Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

En Estados Unidos vence el feminismo

En las elecciones legislativas de EEUU las mujeres se han destacado como candidatas en una proporción mucho mayor que en las presidenciales de 2016. La mayoría por el Partido Demócrata. Con el resultado de que más cien mujeres han accedido al Congreso, de un total de 435 congresistas. Laura Kelly ha ganado la gobernación de Kansas. Y se han situado en el Senado y en el Congreso lesbianas, jóvenes, indígenas, musulmanas, emigrantes. Todas a una decidieron que únicamente la participación política podía darles el triunfo.

La elección de Trump fue contestada inmediatamente al día siguiente de las elecciones de 2016 por las feministas. En manifestaciones multitudinarias se posicionaron contra el nuevo presidente considerándolo misógino, racista, xenófobo y clasista, sólo por sus declaraciones en la campaña electoral. Es evidente que tenían razón. Las feministas estadounidenses son las más clarividentes de las organizaciones civiles de ese país. Ni aún siquiera los sindicatos han actuado con la celeridad y lucidez con que ellas lo hicieron.

Y dos años más tarde, 260 mujeres se presentaron a candidatas a las dos Cámaras y gobernadoras de Estado. Con el entusiasmo que las caracteriza, y apoyadas por miles de activistas en su favor que han trabajado duramente en los meses de campaña recogiendo fondos, telefoneando y visitando a los posibles votantes, han conseguido el mayor éxito para las mujeres de toda la historia electoral de los Estados Unidos.
Esta vez también, con lucidez, comprendieron que únicamente las manifestaciones en las calles no podían quebrar el poder del presidente, que se había elegido en las urnas, y que únicamente en ellas podía derrotarse.

Esta clarividencia es la que le falta al Movimiento Feminista en España. Instalado en la tradición de cuarenta años de activismo social en las calles y en las asociaciones le falta la ambición política para entrar en las instituciones donde se instala el poder. Comenzó en los años setenta con el repudio de los partidos políticos que habían actuado contra la dictadura, por el evidente machismo de sus dirigentes y organizaciones.

En aquel momento era imprescindible liberarnos de la tutela y censura que los Comités Centrales y Ejecutivos ejercían sobre toda reivindicación que tuviera elementos de feminismo. Siguiendo con una tradición que se atribuye al comunismo en general y en especial al PCUS (con una falsedad e ignorancia evidentes ya que tanto Lenin, como Kollöntai, Luxemburgo, Zetkin, hicieron de las reivindicaciones de las mujeres uno de los temas estrella de la revolución soviética) la doctrina del PCE, como la de otras formaciones marxistas-leninistas creadas bajo la dictadura, se enquistó en la doctrina de que el feminismo era una reivindicación burguesa que únicamente beneficiaba a las mujeres de las clases poseedoras olvidando la explotación de las clases explotadas. Y que además, terrible peligro, dividía la lucha proletaria y llevaba a la escisión en los partidos comunistas. Cuando estuviera triunfante la revolución socialista, a cuyo éxito había que dedicar todos los esfuerzos tanto de hombres como mujeres, las marginaciones y opresiones que pudieran sufrir estas se anularían inmediatamente, llevando a una sociedad igualitaria y feliz.

Con estos mimbres los comités dirigentes de esos partidos se mostraron siempre enormemente hostiles a todo atisbo de reclamación que se refiriera a los derechos de la mujer, incluyendo los más elementales, como el de ciudadanía y propiedad, divorcio y aborto.

De tal modo, cuando el Movimiento Feminista se construye y articula, repudia hastiado la tutela y el dogmatismo patriarcal de los partidos a los que la mayoría que lo dirigimos habíamos pertenecido.

Pero siendo esta una historia que es imprescindible conocer, ha quedado ya en los libros que deben recogerla. Cuarenta años después, articulado fuertemente el MF, con miles de activistas enérgicas que trabajan cotidianamente y que se han ganado a pulso el respeto y la admiración, tanto de la sociedad como de la clase política, aquellos rencores y recelos tienen que superarse.

