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La historia detrás de la primera grabación musical eléctrica

Nos acercamos al centenario de la primera grabación musical eléctrica: un 25 de febrero de 1925, la compañía Columbia Records grabó el tema You may be lonesome, cantado por Art Gillham, al que se considera unos de los primeros crooners. El camino hasta llegar aquí no resultó sencillo y, además, estuvo sujeto al ingenio para lidiar con fracasos empresariales.

Dicen las malas lenguas que el invento favorito de Thomas A. Edison era el fonógrafo, aunque su ingenio tenía que competir con el grafófono que idearon por su parte Alexander Graham Bell y su aprendiz Charles Sumner Tainter. En ambos casos, los derechos de explotación recaían en la misma empresa, la North American Phonograph Company. Y aquí es donde comienza la aventura de Columbia Records, entonces conocida como Columbia Phonograph Company (y hoy pertenece a Sony Music).

Aunque para muchos la primera discográfica de la historia fue la Victor Talking Machine Company (en 1930 sería vendida a RCA), lo cierto es que Columbia Records no se quedó ni mucho menos rezagada. Creada en 1889 por unos jóvenes Edward D. Easton y William Herbert Smith, Columbia consiguió convertirse en el agente local de North American para la región de Delaware, Maryland y el Distrito de Columbia.

Su plan original era comercializar el fonógrafo como una máquina de dictado de oficina, pero el proyecto no caló en el mercado y había que buscar nuevas vías de comercialización para no arruinarse. Ahí fue cuando surgió la idea vender cilindros musicales pregrabados a expositores y operadores de máquinas tragamonedas. Para que tuviera éxito fue necesario el abaratamiento del fonógrafo, algo que encontró no pocas reticencias por parte de Edison.

Sin embargo, en esta ocasión la idea cuajó y esta modalidad terminó por convertirse en el principal promotor de las grabaciones musicales, revolucionando el mercado. Lo que hoy parece más que obvio, es decir, que esta era la aplicación natural del fonógrafo, por aquel entonces no lo era tanto y Easton arriesgó sus ahorros con este plan visionario.

Para 1890, Columbia ya contaba con una lista de canciones interpretadas por la United States Marine Band y no tardaría en convertirse en promotora de estrellas de la época como John Y. Atlee o el Brilliant Quartette, entre otros. Cuatro años más tarde llegarían los fonógrafos pequeños ideales para el hogar y, obviamente, Columbia se subió a este carro. Su catálogo ya contenía cientos de títulos –a los que acompañaba con fotografías de los artistas-, se hizo grande e, incluso, absorbió a varios de sus competidores, como Chicago Talking Machine y Northern Talking Machine de Buffalo. En esta guerra de mercado, no sólo se hizo con estrellas de otras compañías rivales, sino con sus ingenieros, lo que en algunos casos significó el colapso del rival (este fue el caso de la US Phonograph Co.). El resultado es que abrió sucursales en St. Louis (1896); Filadelfia, Chicago, Buffalo, París (todas 1897); San Francisco (1898) y Londres (1900).

Llega la crisis

La buena marcha de la compañía se toparía con la crisis de los años 20. En 1921, si Columbia venía facturando 47 millones de dólares, se desplomó hasta los 19 millones, entrando en pérdidas. Se produjeron despidos, abaratamientos de su producto hasta un tercio (el equipo para el hogar apenas costaba 30 dólares) y la compañía inició su travesía por el desierto.

Cuando en 1924 comenzaba a ver la luz, sufrió otro duro golpe: la radio. Ésta se estaba expandiendo como la pólvora y el mercado se preguntaba ¿por qué pagar por un disco si en la radio puedo escuchar la música gratis y con mejor calidad? Las pérdidas de Columbia se acrecentaron. Y entonces, llegó la grabación eléctrica.

La propia Columbia había realizado algún que otro experimento de grabación eléctrica con la idea de reemplaza la bocina de grabación acústica. Desde su filial en Londres, había realizado una grabación en 1920, con motivo del Entierro del guerrero desconocido en la abadía de Westminster, y un año más tarde, ya en EEUU, se había realizado también pruebas con algunos de sus artistas más populares. En ambos casos, los resultados no alcanzaron la calidad deseada.

Por aquel entonces, los ingenieros Bell Labs-Western Electric dieron con la clave para que la grabación eléctrica de calidad fuera posible y acudieron con su invención tanto a la Victor Talking Machine Company como a Columbia. Mientras la primera estaba envuelta en guerras intestinas por su gestión, lo que demoró su respuesta, la segunda estaba literalmente arruinada.

El nuevo descubrimiento de la grabación eléctrica había llegado a oídos del empresario británico Louis Sterling, que desde 1923 editaba The Gramophone Magazine, y quiso hacerse con él. Sin embargo, Bell Labs-Western Electric no estaba dispuesta a que saliera de EEUU por lo que, tras duras negociaciones, Sterling terminó comprando  una participación mayoritaria de Columbia por 2,5 millones de dólares. Así fue como Columbia pudo hacerse con la tecnología de la grabación eléctrica y adelantarse a la Victor Talking Machine Company, que firmaría con Western Electric unas semanas después.

La primera grabación fue la mencionada en la cabecera del artículo (se puede escuchar en este enlace), aunque le siguieron otras como la espectacular realizada en los Associated Glee Clubs of America, reuniendo 4.850 voces. La calidad del sonido era mucho mejor que el obtenido con las grabaciones mecánicas, mucho más claro –gracias a lo que se bautizó como el Viva Tonal- y podía competir con el que proporcionaba la radio. Sin duda alguna, supuso un renacimiento para la maltrecha industria musical. Ambas compañías, tanto la Victor Talking Machine Company como Columbia, guardaron sin embargo el secreto de esta nueva tecnología durante un tiempo, el suficiente para agotar todo el stock con que ya contaban de grabaciones mecánicas.