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La crisis del relato político

La razón de que en la mediocracia imperante el éxito de las políticas está ligado al acierto en su explicación ha sido interiorizada por José Luis Rodríguez Zapatero como la explicación última de sus males y es, en consecuencia, la justificación última de la crisis ministerial del miércoles. "Habría que dedicar siempre la mitad del tiempo a explicar lo que se hace, pero es muy difícil, en parte porque te consume la toma de decisiones. Ahora, con las reformas más importantes en marcha, es el momento de hacer ese esfuerzo de explicación", razonaba en voz alta el pasado domingo, horas antes de dar el primer paso efectivo para la reorganización del Gobierno, que no cerró hasta entrada la noche del martes y por teléfono.

El diagnóstico estaba hecho desde hace tiempo. Faltaba elegir el momento. Quiso hacer los cambios a finales de junio, pero los abortó molesto ante las luchas internas por el poder que se desataron al trascender sus intenciones. Tras el paréntesis para enfriar las expectativas, en agosto volvió a poner sobre su mesa el dossier de la remodelación, que empezó a macerar cuando, tras las dos reuniones que en aquel mes celebraron Alfredo Pérez Rubalcaba, José Blanco y José Antonio Alonso con dirigentes del PNV se constató que había posibilidades de alcanzar un acuerdo parlamentario que fuera más allá del estrictamente presupuestario.

El "pacto de estabilidad" con el PNV y Coalición Canaria le dio el impulso final para hacerlo ahora, sin esperar a las elecciones de noviembre en Catalunya, una opción de riesgo a la vista de cómo se estaba cuarteando la cohesión interna en el PSOE, un valor capital para afrontar las elecciones y más con los barones revueltos ante la perspectiva de recibir en sus posaderas la censura al Gobierno por la gestión de la crisis económica.

De la defensa al ataque

Después de encadenar un rosario de semanas negras, en las que no tuvo otra opción que jugar a la defensiva, había logrado recomponer el tablero hasta hacer tablas con su adversario, cuya baza mayor era forzar el adelanto electoral. Faltaba el movimiento de ataque, el que podía situarle de nuevo en posición de ventaja para dar jaque adelantando sus alfiles al tiempo que blindaba la figura del rey, que es la suya propia, aspecto esencial que pone en cuestión el apresurado razonamiento de que se trata de una crisis pensada en clave sucesoria.
El análisis de Zapatero arranca del criterio de que las encuestas "tienen ahora un valor relativo porque están fuera del contexto de una convocatoria electoral y porque, en tiempos de cambio acelerado como los actuales, se puede modificar el ánimo de la opinión pública con dos o tres medidas o gestos de impacto". Y, además, está íntimamente persuadido de que si el candidato del PP es Mariano Rajoy, puede volver a ganar. Por eso mantiene la incertidumbre sobre su propia candidatura, decisión de carácter estratégico por los efectos políticos que puede desencadenar. Es el as en la manga, su último cartucho.
La trayectoria política de Zapatero demuestra que sus decisiones nunca responden a un análisis unilineal.

El Gobierno y el partido

Al situar a Alfredo Pérez Rubalcaba como supernúmero dos del Gobierno, se reserva una puerta de salida para el caso de que en los 18 meses que tiene por delante no logre cambiar la tendencia de las encuestas, pero el efecto inmediato es que, por primera vez desde que se instaló en la Moncloa, va a disponer de un escudo protector y un portavoz capaz de elaborar un discurso político más allá del relato de los acuerdos del Consejo. El lastre que pesa sobre el nuevo vicepresidente por haber sido el último portavoz de Felipe González lo juzga intrascendente comparado con sus dotes de comunicador, su olfato político y la prioridad de reconectar con el electorado más joven, que no guarda memoria de la agonía del felipismo y es el más desencantado con el PSOE.

El aparente señalamiento de Rubalcaba como delfín no produce en el PSOE la convulsión que habría provocado la de cualquier otro dirigente porque sus opciones de ser el sucesor se limitan a 2012. Podría ser el candidato entonces si Zapatero opta por la retirada y podría ser el presidente del Gobierno si ganara ese año, pero su tiempo habrá pasado definitivamente si Zapatero opta a otro mandato o si fuera el candidato y perdiera. Incluso si ganara, sería considerado como un presidente de transición para dar tiempo a la preparación de un líder de futuro. En esta clave se interpreta en algunos sectores del PSOE la aparente postergación de Carme Chacón, que pierde el paso como hipotético relevo para 2012, pero a la que deja a salvo de la refriega para lo que pueda venir después.

Todo eso dependerá en gran medida del resultado de las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2011. De ahí que, de nuevo, haya vuelto a poner el partido en manos de José Blanco, que con la salida de Leire Pajín de la secretaría de organización volverá a ejercer en plenitud como vicesecretario general, tras un periodo a medio gas para evitar que sus diferencias soterradas con la nueva ministra de Sanidad y Política Social estallaran en un enfrentamiento abierto. Blanco vuelve a asumir la coordinación de las campañas y, puesto que mañana mismo se constituirá el comité electoral, que en esos periodos se convierte en la auténtica ejecutiva, toma la dirección efectiva del partido. Zapatero resuelve así la duplicidad de estrategias y de poderes en que había derivado el desencuentro entre los números dos y tres del partido.

Fiel a su esquema de reparto del poder, en el que nadie que esté por debajo de él debe sentirse plenipotenciario, Zapatero ha puesto dos contrapesos a quienes se consolidan como los dos hombres fuertes de la nueva etapa. A Rubalcaba, Ramón Jáuregui. A Blanco, Marcelino Iglesias. Dos políticos a medio camino entre la vieja guardia y el zapaterismo, con criterios políticos y estilos propios. Hasta las elecciones de mayo, Iglesias estará parcialmente maniatado por sus responsabilidades como presidente de Aragón y su prioridad será engrasar la relación entre el Gobierno y los barones. Pero después controlará las listas electorales y, si se abriera el escenario de la sucesión, en el haber del nuevo número tres del PSOE cuenta el acierto con que dirigió el 35 congreso, del que surgió el liderazgo de Zapatero.

El "proyecto de Zapatero"

En contra de la presunción sucesoria operan otros dos movimientos. Con la incorporación de Rosa Aguilar y Valeriano Gómez lanza a la izquierda y a los sindicatos, donde se focaliza el descontento, la señal de que están "dentro del proyecto político de Zapatero". Y, vistos los cambios en su conjunto, el mensaje de fondo es que el presidente fortalece políticamente el Gobierno y el partido "para ganar la recuperación y ganar las elecciones".