R & R, o cuando el vicepresidente de EE UU no es un florero

Hay un par de tópicos sobre el sistema político norteamericano que conviene matizar, tras la designación de Paul Ryan como compañero de candidatura (R & R) del aspirante republicano a la presidencia. El primero es que da lo mismo quien gane, porque las líneas generales de la política interior y exterior no las marca el inquilino de la Casa Blanca, sino los poderes económicos que le permiten ganar en las urnas. El segundo es que la elección de vicepresidente es casi irrelevante (excepto en caso de muerte, incapacidad o destitución del presidente), ya que está condenado a convertirse en un florero al que nadie hace caso durante el primer mandato de su jefe, aunque si éste no opta a la reelección, o al final de su eventual segundo cuatrienio en el cargo, contará con grandes posibilidades de tomar el relevo.

Ni siquiera un presidente dotado de fuerte carisma, personalidad y autoridad natural tiene las manos totalmente libres, ya que hay líneas rojas que no puede cruzar sin grave riesgo de que le dejen en la estacada los poderes fácticos y buena parte de unos votantes que, a despecho de sus intereses vitales, creen aún que el individualista ‘sueño americano’ es incompatible con un fuerte intervencionismo del Estado. Así, por ejemplo, desde que Eisenhower (republicano, R) forzó en 1956 a Israel a retirarse del canal de Suez, ningún candidato se ha atrevido a defender una política en Oriente Próximo que se base en el equilibrio de intereses de las dos partes en conflicto y en reclamar al Estado hebreo del cumplimiento de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que exigen la devolución de los territorios conquistados en la Guerra de los Seis Días de 1967. Con el peso creciente del ‘lobby’ judío eso se antoja hoy casi una imposibilidad física.

Para que el sistema funcione (aunque perjudique los intereses generales de la ciudadanía), la ideología del presidente debe estar en armonía con la de quienes le auparon al poder. Ese fue el caso con Ronald Reagan (R), paradigma de la desregulación en el origen del actual caos económico, y con George W. Bush (R) quien, sin tocar los privilegios de las elites,  metió a EE UU en dos guerras imposibles de ganar y violó asentadas tradiciones de respeto a libertades y derechos fundamentales.

Esa armonía se echó en falta durante el único mandato de Jimmy Carter (Demócrata, D), quien, pese a éxitos notables como los acuerdos de Camp David o los tratados de desarme con la URSS, fue estrepitosamente derrotado por Reagan y ha quedado, de forma injusta, como paradigma de un axioma: las buenas intenciones no hacen buenos presidentes.

Con todo, y pese a los desengaños provocados por un Obama (D) entre la impotencia y la indecisión, el actual jefe de Estado ha supuesto un claro cambio de tendencia respecto a los ocho años de Bush, y las cosas habrían sido muy distintas (peores), en Estados Unidos y el resto del mundo, si John McCain (R) le hubiese derrotado en 2008. Está claro que sí que importa quien ocupa la Casa Blanca y, para bien o para mal, con mayor o menor sometimiento a los poderes fácticos, así lo reflejan casos como los de los dos Roosevelt, Reagan, Bush y el propio Obama.

En cuanto a la teoría del vicepresidente florero, reflejada con crueldad y compasión en la serie ‘El ala oeste de la Casa Blanca’, hay algunos ejemplos cercanos, como Dan Quayle (R), que ocupó el cargo con Bush padre, o Spiro Agnew (R), que lo hizo con Nixon y que dimitió tras ser procesado por evasión fiscal y blanqueo de dinero. Su sustituto, Gerald Ford, otro caso de personalidad irrelevante llegada por accidente al poder, se convirtió en presidente tras dimitir Nixon por su responsabilidad en el escándalo Watergate, y le pagó el favor con el perdón de sus delitos.

