Entre leones

Los otros

Una voluntaria juega con un niño este lunes en el campamento de refugiados en Budomierz (Polonia), en el paso fronterizo con Ucrania más cercano al bombardeo del IPSC de Yavoriv, a 25 kilómetros de la frontera polaca. EFE/Rodrigo Jiménez

La mayoría de los europeos estamos horrorizados con la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Las imágenes de muerte y destrucción nos sacuden a diario. Los cuerpos sin vida de familias  huyendo con una maleta por testigo, el hospital materno-infantil bombardeado...

La barbarie, que se instaló en Europa con las dos guerras mundiales, nos sorprendió de nuevo con una nueva contienda bélica en los Balcanes. Durante diez largos años, entre 1991 y 2001, los yugoslavos, tornados en serbios ortodoxos, croatas católicos y bosnios musulmanes -sin olvidar a albaneses, eslovenos y húngaros-, dejaron en un campo de batalla de barro, sangre y un odio entre 130.000 y 200.000 muertos y millones de desplazados.

Y ahora está aquí de nuevo el salvajismo, de la mano del presidente ruso, Vladimir Putin, un excomunista de la KGB soviética. Cuarto y mitad de Stalin, una pizca del zar Nicolás y el resto de Hitler; en definitiva, un fascista con balcones a la calle, nos ha puesto a las puertas de una III Guerra Mundial, con las armas nucleares apuntándonos al corazón.

A nadie le puede extrañar que Rusia pueda alumbrar personajes como Putin. 20 años largos de paripé democrático, reprimiendo hasta el asesinato y el encarcelamiento a sus opositores, es el caldo de cultivo para el advenimiento de un dictador. Y aquí lo tenemos.

Pero en Europa, donde hoy nos tentamos las ropas por la guerra a nuestras puertas, hay muchos aprendices de Putin. La extrema derecha,  fascista sin complejos, está más extendida de lo que creemos en el viejo continente: Suecia, Demócratas Suecos, 17,6%; Finlandia, Partidos de los Finlandeses, 17,75%; Dinamarca, Partido Popular Danés, 21%; Estonia, Partido Popular Conservador, 17,8%; Holanda, Partido de la Libertad, 13%, Alemania, Alternativa por Alemania, 12,6%; Francia, Agrupación Nacional, 13%; Suiza, Partido Popular Suizo, 29%; República Checa, Libertad Democrática Directa, 11%; Eslovaquia, Nuestra Eslovaquia, 8%; Hungría, Fidesz, 49%, y Jobbik, 19%; Italia, Liga Norte, 17,4%; Bulgaria, Patriotas Unidos, 9%; Grecia, Aurora Dorada, 7%; Chipre, ELAM, 3,7%, y España, Vox, 15,8%.

Y detrás de estas formaciones están, entre otros, Santiago Abascal, Marine Le Pen, Matteo Salvini, Viktor Orbán, Alexander Gauland, Alice Weidel, Jussi Halla-aho, Laura Huhtasaari, etc.

Y todos ellos beben de la misma fuente: el odio al inmigrante, y le han reído las gracias populistas a Putin (y a Trump, otra arma de destrucción masiva).

El presidente húngaro lleva años defendiendo frente a la democracia liberal, "la democracia cristiana". En su opinión, "la democracia liberal es favorable a la inmigración, mientras que la democracia cristiana es antiinmigración". Abascal parafraseó en un tuit al mismísimo presidente ruso: "Os iremos a buscar al fin del mundo y, allí, os mataremos". ¡Dios nos coja confesados y bajo refugio antiaéreo!

En el fondo, los millones de refugiados ucranianos que están encontrando cobijo en Europa son un engorro para esta democracia cristiana, ¿no? O quizás tengan que aceptar este trágala ideológico no vaya a ser que muchos de sus votantes se den cuenta de la maldad y la crueldad de esconden tras tanto alarde patriótico, ¿no?

Por cierto, estoy de acuerdo con el Papa Francisco, que tiene más pedigrí cristiano que el inventor de la democracia cristiana: sin dejar de atender a los refugiados ucranianos, tenemos la obligación de hacer lo propio con los inmigrantes norteafricanos y subsaharianos, con los inmigrantes en general.

África ha vivido a lo largo de su historia casi un centenar de guerras declaradas. Guerra de Xhosa, guerra civil angoleña, Dafur, guerra civil de Sierra Leona, guerra entre Etiopía y Eritrea, guerra civil liberiana, etc. La matanza de Tutsi a manos del Gobierno Hutu en Ruanda en 1994 dejó medio millón de muertos (el 70% de la población Tutsi) y un millón de desplazados. La segunda guerra del Congo, conocida como la primera guerra mundial de África, arrojó 5,4 millones de muertos y millones de refugiados y desplazados entre 1997 y 1999.

De los ocho campamentos más poblados de Naciones Unidas, seis están en África: Dadaad y Katoma, en Kenia; Yida, en Sudán del Sur; Katumba, en Tanzania; Pugnido, en Etiopía, y Mishamo, en Tanzania.

De los 40.000 inmigrantes que llegan a nuestras costas cada año, muchos vienen huyendo de guerras tribales. Pero la mayoría lo hace de algo peor si cabe, la falta de esperanza que generan la miseria y el hambre.

Tratémoslos como refugiados, y no se los entreguemos a la extrema derecha para que los devoren como seres humanos ilegales.