Corazón de Olivetti

Un rey sin magia

 

Si alguna vez en la historia tuvo sentido la monarquía fue por su capacidad de fascinación. El rey solía ser un muñidor de leyendas que extraía excalibures de las piedras, se tocaba con vellocinos de oro o escribía poemas a Rumaiquiya en las cárceles del exilio. Los reyes eran magos o no lo eran. Ni magos ni reyes. Quizá por ello la pascua militar en España –un ritual asaz religioso para un país supuestamente aconfesional--, se relaciona con la Epifanía, la llegada  a Belén y tras la pista de una supernova de unos extraños monarcas cuyo número oscila entre tres o cuarenta según las distintas tradiciones.

El Papa Ratzinger aventura, en su pintoresco bestseller sobre la infancia de Jesucristo, que los ilustres visitantes podrían provenir de Occidente en lugar de Oriente, lo que daría una idea bastante aproximada sobre el rigor científico de la Biblia en general y de San Mateo en particular. Emisarios del reino de Tartesos, si hoy llegaran desde la Península hasta ese remoto portal, no le llevarían al niño incienso, oro y mirra, sino probablemente un puestecito en un consejo de administración, un colegio de pago, un seguro privado, una mansión a su nombre, una Ley de Costas depredadora, una inmisericorde subida del recibo de la luz y de los transportes públicos, un obispo declarando pamplinas y, quizá, los nuevos juegos reunidos Geyper: de Pokemón a Campeón, del Caso Noos al caso Palau, de la inmensidad silenciada de la Gurtel al cacareado chocolate del lodo de los Eres fraudulentos, ese siniestro monopoly en los tiempos del paro, de los comedores de caridad y del no nos llega la camisa al cuerpo ni el sueldo a final de semana.

Pero, si fuera así como lo cuenta el Santo Padre, ¿qué rey íbamos a poder enviarle al Niño Jesús? Un monarca que calla más de lo que dice a un pueblo que al menos querría el terrible consuelo de la sinceridad para una crisis de mentira que en verdad es un fraude. Como muestra, dos botones distintos y una sola persona verdadera. El FMI asegura ahora que se equivocó al recomendarle austeridad a Europa, ya que no valoró el impacto que podría provocar sobre el desempleo. ¿Quién dirigió dicho organismo antes de arruinar a Bankia y, de paso, al Estado que somos todos y que tuvo que pagar los platos rotos? Rodrigo Rato. ¿Quién era vicepresidente económico del gobierno cuando se privatizó Telefónica, la compañía que ahora le acoge? Rodrigo Rato. Por mucho menos, en cualquier país decente habría dimisiones o redadas. Aquí, todo es silencio. Empezando por el soberano, que cuando habla lo hace con la boquita prestada, porque no puede predicar honradez teniendo a Urdangarín en casa, ni solidaridades al uso con sus caras expediciones de caza.

Hubo un tiempo en que Juan Carlos de Borbón fue útil. Para el sistema, para la santa transición, para las finales de copa, para lo que gusten. Ahora –según hemos ido viendo en ese interesante pero ineficaz lavado de imagen que se ha ido desarrollando desde el mensaje de navidad a la entrevista con Jesús Hermida-- ya ni siquiera resulta de utilidad para los monárquicos. No es que ya no tenga magia. Es que no tiene chispa.

El inquilino de La Zazuela languidece con un patetismo que ni siquiera nos agrada a los republicanos. Al hombre le dicen que vuelva a hipnotizar a su público, y él cumple con su cometido, aunque en sus manifestaciones entierre la cabeza de avestruz de los pelotazos familiares, de una transparencia manifiestamente mejorable por parte de la palacio, de una falta de ejemplo desde la primera familia de España al resto de su pueblo, que lleva recibiendo carbón desde hace mucho, sea o no sea el día de reyes. Hasta sus hagiografos, edecanes y chamberlanes al uso aplauden con la boca chica al motorista, al esquiador, al brazo de mar, cuando ven como con cierta torpeza intenta sacar los viejos conejos de su chistera. Los trucos le funcionaron bien cuando él podía presumir al mismo tiempo y sin solución de continuidad de haber sido puesto en el trono por Franco y de haber defendido a la democracia de los sables de sus propios seguidores, los golpistas del 23-F. Pero ahora, cuando se pone a predicar contra el soberanismo, lo más lógico es que le respondamos cuestionando su soberanía. Así, hoy, cuando el Jefe del Estado ensalza la grandeza de nuestras fuerzas armadas, cuya jefatura suprema también le concierne, el pecho no se nos sale de puro patriotismo sino que de puro patriotismo preguntamos por el número de muertos y los millones de euros que nos sigue costando, verbi gratia, la guerra de Afganistán.

Tendría que abdicar aunque sólo fuera en defensa propia. Por caridad cristiana. O porque la gente no entiende demasiado bien como la Casa Real puede convertirse en la única empresa del país que no haya sufrido un Ere. Quizá Su Majestad haya entendido mal la reforma laboral que él también firmó y piense que puede seguir en el curro con setenta y cinco años de edad por aquello de retrasar la edad jubilación.

Retírese a su hobby, Majestad. Se ha ganado un descanso. Abdicar no perjudica necesariamente la salud. Ahí está su heredero, haciendo ejercicios de calentamiento en el banquillo desde que era un zagal. Seguramente, ¿para qué engañarnos?, Felipe de Borbón reinará también. Delenda est monarchia, eso está claro. Pero ya no hay ningún José Ortega y Gasset que lo ponga negro sobre blanco y Usía tenga que hacer las maletas, como las hizo su abuelo, a poco que los electores le vuelvan la espalda. A Usía y a los que como Usía se les acabó la magia del bipartidismo y ni siquiera son reyes para deslumbrar a los espíritus crédulos con el paripé de sus linajes, de su sangre azul y de sus escudos de armas. Lo peor del caso y lo que muchos tememos es que no sólo esté oxidada su corona, Alteza. Sino que también el óxido esté carcomiendo peligrosamente a la democracia.