La realidad y el deseo

El caracol, las hormigas y el pájaro

Hacía mucho tiempo que no se sentaban en el banco de un parque. Mario pensó en los primeros días de su noviazgo, cuando esperaba a que ella saliera del supermercado. Juana pensó en el nacimiento de su primer hijo y en el paseo de los domingos por la mañana. Una pareja comparte los mismos recuerdos, pero con una memoria diferente. Sentarse en un banco suponía para Mario volver a 2001, huir del taller a las dos y media, doblar la esquina y sentarse a ver pasar mujeres y hombres con las bolsas de la compra. A las tres había cambio de turno y la muchacha que acababa de conocer, una cajera más inquieta que una ardilla y más alegre que una verbena, lo buscaba con los ojos desde la puerta.

Juana se veía en el 2005 con el cochecito del niño. Espera, vamos a sentarnos, decía. Más que llegar tarde o pronto a ningún sitio, necesitaba acostumbrarse a la nueva situación. Las bodas cambian poco la vida, pero los hijos provocan un terremoto. Miraba pasar a las parejas, a los niños con bicicleta, a los abuelos, y pensaba que el mundo era una inmensa rueda de pañales, horarios, comidas, cenas, buenas y malas noches, llamadas telefónicas, incertidumbres... Se sentía feliz, temerosa y pequeña ante el reloj de la cocina. La realidad funcionaba como una maquinaria de exigencias ineludibles en la que ella había entrado casi sin darse cuenta.

Mira, en lo alto de aquel árbol hay un nido, dijo Mario, señalando con el brazo extendido hacia el plátano grande de la esquina. Juana obedeció al dedo índice de su marido y siguió el rumbo hasta llegar a la copa del árbol. Un revuelo verde denunció el lugar señalado. El pájaro entraba en su nido. Imaginó lo que no oía y lo que no veía, el tumulto de picos abiertos en busca de la comida recién llegada. Es curioso, yo me estaba fijando en ese hormiguero, contestó ella. Mario observó el hueco minúsculo que se abría junto a la pata derecha del banco. Una fila de hormigas salía del seto, pasaba entre sus zapatos y bajaba a las profundidades de la tierra con un instinto disciplinado y temerario. Incluso las grietas tienen utilidad en la naturaleza.

Juana valoró la suerte de vivir en lo alto de aquel árbol. Seguro que hasta allí no subían los gatos, ni los revisores del gas, ni la presidenta de ninguna comunidad de vecinos, ni las cartas certificadas con malas noticias. El deseo de ser transparente, de convertirse en aire, le provocó una sonrisa. Mario valoró en silencio la posibilidad de sumergirse en la tierra, de descender hasta el fondo de los días y las noches por un laberinto convertido en refugio. Bajo las ruedas de los autobuses, la prisa de los paseantes, las ventanas de los edificios y el cielo gris, se escondía una realidad sibilina al margen de la lluvia, las quiebras, los despidos y las cajas de ahorros. La identificación de la penumbra de un hormiguero con el sótano de un pub fue una ocurrencia digna de su juventud, un resto de humor propio de los tiempos pasados.

Mario había sido durante años un rey de copas en las barras de la noche. Siempre pedía la última, siempre convencía a sus amigos de la conveniencia de mantenerse al pie del cañón por lo que pudiera caer. Un sábado el cazador fue cazado y Juana ocupó de inmediato el trono de la pandilla. Se las arreglaban para hacer el amor a la hora de la siesta. Las llaves del taller, de un coche bien aparcado o de la casa de un amigo entraban en las cerraduras para desnudarlos y llenar de felicidad las tardes de los sábados y los domingos. Eran como una copa bien cargada. Luego llegaba la noche con otro tipo de intimidad: música, fanfarronería compartida, amigos ruidosos y whisky con coca-cola.

Cuando nació Jorge, su primer hijo, las cosas cambiaron mucho, aunque de vez en cuando la abuela se prestase a hacer de canguro. Un año después llegó Rosa y las citas nocturnas se apretaron, porque dos nietos dan mucho más trabajo que uno y porque la mensualidad de la hipoteca adelgazó de forma tajante el presupuesto de los fines de semana. 2007 fue un año feliz, abstemio y cargado de planes.

Un año todavía feliz, piensa Juana, mientras se fija en el caracol que la observa baboso desde la hierba. Caracol, saca los cuernos al sol, murmura. Los pájaros ponen casa en las copas de los árboles, las hormigas bajo tierra y los caracoles la llevan encima. Son unos propietarios con pocas raíces. Se lo comenta a Mario y su marido está de acuerdo con ella. Los caracoles tienen intimidad en cualquier sitio. Como ellos, Mario y Juana, Juana y Mario, que miran juntos el portal del edificio número siete y el balcón del tercero derecha. Igual que en los buenos tiempos, han dejado a Rosa y Jorge en casa de la abuela. Hacía muchos meses que no se sentaban juntos en un banco para compartir el espectáculo gratuito y minucioso del mundo.

Pero tienen que levantarse. Son ya las doce. A las doce y media deben estar en casa. Suponen que la policía y el secretario judicial serán puntuales cuando lleven la orden de desahucio.