El ojo y la lupa

Cuando Macondo fluía como un chorro de palabras

"Estoy loco de felicidad", escribía Gabriel García Márquez a Luis Harss en noviembre de 1965. "Después de cinco años de esterilidad absoluta, este libro está saliendo como un chorro, sin problemas de palabras. Es, en cierto modo, la primera novela que empecé a escribir a los diecisiete años, pero ahora más ampliada". "Este libro", por supuesto, era Cien años de soledad, publicada en 1967 por la Editorial Sudamericana, que se convirtió en icono del boom latinoamericano y cuyos ejemplares circularon de mano en mano por la España de finales de los sesenta, como si fuesen un tesoro, entre quienes no podíamos permitirnos comprarlo. Con Gabo descubrimos el universo mágico de Macondo (con tantos ecos del Yoknapatawpha faulkneriano) y nos llegó por fin la onda expansiva del boom, de autores y obras excepcionales de temática e intención diversas, pero con una marca distintiva que se plasmó en una revolución literaria y conquistó un universo de nuevos lectores en todo el mundo.

Hars —nacido en Chile, criado en Argentina y que vive en EE UU— leyó Rayuela, de Julio Cortazar, y cayó enfermo de entusiasmo. Este prodigio inclasificable cuyo molde aún se resiste a ser descrito "sacudió la literatura, le trajo el idioma vivo de la calle, fue una liberación. Uno quería vivir y hablar así". De Rayuela y de su autor, al que Harss entrevistó en París, surgió el impulso de escribir un libro (Los nuestros) sobre el auge de la narrativa latinoamericana. Su primera edición de 1965, en inglés, pasó desapercibido; en su versión castellana, un año después, se convirtió en objeto de culto, varias veces reeditado, hasta que solo se pudo encontrar en bibliotecas, antes de casi caer en el olvido. Alfaguara lo rescata ahora cuando ronda el cincuentenario del boom, fenómeno (más que movimiento coherente) que a veces se data en 1962 (hace justo 50 años) pero cuyo bautizó sitúa Harss en Buenos Aires en agosto de 1966.

Los nuestros no es un libro de entrevistas, aunque se base en parte en ellas, sino una clarividente colección de ensayos de crítica literaria que compensa con creces el esfuerzo de concentración que exige al lector. Su autor reconoce que la selección, que incluye tanto a precursores como protagonistas directos del boom, tuvo algo de arbitraria, ya que, aunque son todos los que están, no están todos los que son. Faltan, por ejemplo, Manuel Puig, Cabrera Infante, Lezama Lima, Mario Benedetti, Jorge Edwards, Roa Bastos, José Donoso, José María Arguedas o Ernesto Sabato. Pero, aparte de que es incompleta, resulta difícil poner reparos a la lista, que incluye a tres futuros premios Nobel y al menos a otro escritor, Borges, que si no lo obtuvo fue porque en la academia sueca estaban más ciegos que él. Estos fueron los diez elegidos: Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y el brasileño Joao Guimaráes Rosa, único que no escribía en castellano.

Harss, en su nota previa a esta nueva edición, da por buena la afirmación de que Los nuestros es una reliquia de época, como si le sorprendiera que aún sea válido. Eran escritores que, por encima nacionalidades, ideologías, temáticas y estilos, "se habían descubierto y reconocido entre ellos". Tan solo faltaba "presentarlos iluminados para distinguirlos de la literatura tradicional". Tenían en común "la libertad interior con que manejaban las palabras (…) la realidad pensada y hablada de otro modo", la convicción de que había que escribir "como se piensa o se vive", como se habla en sueños, "donde nos reconocemos distintos", o en la intimidad, "cuando nos atrevemos a decir la verdad".

Hoy puede parecer obvio, pero en aquel momento este concepto fue revolucionario, porque América Latina había sido "un continente de poetas". A la poesía "le transportaba el prestigio", pero "la novela era más bien panfletaria y terrestre", de menor entidad. Esa renovación revolucionaria exigía un compromiso total con la literatura porque "la novela, como la fe, es envolvente y en cierto modo, abismal: un género monomaniaco que sólo puede vivir peligrosamente". García Márquez lo decía más o menos así: es imposible ser un gran escritor si no se ha vivido bajo los puentes.

Harss muestra un tino especial para bucear en la esencia de sus autores.  Así, dice de Borges que "su obra ha sido una especie de larga consolación por la filosofía", que sabía "resumir un destino en una nota marginal", y que gran parte de su fuerza narrativa radica en "la felicidad con la que encadena alusiones bibliográficas", ya que los libros eran sus puntos cardinales, se confesaba "podrido de literatura" y afirmaba: "Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído". De Carpentier destaca que "los principios de la composición musical" son clave en sus obras. Como en El siglo de las luces ("una especie de construcción sinfónica"), o en El acoso, que el escritor cubano estructuró como "una sonata, con una primera parte, tres temas, diecisiete variaciones y una conclusión o coda".

Harss creía en 1965 que El señor presidente, la obra más conocida de Asturias, había envejecido, que ya no intimidaba, que quedaría como "una vistosa reliquia", y que su mejor obra era Hombres de maíz, de la que su autor decía que el lenguaje llegaba a adquirir "una dimensión biológica". El Nobel guatemalteco le dijo que "toda la gran literatura latinoamericana ha sido una literatura de protesta (…), de combate",  y que la novela era "el único medio" a su alcance para dar a conocer el sufrimiento, las "necesidades y aspiraciones" de su pueblo.

Y así hasta completar la radiografía crítica de los diez autores, elaborada a medias por Harss y por ellos mismos.

Lo de menos es el término boom. Lo importante es que, en tantas y tantas obras memorables de los autores glosados en Los nuestros, y en las de tantos otros que no están en la lista, los latinoamericanos pudieron descubrirse en sus problemas, sus raíces, sus mitos y la riqueza de su idioma. Y eso contribuyó a reforzar su identidad continental. Su poder de deslumbramiento llegó a España y sobrevivió a las traducciones para alcanzar un impacto mundial.

De esos diez maestros, sólo dos siguen vivos, Vargas Llosa y García Márquez, que un día fueron cómplices y que hoy son más bien ‘enemigos íntimos’. El primero se doctoró en la Complutense con una clarividente tesis sobre el segundo, que editó Barral en 1971 con el título Historia de un deicidio. Ambos han ganado el Nobel, pero el lugar de García Márquez en el olimpo literario está unos escalones por encima del de Vargas, un magnífico escritor, no obstante, que por motivos ideológicos parece renegar del aliento que alumbró sus mejores obras.