La tramoya

Inflación: ¿matarán al enfermo para bajarle la fiebre?

Pantallas muestran información bursátil en la Bolsa de Madrid este viernes. La Bolsa española mantiene ganancias del 0,38 % tras la apertura de este viernes, impulsada por la banca, en una jornada en la que la atención del mercado estará puesta en los datos macroeconómicos, sobre todo, la inflación de la eurozona. EFE

"Cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, como muchas veces suele acontecer (...) me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana". (Miguel de Cervantes. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha).

Igual que Don Quijote creía que bastaban un par de tragos de bálsamo de Fierabrás para que las dos partes de su cuerpo seccionado volvieran a unirse sanas y salvas, los bancos centrales y muchos economistas creen que la inflación que estamos sufriendo se puede combatir con el simple bálsamo de la subida de tipos de interés. Otra tremenda ingenuidad.

La concepción de la inflación que guía la actuación de los bancos centrales se basa en considerarla como un fenómeno monetario producido porque existe exceso de demanda de dinero como consecuencia de que hay más demanda de bienes y servicios que oferta. En consecuencia, para frenar la subida de los precios bastaría con restringir la disponibilidad de medios de pago, algo relativamente fácil de conseguir subiendo su precio, los tipos de interés. Al hacerlo, se hace más caro disponer de dinero y así bajan el consumo de los hogares y la inversión.

Este análisis no ha sido acertado nunca pero en estos momentos es todavía más errado.

Como escribí hace unas semanas en este mismo diario, las subidas de precios que estamos viviendo no se deben tan solo a una presión de la demanda, ni a la invasión de Ucrania (en junio de 2021 ya escribí un artículo titulado El verdadero peligro de la inflación que se avecina). Tiene también otras causas añadidas y previas relacionadas con los costes y otros factores estructurales que, además, están presentes de modo bastante heterogéneo entre las diferentes actividades y sectores económicos.

Siendo así, aplicar una medida como la subida de tipos de interés, que no discrimina ni atiende a la diferente situación en que se encuentra cada ámbito de la vida económica, no es solo inútil sino también contraproducente. Es, posiblemente, el peor de los diez errores que he señalado que impedirían combatirla con éxito en las presentes circunstancias.

Las razones son bastante fáciles de entender.

Como he dicho, la subida de tipos de interés encarece la disposición de dinero para el gasto. Pero lo hace tanto si se trata de gasto corriente para compra de bienes de consumo como de gasto en inversión y en todos los rincones de la vida económica sin excepción.

En los casos en que haya exceso de demanda de bienes frente a una oferta que ha alcanzado toda su capacidad productiva potencial, se podría reducir la presión de los precios subiendo los tipos, es decir, restringiendo el acceso al dinero con el que gastar (si, además, se dieran otras circunstancias que no puedo señalar aquí). Pero sabemos a ciencia cierta que las economías no han alcanzado hoy día ese nivel de máxima capacidad. Si acaso, se produce exceso de demanda en algunos ámbitos pero no, desde luego, con carácter general. Por tanto, subir los tipos y reducir el gasto indiscriminadamente hundirá las ventas en todos los mercados y deprimiría la producción y el empleo, frustrando la ya de por sí tímida recuperación tras la crisis de la pandemia.

Sabemos, por el contrario, que lo que está ocurriendo desde hace meses es que una buena parte de la oferta no llega a los mercados o que llega de fuentes que la encarecen excepcional o incluso innecesariamente. En esta situación, lo que se necesita son desbloqueos y alternativas de suministro que requieren inversiones adicionales, cuantiosas y urgentes, de modo que una subida de tipos de interés, en lugar de aliviar el problema de oferta, lo reforzará al encarecerlas.

Además, desincentivar la inversión es justo lo peor que se puede hacer cuando la diversificación productiva, la incorporación de nuevas tecnologías, el desarrollo de nuevas fuentes de energía, o lograr incrementos de productividad son más necesarios que nunca ante los cambios productivos y las transiciones que nos habían dicho -con razón- que es imprescindible abordar en los próximos años.

