Corazón de Olivetti

Una Constitución que ora y otra que bosteza

A veces, recuerdo mi primera juventud como largas tardes de radio en las que a menudo, entre la bilirrubina y la testosterona, aplaudíamos o abucheábamos los artículos de la Constitución que iban debatiéndose en una cámara donde reinaba la colorida camisa de Rafael Alberti y el luto riguroso de Dolores Ibarruri. Pitos a la monarquía, por ejemplo, o a la economía de mercado. Aplausos ante el derecho al trabajo y a la vivienda. Ovación cerrada tras la abolición de la pena de muerte, aunque luego nos enterásemos que tardaría mucho en desaparecer del Código de Justicia Militar.

Ahora, cuando los grandes partidos amagan con una reforma constitucional que, a todas luces, va a consistir, simplemente, en pasar por la ITV a la actual, uno se pregunta donde está la ilusión cómplice de aquellos días, el entusiasmo por la posibilidad de que una ley de ese calibre pudiera cambiar a todo un país, aunque también a muchos nos pareciera insuficiente y reclamáramos la abstención en el referéndum de 1978.

No creo que nadie aprecie una tumultuosa adhesión al apaño constitucional que se instauró con estivalidad y alevosía hace un par de años, como canto de cisne de la era Zapatero, al consagrar la contención del déficit como el dogma de la inmaculada concepción de María. Por ahí van los tiros de los dos grandes partidos, aunque siguiendo su línea habitual ignoramos todavía si Mariano Rajoy sube, baja o está en disposición de promulgar una Carta Magna consagrando a los monitores de plasma como sede de la soberanía popular. En ese amago de debate o de pacto en ciernes, destella, entre col y col, haya alguna lechuga más o menos fresca como la que pretende Alfredo Pérez Rubalcaba al constitucionalizar la igualdad entre hombres y mujeres que iría mucho más allá del simple enunciado igualitario de la Constitución todavía en vigor. La propuesta de los socialistas abarca desde la Ley Sálica a las listas cremallera, algo es algo, aunque todavía está por ver que lo acepte la parte contratante de la segunda parte, más dada, como se ha demostrado, a cerrar la sede española de ONU Mujeres en Madrid aunque no nos cueste un euro.

Más allá de esos pequeños detalles que no son tan pequeños, el resto del plan de vuelo es más o menos idéntico, en tanto en cuanto vendrá a reforzar la figura de la monarquía, aunque quizá desaparezcan algunos de sus blindajes actuales. Y un sistema económico que ha provocado la aparición de un cuarto poder, que no es la prensa sino quienes manejan los hilos de la economía, y un quinto, el de la Iglesia, cuyos privilegios siguen sujetos a un concordato que debiera denunciarse lo antes posible porque es otro de los principales frenos al desarrollo de las libertades y de un estado necesariamente laico.

PP y PSOE saben que siguen siendo grandes partidos aunque vayan perdiendo fuelle a espuertas, a medida de cada encuesta que pasa y a medida que pierden capacidad de respuesta para los problemas reales del país. Esto es, saben que mantienen a duras penas su condición de primeros de la clase pero acumulan malas notas en las últimas evaluaciones y todo ello puede derivar en su expulsión del colegio por parte del pueblo, que sigue siendo soberano aunque a veces también lo olvide. ¿Aceptarán el resto de las formaciones políticas sumarse a su juego de reparación constitucional o promoverán un Plan Renove, como el que auspician las asambleas constituyentes que empezaron a reunirse en toda España al rebufo del 15-M?

No veo al soberanismo catalán y vasco aceptando simplemente un repellado de la vieja España de las autonomías. Ni a Izquierda Unida comulgando con ruedas de molino en lo que se refiere a la subordinación de nuestro autogobierno económico al de una Europa que cada día que pasa va perdiendo más legitimidad y credibilidad que el PP y el PSOE juntos.

La Constitución que, a grandes rasgos, auspicia ese otro grupo de voluntarios de la democracia que lleva meses devanándose los sesos para muñir un documento que sea tan utópico como práctico, va por otros fueros. El primero, el de auspiciar la viabilidad de un cambio de régimen con naturalidad, sin aspavientos apocalípticos y sin que tiemblen los cimientos democráticos. El segundo, el de una separación adecuada de todos los poderes, ampliando el horizonte de Montesquieu y evitando la sospecha de que la administración de nuestra libertad colectiva y la justicia sigan en manos de tahúres que se repartan sucesivamente una mano de naipes marcados. Y, por supuesto, un sistema económico que no excluya alternativas a la adoración del becerro de oro y de ese panteón de dioses erráticos que va del Banco Central Europeo al Banco Mundial, el Club Blinderberg o el FMI, que ahora se arrepiente como si fuera un rey cazador de elefantes, después de haber mandado a Grecia a los infiernos.

Tampoco creo que las formaciones políticas convencionales saluden esa nueva hoja de ruta, una hermosa carta a los reyes magos de la democracia que es más que probable que reciba como única respuesta un cargamento de carbón. Sin embargo, cabría preguntarnos con cual de las dos constituciones habremos de quedarnos porque está claro que siguen existiendo dos Españas aunque sean hoy más o menos pacíficamente distintas a las del españolito de Antonio Machado, la que oraba y la que bostezaba. Lo que nos hiela el corazón, esta vez, es que sus planteamientos constitucionales en esta difícil encrucijada común, constituyen dos líneas paralelas cuyo encuentro resulta geométricamente imposible.