Corazón de Olivetti

La hora del chavismo

Quizá medio mundo se equivoque a la hora de dar por muerto a Hugo Chávez, cuando lo cierto es que sigue sometiéndose a quimioterapia y nadie sabe a ciencia cierta qué le depararán los días, las semanas o los meses venideros. Las apuestas corren en su contra y a favor del sarcoma de pelvis de difícil curación que se le detectara tardíamente. Pero en peores garitas ha hecho guardia el presidente de Venezuela.

La política debiera ser el arte de temer lo peor y fingir lo contrario. Y esa tendría que ser, al menos, la actitud de los herederos políticos de la Revolución Bolivariana, si quiera que esta persista: muerto Dios, por más que resucite en el imaginario colectivo, al menos existen los Papas.

Sin embargo, en esta nueva encrucijada de Venezuela, al menos desde este lado del Atlántico, a uno se le antoja que el futuro de dicho proyecto político puede venir antes de la mano de los amplios sectores de la ciudadanía que han seguido votándole, que del sanedrín que rodea al comandante enfermo: desde su heredero en péctore, el veterano sindicalista Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, Procuradora General de la República, a su hermano Adán Chávez, su alumno Rafael Ramírez o Elías Jaua, uno de los redactores de la nueva Constitución; por no hablar de Diosdado Cabello, su compañero en el golpe de estado de 1992 contra Carlos Andrés Pérez y número dos del Partido Socialista Unido de Venezuela pero que cayó en desgracia durante cierto tiempo, quizá porque representa a una nueva casta –la "derecha endógena" la llama Franck Gaudichaud--. O las propias hijas del mandatario, Rosa Virginia, a la que llegaron a llamar "la asistenta" y María Gabriela, a quien daban por sucesora antes de que su padre se inclinase públicamente por Maduro.

Los mentideros políticos y los medios de comunicación llevan meses dirimiendo si es constitucional lo que viene ocurriendo desde las elecciones de octubre, toda vez que el nuevo presidente no ha llegado a jurar su cargo, durante el pasado mes de enero, al encontrarse convaleciente en La Habana. Del mismo modo, dirimen la viabilidad de una sucesión por decreto cuando, a decir de la oposición que lidera Hector Capriles, que sufrió una derrota pírrica en las últimas elecciones, ello es inviable desde el articulado de la Constitución en vigor. Sin embargo, ya se sabe que en Venezuela, de un tiempo a esta parte, las constituciones no son eternas.

La palabra futuro no la conjugará el oficialismo chavista ni ese PSUD que puede dejar de estar unido, si se tiene en cuenta el resquemor que ha suscitado entre sus filas la designación de Maduro, sobre todo en ese sector del partido que dirige la llamada Revolución Bolivariana que no lo considera la mejor elección posible, por mucho que provenga del mismísimo Chávez.

Si el chavismo sigue en el poder de Venezuela es porque existe el sufragio universal y la mayoría de los electores son chavistas. Quizá, también es cierto, porque no hayan encontrado todavía una candidatura mejor, a pesar de que la opción del neoliberal Henrique Capriles Radonski subió lo suyo en las últimas presidenciales. Según sus recuentos, el domingo 7 de octubre Hugo Chávez se hizo con el 55,1% de los sufragios, frente al 44,3% de su principal adversario. Entre ambos, barrieron a otros cuatro candidatos en liza.

El país parece polarizado pero todavía sigue decantándose a favor de su carismático presidente, al frente del Gran Polo Patriótico que englobaba a los socialistas unidos y al Partido Comunista Bolivariano. Es cierto que el neobolivarismo de Chávez se sustenta en un formidable aparato de propaganda que, por supuesto, ha limitado la información plural, al menos tal y como la entienden quienes tampoco se recataron hace más de diez años, en auspiciar o apoyar aquel otro intento golpista en el país. Sin embargo, también hay hechos, determinadas conquistas que no está dispuesto a perder ese amplísimo segmento de la población venezolana que no llega a ser clase media. De hecho, según la Comisión Económica para América Latina de la ONU (CEPAL), Venezuela sigue siendo el país con el mayor descenso exponencial de la pobreza en América Latina: entre 2002 y 2010, ésta ha pasado del 48,6% al 27,8%, y del 22,2% al 10,7% en lo que se refiere a la extrema pobreza. Y la desigualdad social decrece también allí. Lamentablemente, casi al mismo ritmo que la independencia de la justicia.

Quien quiera ser César en lugar del César deberá asumir la defensa a ultranza de esas conquistas que, a fin de cuentas, son las que le han hecho ganar el favor popular, a través de cooperativas, consejos comunales y otras formas de participación política y social. Por ejemplo, deberían mantener la inversión de la renta petrolera para financiar las políticas sociales que incluyan la compra de productos de primera necesidad a precios subvencionados, mientras que otros sectores venezolanos se quejan –y tienen razón-- de que resulta difícil encontrar determinados artículos en el mercado libre.

Cierto es que el sistema público de salud se reduce a menudo a misiones que llevan a los sanitarios hasta ranchitos y aldeas, pero dos millones de madres cuentan ya con seguridad social. Cuando concluyó la IV República, sólo había 200.000 jubilados con derecho a pensión y hoy en día los perceptores de dichos subsidios rondan la cota de 2.300.000. Millones de venezolanos siguen habitando techos precarios, de ahí que sea imprescindible que prosiga la Gran Misión Vivienda Venezuela iniciada hace dos años, quizá con visos electoralistas, en un proyecto que hasta entonces parecía tan estancado como los que pretendía poner en valor la soberanía alimentaria o el acceso general a la electricidad.

Lo que no parece demasiado probable es que los herederos de Chávez acaben con la corrupción institucional que no sólo se centra en el núcleo de poder federal sino en el gobierno de los Estados, pero algo podrían hacer para acabar con el monocultivo petrolífero, porque aunque los yacimientos son ricos, más temprano que tarde terminarán por agotarse.

La llave del futuro no estribará tanto en el verbo hipnótico del sucesor de turno sino en su capacidad para acabar con los excesos de la burocracia y la ineficacia de las empresas públicas. El porvenir pasa porque la revolución en marcha no sea incompatible, como ocurre hoy, con la seguridad ciudadana o con un movimiento sindical sólido e independiente, que en la actualidad no existe en el país.

No cabe olvidar que en Venezuela existe un chavismo crítico, que es chavista, pero no idolatra al fundador del bolivarismo ni a quienes pretenden heredar su marchamo presidencialista. Es el caso de Marea Socialista, que se define a sí misma como corriente anticapitalista del PSUV, que en la última campaña presentó sus propias consignas: "7 octubre: Chávez presidente; 8 octubre:
liberar a la revolución de sus burócratas" y "¡Por un gobierno del pueblo trabajador sin capitalistas!". ¿Dejarán que asuman las riendas del futuro? Mucho me temo que no: ni la oligarquía tradicional de Venezuela cuya corrupción neoliberal condujo hasta el chavismo reinante desde 1998, ni los nuevos mandarines que han consolidado espacios de poder durante los últimos quince años y que no están dispuestos a que les socialicen su socialismo.

Al fin del día, los enemigos de Chávez no debieran darle por muerto antes de tiempo. Ni a su movimiento tampoco. Aunque, más temprano que tarde, él muera y a su proyecto lo maten. O, mucho más probable, lo suiciden.