Pero no siempre ha sido así. Harry Truman fue poco visible en vida de Franklin D. Roosevelt (D), pero a la muerte de éste en plena guerra mundial, apenas iniciado su cuarto mandato, le sucedió y no cayó en el síndrome de la interinidad de los no elegidos, sino que tomó decisiones tan importantes como el ignominioso bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. En cuanto a Lyndon Johnson (D), tal vez fue un florero con un John F. Kennedy (D) que no le ocultaba su desprecio clasista pero, tras el magnicidio, y una vez en la Casa Blanca, metió de lleno a su país en la guerra de Vietnam. Al Gore (D), vicepresidente con Clinton, supo construirse un perfil intelectual propio que le convirtió en un buen candidato, aunque perdiese la presidencia frente a Bush hijo en los tribunales (que no en las urnas). Richard Cheney (R), segundo de Bush hijo, adquirió tal peso ideológico que llegó a ser considerado como el presidente en la sombra, y marcó la agenda ultraconservadora de un jefe carente de peso intelectual y con solo unas cuantas ideas elementales, aunque tan claras como las de Reagan en su día. Por fin, Joe Biden, actual vicepresidente, aun sin brillar demasiado por la competencia de Hillary Clinton, se ha convertido, sobre todo al comienzo del cuatrienio en un excelente mediador en crisis complejas que requerían gran habilidad diplomática.

Y llegamos a Ryan, la apuesta de Romney para completar la papeleta electoral, y que tiene un peso propio, con una potente carrera política detrás, una capacidad indiscutible para general donaciones y un perfil ideológico que debería permitir al candidato republicano asegurarse el apoyo incondicional del sector más conservador del partido, personificado en el Tea Party, que considera demasiado tibio al ex gobernador de Massachusetts.

Ryan, presidente del Comité de Presupuestos de la Cámara de Representantes, es un defensor apasionado de la reducción a ultranza del déficit, a costa, no solo de reducir el peso de la Administración, sino de un recorte de programas sociales, como la asistencia sanitaria a los mayores y las ayudas a los sectores sociales más desfavorecidos. Eso amenaza con agrandar aún más la brecha entre los inmensamente ricos y los pobres de solemnidad, que Obama ha sido incapaz de reducir durante su mandato.

Como Romney, Ryan quiere desmontar la reforma sanitaria (anatema para las grandes aseguradoras y la poderosa industria farmacéutica) y rechaza el intento de Obama de aumentar impuestos a los más ricos, es decir, los mayores contribuyentes a la campaña republicana, como los hermanos Koch (magnates de la química y el petróleo) y Sheldon Adelson, cabeza de un imperio del juego y promotor del Eurovegas en España.

Estos multimillonarios, que simbolizan ‘el uno por ciento’, minoría que controla más de la mitad de la economía, consideran un ‘pecado antiamericano’ cuestionar un sistema en el que ellos pagan al fisco, en porcentaje, apenas la mitad que sus asalariados. La brecha se ampliaría más de aplicarse el credo de Ryan, que pretende reducir a dos los seis tramos de fiscalidad sobre los ingresos (el 10% y el 25%) y eliminar toda carga sobre beneficios empresariales, patrimonio, dividendos y rentas del capital.

Es una vuelta de tuerca ultraconservadora que, por extraño que parezca visto desde Europa, no tiene por qué llevar a la candidatura republicana a una derrota en noviembre. Aunque Obama conserva cierta ventaja, la pugna se decidirá por la mínima. El dinero conseguido por ambos aspirantes sería determinante (y favorecería a Romney), de no ser porque, aun sin el apoyo del ‘uno por ciento’, la máquina recaudadora de Obama se está mostrando también muy eficaz, en la campaña más cara de la historia, tan mercantilizada que desnaturaliza la esencia democrática del voto.

Sea para completar su oferta ideológica,  o para satisfacer a los medios de la derecha (con el imperio de Rupert Murdoch a la cabeza) que le reclamaron que eligiese a Ryan, éste no se dejará tratar como un florero si llega a la Casa Blanca, sino que exigirá una fuerte cuota de poder. Podría ser otro Cheney, aunque sus guerras serían más económicas que exteriores. En cuanto a la independencia de los poderes fácticos, nadie espera que la tenga. Ni él ni Romney. Ni siquiera da la impresión de que lo vayan a intentar, si es que ganan.