Entre leones

Popurrí de Levante

Estoy viviendo en mi tierra, el Campo de Gibraltar, este verano como si el mundo me hubiera aparcado. En concreto, estoy en Guadiaro, en San Roque. Otros dirían que en Sotogrande. Estaría bien dicho. Mi pueblo ha sido como abducido por esta macrourbanización, y esto es lo que hay. Los nativos resistimos en El Cubano o La Florida como si fueran nuestro El Álamo particular.

No sé si será por la prolongada racha de viento de Levante, que mece las cañas y dora las canas, pero encajo casi todo con escepticismo y perplejidad, cualidades propias de un observador de la ONU, el escalón superior de poeta del Carnaval.

Los cientos de brotes que existen en España que nos han puesto a la cabeza de Europa – y que deberían habernos sumido ya en el caos más absoluto- y los agoreros de las tribus de virólogos, oms, epidemiólogos, infectólogos, pandemiólogos, expertos en fauna ibérica, médicos con fronteras, me los creo lo justo.

Después de la primera fase, una vez acabado el desconfinamiento, estaba claro que algo parecido iba a ocurrir: los rebrotes formaban parte del plan de la nueva normalidad, que básicamente consistía en recuperar la actividad económica en la medida de lo posible. Siempre ha sido buscar el punto filipino entre que nos mate el bicho y nos mate el hambre, que, como es sabido, da más cornadas que la COVID-19 desde los tiempos José Manuel García El Espartero. Todo hasta que las gripes, los catarros y las corrientes de aire tomen los centros de Salud y las urgencias de los hospitales con los primeros fríos otoñales temiendo al coronavirus. Ahí estará el lío.

Ahora, en los días que corren, el alto índice de contagios se debe principalmente a nosotros, que no somos capaces de seguir a rajatabla las medidas recomendadas por las autoridades sanitarias para evitarlos.

Yo estoy especialmente cabreado con la muchachada, que no acaba de creerse que esto también va con ellos. Tener un adolescente o jovencito noctámbulo en casa es como jugar a la ruleta rusa con el bichito. Yo tengo dos.

Por fortuna, en el término municipal de San Roque, donde nos protegemos en legítima defensa, sólo se ha detectado 31 positivos en toda la pandemia, sin contar los 18 del centro de acogida de inmigrantes de Crinavis.

Sin duda, esta racha de Levante tiene mucho que ver con unas cifras sorprendentemente bajas. O quizás, como dice mi admirado Javier Aroca, en estas tierras, entre Sevilla, Cádiz, y el Campo de Gibraltar, como si fuera un triángulo mágico y flamenco, sabemos, por fin, hacer las cosas como Dios manda.

Otro asunto que me ha dejado perplejo ha sido la tocata y fuga del Rey emérito. Desde hace tiempo le dejamos de tener ley, que le cantaba Joaquín Sabina en un rap playero que se paseaba entre Pachá a Benidorm y donde la protagonista amenazaba a su hijo, de nombre Borja, de "si te ahogas, te mato". Desde las pifias continuadas que ha cometido desde el 23-F para acá estaba cavando su propia tumba monárquica, y así llegó hasta la abdicación.

Y ahora llega el escándalo de la presunta millonada a Corinna de mi vida.

En fin, no hay por dónde cogerlo.

Pero dicho esto, no estoy muy entusiasmado con el eterno debate de Monarquía o República de estos días. Creo sinceramente que el problema institucional creado por Juan Carlos I no nos debe impedir ver el bosque de problemas que sacuden a España y a los españoles ahora mismo. Así las cosas, antes que la causa republicana, merecen una especial atención el carajal económico-laboral, el insuficiente sistema sanitario, el pifostio territorial y el desbarajuste educativo.

El problema institucional creado no puede ser un elemento nuevo para dividir aún más a los españoles. Las derechas lo consiguieron durante la pandemia. Las izquierdas debemos, como dice un buen amigo mío, ir a lo nuestro, a resolver los problemas de los que peor lo están pasando, y no echar más leña al fuego de la indispensable unidad política y social que necesita este país para intentar salir de este pozo sin fondo.

Mientras tanto, Felipe VI debería darse cuenta de que no puede mantener el mismo o parecido entorno que fue incapaz de decirle a su padre: "Majestad, picha, por ese camino acabará usted como su abuelo".

Nada, absolutamente nada que ver tiene con el emérito el obispo Pedro Casaldàliga, fallecido recientemente pasados los 90 años años, tras una vida de lucha por los derechos humanos en el Amazonas y por su oposición a la dictadura militar braliseña y a Juan Pablo II, tres causas para cantarle una saeta.