Contra los abusos: lucha de clases, de género, de raza

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Que la sociedad está enferma lo demuestran las muchas luces de las calles y las pocas luces de la política, de los medios, de la empresa. La realidad parece un anuncio de Navidad pero no de colonia sino de guerra. Embellecida, oculta, maquillada, pero una guerra con víctimas y victimarios.

Cuando te gusta alguien, muestras una debilidad. Seguramente puedes dominar la situación, pero esa persona que te gusta tiene cierto control sobre ti. Si eres dueño de todas las cosas, eso que te agrada puedes poseerlo, como hace un rey caprichoso, un sátrapa, un faraón, un futbolista o el Presidente del Club, un productor de cine o un millonario: todo lo que desean lo hace suyo, por la fuerza o por el dinero, que es casi lo mismo.

Cuando tienes mucho dinero el riesgo de convertirte en un monstruo es enorme, porque no tienes los límites que tenemos los demás. Límites que construimos entre los iguales. Un millonario corre el riesgo de perder los límites porque puede convertirlo todo en una mercancía y comprarla y luego tirarla a la basura, romperla, desertizarla como si fuera un bosque al que talas todos los árboles o le prendes fuego porque es tuyo.

Nos hacemos seres humanos reconociendo los límites que nos ponen los demás. Cuando nadie te pone límites, terminas por desterrar toda la empatía. Igual que una bestia salvaje con una gacela, igual que un Rey, un sátrapa, un faraón, un futbolista con muchos contratos de publicidad o uno de pueblo con ensoñaciones de tenerlos, igual que un Consejero Delegado de una multinacional o el director de una agencia internacional.

Cuando alguien se cree poderoso y de pronto algo o alguien interrumpe su omnipotencia, se llena de un impulso enfermizo. Es muy probable que no vaya a celebrar a la otra persona, a reconocerle su gracia, su inteligencia, su belleza, su fuerza al fin y al cabo, sino que busque terminar con ese poder que le ha importunado, para subordinarlo, domesticarlo. Pagas por esa mujer que deseas y entonces la posees como si fuera una bestia encadenada a la que has domado. O la insultas. O la violas. O la matas. O la humillas con tus compañeros de cacería. Siempre hombres, claro, porque todos juntos celebráis una suerte de ritual que es antiguo porque no reconoce humanidad a la víctima del sacrificio. Puede tener 15 años pero es que es una puta que ha jugado contigo. Te cebas en esa mujer porque ya no es un ser humano, como pasaría con el enemigo en el campo de batalla. Enfrente no hay vida que debas respetar, no hay dignidad, no hay memoria ni llanto ni risa. Es el león al que has ido a pegar un tiro para sentirte más hombre y sobre cuya cabeza muerta pones luego la bota triunfante o mandas un vídeo a tu chat de cazadores.

Vas contra las mujeres, los indígenas, los negros, los homosexuales, los pobres, los analfabetos, los enfermos, como una forma de desterrar tu humanidad para sentirte más seguro. Porque respetar a los demás crees que te hace más débil y piensas que la humillación al frágil te restituye la fuerza y te pone en una suerte de pedestal donde te sientes seguro y tu tribu te respeta.

Contra esa gente inventamos, en el proceso de civilización, los derechos humanos. Que son siempre los primeros que les sobran a los poderosos, y a sus mayordomos de la extrema derecha, y a los mercenarios que trasladan ese argumento que dice que tienes derecho a no respetar a nadie y que, incluso, la víctima eres tú porque te quisieron manipular. Por ese abuso surge la lucha de clases, la lucha de género, la lucha de raza, la lucha contra cualquier discriminación. La guerra es cultural. Generar conciencia. Levantar todos los días una bandera: la de la fraternidad. Y cada vez con menos miedo. Y señalando a los canallas.