El ojo y la lupa

La pesadilla de un lord: una hija escritora, otra comunista y dos nazis

Al menos cuatro de las seis hermanas Mitford (había también un hermano) se empeñaron en rebelarse contra las restricciones impuestas por la forma de vida de la aristocracia inglesa y buscaron su propio camino en una época, la de la década de los treinta del pasado siglo, en la que el mundo estaba a punto de saltar por los aires. Con ello, amargaron la vida a su padre, el reaccionario e intransigente barón de Redesdale, que tuvo que ver como su primogénita hija, Nancy, desarrollaba un notable talento literario y se convertía en escritora de éxito burlándose sin apenas disimulo de él, de su familia en general y, ya puestos, de toda una improductiva clase social que no sobreviviría intacta al cataclismo bélico que se avecinaba. Eso sí, con una frivolidad de altos vuelos que convertía sus obras en deliciosos divertimentos para quien no tenía que preocuparse por poner un plato en la mesa para él y su familia. Nancy limaba de su sátira las aristas más amargas, por lo que el propio barón llegó a recrearse en la caricatura que de él trazó su hija y que le presentaba como un individuo clasista, xenófobo e irascible que no veía más allá de sus narices, o sea, de los privilegios que le otorgaba su condición.

Nancy, tras algún coqueteo con el nazismo cuando muchos británicos no tenían claro si Hitler era digno de admiración o de repulsa, abrigó ideas izquierdistas que nunca llegaron a tener tanto peso como su vocación literaria y su afición por aguijonear a su propia familia. Así, con Trifulca a la vista, publicada en 1935, que entre otras cosas es una crítica sarcástica al fascismo, suscitó las iras de dos de sus hermanas, Unity Valkirye y Diana.

Ambas eran para entonces dos nazis entusiastas. Unity —cuyo espectacular aspecto físico recordaba en efecto a una valkiria— viajó al corazón del Tercer Reich y no paró hasta conocer al führer, convertirse en su amiga personal y tomar partido por él de forma tan rotunda que se pegó un tiro (no mortal, sobrevivió 10 años) como trágica y teatral respuesta al estallido de la guerra entre su país y Alemania.

En cuanto a Diana, se casó en segundas nupcias con Oswald Mosley, máximo dirigente de la Unión Británica Fascista y padre, por cierto, de Max, expresidente de la Federación Internacional del Automóvil que, más que por la Fórmula 1, se hizo famoso por su supuesta participación en una orgía de estética nazi. La boda se celebró en Berlín, en la casa de Joseph Goebbles, con Hitler de invitado especial.

Las peripecias de las seis hermanas —especialmente de las tres ya citadas y de Jessica— las convirtieron en casi una leyenda, y resulta sorprendente que no hayan servido todavía de base a una serie de televisión que dejaría sin sustancia a la mismísima Downton Abbey. Annick Le Floc’hmoan les dedicó un libro apasionante, Las hermanas Mitford, publicado en España por Circe, que se puede leer como complemento de la autobiografía de Jessica, Nobles y rebeldes, rescatada ahora por Libros del Asteroide, al igual que la mayor parte de la producción literaria de Nancy.

Jessica fue, probablemente, la hija que más quebraderos de cabeza dio al barón. Fue una rebelde desde que era una cría, comunista a su particular manera desde mucho antes de saber siquiera lo que era el comunismo, dominada por un estimulante espíritu de la contradicción, fugada por fin de la cárcel familiar con un primo segundo más enfant terrible aún que ella y que había combatido brevemente en las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española. Le acompañó en el regreso de éste a España, que casi derivó en sainete, y ambos emigraron por fin a Estados Unidos donde, tras la muerte de su marido en la II Guerra Mundial, Jessica se convirtió de la mano de su segundo esposo en una escritora y periodista comprometida socialmente.

Hay dos maneras de acercarse a la lectura de Nobles y rebeldes. La más seria consistiría en valorar el libro como la expresión del despertar de una conciencia social, una lucha personal contra los convencionalismos y las reaccionarias tradiciones de la clase alta inglesa, resistente al cambio y en la que, hasta poco antes del estallido de la guerra, la admiración por Hitler, al que se veía como barrera contra el auténtico enemigo (el comunismo), coexistía con el rechazo de unas formas en las antípodas de la exquisitez de las clases altas.

Sin embargo, Nobles y rebeldes es menos que eso, o quizás más, ya que se trata ante todo de una divertida, entretenida y a ratos apasionante autobiografía en la que la Mitford roja, imitando el fresco estilo de su hermana Nancy, se burla de su familia y de sí misma, hasta el punto de que hay momentos en que se llega a poner en duda que sus supuestas convicciones políticas sean auténticas, y no resultado de un ansia patológica por saltarse las normas y desafiar a su propio mundo.

Un ejemplo: la descripción de cómo su hermana Unity Valkirye y ella se repartían el espacio de un salón de la mansión familiar, de forma que un lado estaba repleto de cruces gamadas y retratos de Hitler, mientras que la hoz y el martillo e incluso un busto de Lenin caracterizaban el contrario. La una intentó suicidarse por amor al führer y la otra planeó asesinarle, aunque admite que se lo impidió su insuperable cobardía.

Otro ejemplo: cuando viajó con su primo Osmond a la España en guerra, concretamente a Bilbao, el ministro de Exteriores británico, Anthony Eden, envió un destructor de la Armada Real, con el encargo preciso al capitán de convencerles para embarcarles de vuelta a casa, y evitar así un escándalo, entre otras cosas porque Osmond, además de primo segundo de Jessica, era sobrino de Winston Churchill. La pareja rechazó la invitación a subir a bordo para cenar, por temor a ser secuestrados, pero su aventura conjunta de apoyo a la república tampoco pasó a mayores.

Nobles y rebeldes es una biografía a medias. Cuenta algo de la vida del matrimonio en Estados Unidos, con oficios tan diversos como vendedores de medias de seda o barman y contable en un restaurante de Miami, pero se corta abruptamente en 1940, antes de que Esmond se alistase y muriera en combate, episodio doloroso del que no se dan detalles, quizás para no alterar el estilo irónico y desenfadado del libro.

A Jessica le esperaba aún una larga vida (murió en 1996, a los 79 años), pero no la fama literaria, que sí alcanzó Nancy, mientras que ella quedaba para la historia como una rama más, aunque de las más peculiares, de la original familia Mitford.