El ojo y la lupa

El capitalismo según ‘El País’ y ‘The New Yorker’

"Yo también odio ser un cabrón codicioso, pero somos responsables ante nuestros accionistas". (Viñeta humorística recogida en el libro El dinero en The NewYorker, recién editado en castellano por Libros del Asteroide).

"Queremos volver a expresar nuestra firme convicción de que una empresa como El País se debe, como cualquier otra, a sus accionistas".  (Cita de un artículo sin firma, titulado A nuestros lectores, publicado el 11 de noviembre en el "periódico global en español" para justificar el Expediente de Regulación de Empleo con el que se despide con indemnizaciones de saldo a 129 trabajadores, entre ellos algunos de los más prestigiosos periodistas de España).

La argumentación es en ambos casos la misma aunque, por supuesto, en el segundo ejemplo falta el mea culpa que encarnan los términos cabrón y codicioso. Capitalismo puro y duro. Reflejado en hechos en El País. Fustigado con ironía en The New Yorker.

El texto de marras —híbrido de mala información, editorial sectario y tendenciosa declaración de parte— quedará como símbolo del parricidio cometido por Juan Luis Cebrián con la criatura que él mismo alumbró en 1976. Y si nadie puede negarle el mérito de convertir El País en referente mundial del periodismo de calidad, tampoco tendría que sorprenderle el caudal de desprecio y desprestigio que recoge por manejar la apisonadora que lo está demoliendo.

A nuestros lectores suponía una violación flagrante de las normas de estilo del diario, que estipulan que se requiera la opinión de las dos partes cuando se da noticia de un conflicto. No era la primera vez desde que se presentó el ERE. Ya el 9 de noviembre se publicaba una información a cuatro columnas firmada El País Madrid, con el título El comité de EL PAIS rechaza una indemnización de dos años netos. Y con este sumario: La empresa despedirá a 129 trabajadores con un año máximo de compensación.

Así escrito se diría que el comité está compuesto por un puñado de incompetentes con intereses ocultos que no son los de la plantilla a la que representan. Nada más incierto. En realidad, el comité no rechazó nada. Lo hizo la masiva asamblea de los trabajadores, por abrumadora mayoría y en votación secreta, al estimar que no había garantías suficientes de un pago que se aplazaba en un 50% y por discrepancias profundas sobre otros puntos sustanciales de la última propuesta de la empresa. Por eso va el ERE camino de los tribunales.

Tras haber sido periodista de El País entre 1982 y 2008 me siento personalmente agraviado por la deriva del diario, el despido low cost de tantos magníficos profesionales que contribuyeron a hacerlo grande, las presiones ejercidas sobre la plantilla y la falta de objetividad de las informaciones sobre el conflicto. Entendería por ello que algunos lectores dudasen de mi imparcialidad, aunque espero que no de mi sinceridad. En mi opinión, lo que ocurre es el punto y seguido, que no final, de una deriva que afecta a la credibilidad y el prestigio acumulados con tanto esfuerzo durante décadas.

Por una concepción del capitalismo estrecha, cicatera e impuesta por tiburones financieros externos, pero inadmisible en un medio de comunicación que se precie de cumplir una función social, se ha dinamitado una cultura de negociación y pacto que presidió las relaciones internas en El País durante la mayoría de sus 36 años y medio de vida. Ese contrato implícito no sólo era laboral, ya que incluía también el compromiso de elaborar un buen periódico al servicio de los intereses generales y de los principios democráticos fundacionales.

Cuesta creer que, con una redacción cercenada, una empresa editora que solo mira al negocio, y un primer director y hoy presidente convertido en Terminator, se pueda superar una situación crítica amplificada por la prensa internacional y los medios digitales españoles, aunque casi ignorado en los convencionales, tal vez porque en todas partes cuecen habas. Las heridas que quedan abiertas, la pérdida de confianza en el director y el presidente (ambos recusados por la plantilla) y el temor a nuevos y duros recortes hacen dudar de que sea posible mantener la imagen de marca de El País.

Al igual que las dos pésimas muestras de periodismo citadas, la viñeta de The New Yorker —cuya cultura laboral desconozco— merece también ser recordada, pero por motivos opuestos, como ejemplo del poder transgresor del humor. Eso le hace universal, trasplantable de EE UU y España, y le permite conservar la capacidad para denunciar, aún sin pretenderlo de forma expresa, la ruptura del difuso contrato social que el capitalismo utiliza como coartada moral para justificar su derecho a existir.

The New Yorker es considerado liberal en el espectro ideológico norteamericano, una vitola en la que encaja algún minoritario sector del partido demócrata. Es punto de encuentro del pensamiento crítico, escaparate literario de lujo (Cheever, Salinger, Updike, Roth, Nabokov, Munro…) y reducto de un periodismo en vías de extinción: profundo, preciso, investigador, caro y aún así rentable. La difusión de su edición tradicional, algunas de cuyas portadas son consideradas obras de arte, supera el millón de ejemplares y constituye la base del negocio, en abierto desafío a los sepultureros del soporte en papel, con Juan Luis Cebrián de trompetero del apocalipsis.

El semanario norteamericano tiene en sus caricaturas una reconocible seña de identidad. Las que publica ahora Asteroide, con textos traducidos al español, se remontan a la fundación de la revista en 1925, llegan hasta la época actual, y se centran en el mundo de la economía y las finanzas. En el prólogo del volumen, Malcolm Gladwell explica que la revista "se adentra en las cuestiones financieras con la distancia de un antropólogo" y refleja lo que se le pasa por la cabeza cuando piensa en el dinero: "Bromear sobre la cuestión".  Su viñeta favorita es de 1956: dos hombres ven desde su oficina cómo otro cae al vacío, y uno de ellos comenta: "¡Hombre, pero si es Prescott! Imagino que sabe algo que nosotros ignoramos". Aunque yo prefiero esta otra que también cita: Dos ejecutivos entregan un informe y uno le dice al jefe: "Estas previsiones son producto de nuestra imaginación. Esperamos que sean de su agrado".

Si el humor es bueno, es difícil que pase al olvido. Se comprueba en la selección efectuada para este volumen por el editor de viñetas de The New Yorker, Robert Mankoff. Como en una de los años veinte ("Cariño, [ha llegado] el recibo del hospital. Un plazo más y el niño es nuestro"). En otra de los treinta ("Lo más curioso de Morley es que ha sacrificado sus ideales y sigue sin ganar dinero"). En dos de los ochenta ("Nuestro plan de reducción del déficit es muy sencillo, pero requiere de grandes cantidades de dinero", y "Pueden hacer lo que les plazca con el salario mínimo siempre que no toquen el máximo"). En otras tantas de los noventa (1.-comentario de un perro a otro: "Hay que asumirlo, el dinero es el mejor amigo del hombre". 2.- La secretaria dice a su jefe mientras en la antesala espera un individuo con una carretilla llena de billetes: "Tiene mucho interés en verle, senador"). Y en varias de la primera década del siglo XXI, como la que muestra a un individuo que apunta con su pistola al cajero de un banco y le entrega un papel en el que se lee: "Déme todo el dinero de mi cuenta".

Mis dos preferidas —junto a la que abre esta columna— podrían ilustrar el mal español. En una de ellas, el jefe se dirige a sus empleados y les dice: "Seguimos siendo la misma gran compañía que siempre hemos sido, solo que ahora hemos dejado de existir". En la otra, que podría haber firmado El Roto, implacable demoledor del caos moral provocado por la crisis, un hombre revisa las cuentas familiares y le explica a su mujer: "Si nos jubilamos tarde y nos morimos pronto, nos las apañaremos". Pues eso.