La sombra de Casas Viejas

Una España negra en un mundo de esperanza. En estos días, acaban de cumplirse ochenta años de la matanza de Casas Viejas, cuando el terrorismo de Estado tomó carta de naturaleza en una diminuta aldea andaluza entre los días 10 y 12 de 1933: cuerpos en llamas e ideas ejecutadas, en un tiempo de sueños y pesadillas. Ocho décadas más tarde, este país parece volver a las tinieblas pero sin horizontes claros ni una hoja de ruta con que alcanzar la utopía.

Todo empezó, entonces, por una huelga general que había sido parcialmente desconvocada en un momento en que las noticias no circulaban rápidamente. La historia nos habla de un puñado de anarquistas que probablemente no llegaran a enterarse de que la movilización general convocada en todo el Estado había quedado en suspenso y tomaron, por su cuenta y riesgo, el cuartel de la Guardia Civil matando a dos números con nombres y apellidos. Sin embargo, lo peor vino luego, cuando una compañía de guardias de asalto al mando del capitán Manuel Rojas, que tres años después se vería envuelto en el asesinato de Federico García Lorca, entró a saco en las chozas campesinas bajo una supuesta consigna de la que no hay mayor constancia oficial que la de los hechos: “Ni presos ni heridos, tiros a la barriga”.

Otra de las víctimas del aquelarre fue el gobierno republicano-socialista de Manuel Azaña, que cayó meses después cuando se supo que la República se había manchado las manos de sangre obrera. Una de las supervivientes de aquel infierno se llamó María Silva, también conocida como La Libertaria, y su cuerpo sigue en paradero desconocido después de que fuera ejecutada tras huir de Paterna en los primeros días del golpe fascista de 1936.

¿Qué moraleja extraer de todo aquello? A gusto del consumidor, como suele acontecer. La más obvia estriba en la de que siempre son los mismos quienes pagan los platos rotos de la vida: los más débiles, los sin nada, pero que al menos les quedan arrestos para secundar la rebelión y suficiente asco para acatar la sumisión.

¿Quién ganó aquellas elecciones anticipadas y sustituyó a socialistas y republicanos? La CEDA, la organización de derechas que capitalizaría aquel voto del desencanto durante el terrible bienio negro. ¿No os recuerda acaso, salvadas las distancias, a lo que ocurrió en España cuando el PP sustituyó al PSOE en 1996 tras la nauseabunda peripecia de los GAL?

Durante los últimos ochenta años, Casas Viejas también tuvo otros significados, como el de las mentiras oficiales que terminan acuñando una verdad histórica que en rigor es mentira. El periodista Tano Ramos recibió en 2011 el premio Comillas por su investigación sobre “El caso Casas Viejas” (Tusquets), en la que desempolvó hemerotecas hasta demostrar que ya entonces existían dos tipos de periodismo, el que buscaba la verdad y el que pretendía ocultarla.

Casas Viejas también fue una brújula moral, la del rescate de la memoria colectiva amordazada por el silencio de lo que Ramón J. Sender llamara la aldea del crimen y por el que dio su vida Juan Pérez Silva, el hijo de La Libertaria, recientemente fallecido sin lograr dar con los huesos de su madre, enterrados probablemente en alguna fosa común al pie de los caminos franquistas.

Sin embargo, en estos días, me asalta una pregunta, la de qué pensarían el Seisdedos y su familia, asesinados entonces en nombre de la democracia, en una Europa en la que los suyos siguen muriendo más o menos lentamente, esta vez en nombre de los mercados y de otra utopía, la de la contención del déficit y el final feliz de las primas de riesgo, que nos conduce al pasado antes que al futuro.

Aquella gente entregó lo único que tuvo por una sociedad mejor. Ahora, incendian nuevamente sus chozas, las de la salud pública, las de la educación, los salarios y subsidios, las garantías sociales y sindicales, por hacer felices a los consejos de administración de ciertas sociedades. No faltará quien diga que todo esto resulta una interpretación maniquea de aquella sombra que siguen arrojando los sucesos de Casas Viejas sobre este país de todos los demonios. Pero, ¿qué quieren que les diga?, no me imagino a ninguno de aquellos cenetistas que probablemente fueran tan sabios como analfabetos, aceptando de grado que puedan despedirnos por unos cuantos días de salario por año trabajado o bajando la cabeza ante las nuevas privatizaciones, la justicia de pago y la represión que no cesa.

¿Qué maliciarían de un país donde la demagogia reclama penas de muerte y prisiones permanentes pero donde le regalan el tercer grado a un responsable del PP que conducía sin puntos a pesar de haber provocado el accidente que le costó la vida al líder de la disidencia en Cuba? ¿Qué harían para evitar que los mismos que pregonan austeridad regalen contratos de alto standing en las empresas privatizadas a los políticos que las privatizaron, incluso pocos después de hundir bancos que tuvieron que salvarse con dinero público? Buscarían de nuevo la ruta que lleva hacia Icaria. Y asaltarían lo primero que les pillase a mano. Aún a costa de acabar otra vez hechos cenizas sus cuerpos quemados. Cerca, muy cerca, de donde ellos murieron se levanta ahora un placentero Spa de lujo y un hermoso campo de golf. Pero España, ocho décadas más tarde de Casas Viejas, sigue oliendo a chamusquina.