Las carga el diablo

El desencanto

Si a pesar de tanto bribón como hemos sufrido en las altas esferas desde los años en que empezamos a sacudirnos la caspa franquista; si a pesar de lo mucho que robaron durante décadas, aún así nuestro país ha conseguido hacerse un hueco entre las economías más potables de Europa… ¿se imaginan dónde podríamos estar si hubiéramos sido gobernados por gente decente?

Si la Iglesia no siguiera disfrutando de la capacidad de presionar que aún conserva, si entidades bancarias y grandes empresarios invirtieran el tiempo que dedican a conspirar en hacer mejor su trabajo, si los medios de comunicación nos contaran la vida como es y no como quieren que sea esas mafias de tres al cuarto que los manejan; si militares, jueces y policía se limitaran a cumplir con su obligación de servir a la ciudadanía, ¿se imaginan cómo seríamos?

Robó Pujol, robó el rey, robaron banqueros y vicepresidentes del gobierno, robaron alcaldes y consejeros del bipartidismo y de los partidos nacionalistas, prevaricaron jueces, por las cloacas se movieron cantidades indecentes de dinero, por la cárcel pasan banqueros, empresarios de postín, tesoreros de partidos políticos, presidentes de autonomías, miembros de la Casa Real… "Lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir". Pero es mentira, ha vuelto a ocurrir y seguirá ocurriendo. "Estoy en política para forrarme, llegó a admitir en público cierto político valenciano; "Si cae la rama del árbol, al final caerán todas", amenazó el "honorable"...

¿Qué misterioso componente hay en nuestro ADN que acaba convirtiendo en corruptos a buena parte de quienes nos gobiernan? Encuéntrame diez justos y no destruiré Sodoma, le dijo Yahvé a Abraham. Aquí en lugar de destruirnos, el tal Yahvé nos ha llevado al desencanto. El desencanto a veces se puede convertir en escepticismo pero también en indignación o en ganas ciegas de revancha. Quizás eso explique el crecimiento de la ultraderecha, de raíces tan corruptas como sus hermanos de leche, pero que decidió separarse de ellos y aprendió a capitalizar desalientos y decepciones.

Si, con las payasadas del inmaduro Casado y su patética cohorte, el PP lleva tiempo oliendo a ruina, tras la confesión de Bárcenas parece que se avecina la catástrofe definitiva. Si estaba todo tan podrido, ¿cómo podemos poner orden aquí? ¿por dónde empezaríamos y quién lo haría? Quiero creer que el actual gobierno de coalición tiene esa posibilidad, pero ¿cómo no temer que esa fe sea más bien ingenuidad? Para muchos de quienes lo votaron en 1982, los primeros años de Felipe González no tardaron en convertirse en desencanto, luego en decepción y más tarde en tristeza hasta desembocar en la indignación actual. 1982, qué casualidad, la misma fecha en que Bárcenas sitúa el comienzo de la corrupción en el PP, por entonces todavía conocido como Alianza Popular. Afananza Pandillar, Forges dixit.

Han dejado este país hecho unos zorros y lo hemos descubierto tras años creyendo que lo estaban modernizando, que nos colocaban a la altura de los avances del reto europeo, y desde el rey hasta el último mono con poder lo que estaban haciendo era llevándoselo crudo a manos llenas con absoluta conciencia de impunidad y lo que es peor: creían tener derecho a ello.

¿Cómo ponerle el cascabel a tantos gatos como todavía andan sueltos? ¿Cómo acabará la película del fugitivo de Abu Dhabi? ¿Y la del megaubicuo comisario Villarejo? ¿Cómo se desarrollarán tantos juicios pendientes en los que aún anda implicado el PP? Lo peor es que nos hemos acostumbrado a escuchar con normalidad las barbaridades que han cometido. Parece como si hubiéramos agotado nuestra capacidad de asombro, todo nos resulta tan lógico que cuando nuestras sospechas se convierten en noticia, nadie se indigna, nadie parece escandalizarse.

Ese desánimo es una amenaza en toda regla para nuestro futuro si no nos lo quitamos pronto de encima. El desencanto es uno de los caladeros donde mejor pesca la ultraderecha. Tendría gracia que, por no ser capaces de plantar cara como es debido, esto acabe de nuevo en manos de quienes aún conservan, bien guardaditos en sus armarios, los trajes llenos de caspa de sus antepasados fascistas.

J.T.