Por otro lado, hay que tener en cuenta algo elemental que no parece que se esté considerando. Como señaló hace unos días el director de investigación y estudios del banco francés Natixis (aquí), para que los tipos de interés pudieran doblegar la subida de precios deberían situarse por encima del nivel de inflación. Al paso que vamos, los tipos tendrían que situarse a finales de año posiblemente por encima del 10%. No hace falta saber mucha economía para entender que, dado el nivel de deuda pública y privada actual, esa medida supondría una factura de intereses estratosférica que sin remedio produciría la quiebra de miles de empresas, la ruina de los hogares y la paralización de las administraciones públicas. No una nueva recesión, sino un auténtico cataclismo económico y financiero. Quien la lleve a cabo actuaría como un médico que mata al enfermo para bajarle la fiebre y terminaría como el cirujano que al salir del quirófano decía: "la operación ha sido un completo éxito. Qué pena que el paciente haya muerto".

Y todo eso, quizá para nada, pues algunos modelos econométricos muestran que, cuando el nivel de deuda de las empresas es muy elevado, como ahora, las subidas de los tipos de interés no solo pueden no reducir los precios sino hacer que suban todavía más.

En fin, quienes crean que la subida de tipos de interés es la respuesta adecuada a la inflación actual son tan ingenuos como el viejo hidalgo de La Mancha.

Para combatir las alzas de precios que estamos sufriendo en los últimos meses y las que vendrán es imprescindible una respuesta de mosaico, la utilización de una gama variada de estrategias y políticas económicas.

Se precisa, sin duda, la monetaria, para regular bien la liquidez y evitar selectivamente el exceso de demanda que pueda darse, pero también para gobernar el crédito, restringiéndolo donde sea innecesario y suministrarlo cuando se necesite. Es decir, no basta una política monetaria de piñón fijo (centrada solo en combatir la inflación) ni la que se limite a utilizar el exclusivo instrumento de los tipos de interés.

Pero no basta con ella.

Los gobiernos deben disponer de capacidad de maniobra suficiente para aplicar la política fiscal que module la demanda agregada. Y deben de disponer de recursos para realizar un esfuerzo extraordinario dedicado a suministrar bienes colectivos, por un lado, para evitar las carencias que provocará el aumento del coste de la vida y, por otro, para suplir las inevitables pérdidas de salario directo que van a producirse y tratar de evitar así que se produzca una espiral de subidas de precios y salarios que sería muy peligrosa. Y todo ello con mucho cuidado tanto con las bajadas como con las subidas indiscriminadas de impuestos pues, mal hechas, pueden tener el mismo efecto distorsionante que los tipos de interés cuando se aplican sin tener presente las diferentes situaciones.

Hacen falta políticas de oferta o industriales que fomenten la inversión necesaria para resolver los bloqueos y rupturas de las cadenas de suministro y que ayuden a reestructurar la producción, reconvertir sectores y a generar aumentos de productividad, en lugar de abortarlos, como ocurriría si solo se utilizan la subida de los tipos de interés.

Tal y como se está empezando a hacer en Europa con los precios de la energía, en gran parte gracias al empeño de nuestro gobierno, es imprescindible adoptar medidas directas de limitación y control en las actividades (como nuestro sector eléctrico) que se han desbocado, trasladando subidas de costes a toda la economía.

Y, en particular, hay que reforzar las políticas de competencia pues se sabe que una buena parte de la subida de precios procede de aumentos injustificados de los márgenes de beneficio en los sectores oligopólicos.

Por último, no se puede olvidar que la inflación es siempre el resultado de una pugna entre los sujetos económicos para aumentar su parte en el reparto del ingreso y es por ello que nunca perjudica o beneficia a todos ellos por igual, sino que siempre produce ganadores y perdedores. Por lo tanto, todo lo que refuerce la desigualdad social y la asimetría en la capacidad de negociación y en el acceso a los poderes de decisión exacerbará las subidas de precios en una coyuntura como la actual y hay que evitarlo. Es imprescindible, pues, un amplio, generoso y bien diseñado pacto de rentas de medio plazo.

Ahora bien, ninguna de estas medidas será efectiva si unas bloquean el efecto de las otras. Y para que eso no se produzca es imprescindible la cooperación de las autoridades económicas y, en especial, entre los gobiernos y bancos centrales. Seguir dejando que estos últimos sigan actuando sin coordinar sus actuaciones con quien también tiene un papel decisivo para frenar la inflación es un error y una grandísima irresponsabilidad, pues impedirá combatirla con éxito, dada su naturaleza actual.

Si la autoridad monetaria y la fiscal no actúan como las dos hojas de una tijera y en combinación con las demás responsables de la regulación económica; y si se permite que los bancos centrales se dejen llevar por el fundamentalismo y el pánico y apliquen subidas contundentes de los tipos de interés con los niveles actuales de deuda y con los bloqueos de suministro que padecemos, iremos directos a una catástrofe económica.