente muy valiosa que puede ayudar a renovar un PSOE-A que, como dice Izquierda Socialista muy certeramente, "abandonó el pulso de la calle, los movimientos sociales y lo que es peor, da la espalda a la militancia y a las agrupaciones en las que, demasiadas veces, ya no se debate sobre política sino de objetivos personales". Otro día hablaré de objetivos personales, de amigos y amigas al poder. Le cantaba Carlos Cano a Rafael Escuredo: "Ay por tu mare colócame". Pues de eso.

De todas formas, Pedro Sánchez sí está obligado –con su Ejecutiva puede hacer lo que le venga en gana- a explicarles a los suyos, a los pedristas que libraron las batallas más duras contra el susanismo y contra los barones a la violeta con costes personales altísimos: pérdidas de trabajos, persecuciones, descalificaciones, humillaciones, etc.

Y todos aquellos que creyeron en él y se movilizaron para ganar unas primarias, donde el árbitro y los del VAR estaban comprados y el terreno de juego repleto de trampas para osos tuneadas para cazar pedristas, está obligado a contarles discretamente de qué va esta operación político-culinaria que en vez pacificar el PSOE andaluz le va a reportar desafección a raudales.

Entre otras cosas, porque ellos, sobre todo en Andalucía, corren el riesgo de perecer achicharrados mientras supuestamente cocinan a Susana Díaz a fuego lento o a lo mejor la reflotan para que vuelva a practicar el ‘mialmismo’ político bajo palio y predicar sobre la Andalucía del futuro en el hogar del pensionista de Guadiaro.

En fin, porque forma parte del comportamiento democrático más elemental, alejado de tentaciones cesaristas del ordeno y mando, Pedro Sánchez haría bien en rebobinar para poder entender que él sin aquel pequeño ejército de Pancho Villa que le acompañó estaría ahora condenado a coger gambusinos o coquinas, y mostrar de camino algo de empatía con la gente que lo dio todo para que pudiera escribir un manual de resistencia sentado plácidamente en la trinchera del palacio de La Moncloa.