En estos años hemos logrado todos los avances que podemos contar desde la terrible época dictatorial. Nuestra decisión, fuerza y organización han llevado a la aprobación del corpus legislativo que nos considera ciudadanas de pleno derecho, al menos en la letra de la ley.

Menos éxito hemos tenido en erradicar, ni aún frenar, la violencia machista, lograr la igualdad de salarios, y una presencia influyente en los órganos de decisión de la empresa. La legislación que necesariamente debe reformarse, como la de Violencia de Género, y la imposición eficaz para que la brecha salarial deje de recluir a las mujeres en la pobreza y la sobreexplotación, no se aprueba en las cámaras legislativas.

Los partidos políticos, de izquierdas, están más preocupados por el impuesto a las hipotecas que por las 109 mujeres asesinadas en 2017 y las 84, en lo que va de año en 2018. Y nos faltan, con toda evidencia, militantes feministas en las instituciones donde se ejerce realmente el poder. Al fin y al cabo, el que manda es el que firma el Boletín Oficial del Estado.

Con una pancarta en la calle no se derroca ni al Presidente del Gobierno ni a los diputados. Las españolas tienen que aprender de las estadounidenses que si el poder está en las urnas, ellas deben intentar conquistarlas.

Como Partido Feminista supimos esta elemental verdad hace varias décadas. Cuando se veía agotado el periplo de la lucha asociativa, reducido a los actos, asambleas y manifestaciones. Sabíamos que debíamos competir en la arena electoral con nuestro propio programa y elaborando la estrategia que llevara al feminismo a los Parlamentos, a las diputaciones, a los ayuntamientos.

El grueso del MF no nos siguió. Con los enquistados argumentos de la jerarquización de los partidos políticos, de la corrupción que anida en algunos de ellos, de lo sucio de la batalla política, etc.etc. la mayoría del MF sigue reuniéndose en asambleas interminables y poco eficaces, invirtiendo su tiempo en discutir teorías nacidas al calor de tendencias nada feministas, que tienen su abrigo en los elitistas grupos a los que poco les interesa la explotación laboral de las mujeres, y ni aún la violencia machista.

Satisfechas la mayoría de las que forman el grueso del MF con la presencia multitudinaria que han conseguido en las calles el último 8 de marzo, y la atención que les están prestando los medios de comunicación, piensan eternizarse en la única y repetitiva actuación de actos y manifestaciones, sin pretender ir más allá.

Es decepcionante comprobar que en este periodo preelectoral en el que se convocan numerosas citas, las feministas no sólo no son cabezas de listas, ni aún siquiera participantes más que como comparsas, y desde luego no con un programa propio sino con el que impone el partido político que las presenta. Y no tienen ambición para revertir esta situación que se perpetúa desde que se implantó la democracia.

Incluso la disolución del Área de la Mujer de IU viene a añadir una frustración más a la posibilidad de que las feministas de esa formación tuvieran protagonismo en las próximas contiendas electorales. Y por supuesto el MF permanece indiferente a los acontecimientos políticos y sociales que se están sucediendo en el mundo y en España.
En los actos políticos la mayoría de los asistentes son hombres, la política internacional y nacional no se debate en el seno de las asambleas feministas, ahora embargadas por las discusiones sobre las teorías de género, y ni se plantea la posibilidad de que como Partido Feminista participáramos en la elaboración de las listas y en la contienda electoral.

Es evidente que los próximos resultados de las elecciones seguirán dando el mismo mapa político: mayoría de hombres en las instituciones, sin ninguna inquietud feminista, unas pocas mujeres protagonistas a las que su partido permite que tengan algún espacio en los medios de comunicación, y una ausencia flagrante de reivindicaciones feministas, y aún más de realización de estas. Y comenzaremos nuevamente otras legislaturas, con una pancarta en la calle, pidiéndoles a los legisladores que se apiaden de nosotras.

Es evidente que las estadounidenses son más listas que las españolas.