Terrorismo de uso privado y tortura a los detenidos

En Rosy & John (Alfaguara), la última novela del francés Pierre Lemaitre publicada en castellano, se plantea la siguiente pregunta: ¿Es posible aterrorizar a una ciudad como París comprando despertadores en Internet, relés en Leroy Merlin y recogiendo obuses en los arcenes y cunetas? La respuesta es que sí, lo que resulta más que inquietante en esta época en la que los lobos solitarios yihadistas representan una amenaza casi tan terrible como la de las grandes tramas tipo Al Qaeda o Estado Islámico.

En esta ficción, además, el protagonista resultaba a priori más difícil de detectar porque su fin aparente no es político, sino estrictamente privado y personal: liberar a su madre, acusada del asesinato de su novia (la de su hijo). Su plan de actuación, que sigue a rajatabla, resistiendo todas las presiones, es entregarse tras su primer atentado y amenazar con hacer estallar otras seis bombas si no se admite su chantaje.

No es casualidad que Lemaitre haga el guiño a la Gran Guerra que supone la utilización para provocar el terror de obuses desenterrados un siglo después de que cayesen en los campos de batalla y de que la cuarta parte de ellos no llegara a explotar. Ese conflicto dejó en Francia una huella incluso más profunda que la de la II Guerra Mundial. El autor ganó ya el Premio Goncourt de 2013 con una novela, Nos vemos allá arriba,  cuyo sustrato el virus que, tras el armisticio, contagió a una sociedad obsesionada con homenajear, identificar y enterrar a los caídos, así como con levantarles monumentos, lo que dio lugar a una lucrativa industria y a fraudes gigantescos.

Se exhumaron cerca de un millón de cadáveres. Fue un proceso que –abusos aparte- contrasta con la forma vergonzante con la que el franquismo trató a los muertos del bando republicano, sin que gobiernos de distinto signo hayan sido capaces en casi 40 años de democracia de dar una solución honorable al problema de las fosas.

Los obuses de la I Guerra Mundial continúan ocultos aún en su mayor parte. Sólo se han recuperado unos 25 millones, en torno al 10%. “Continúan saliendo a la superficie como peces muertos”, explica Lemaitre, casi siempre como consecuencia de tareas agrícolas o de construcción, y, hasta que se retiran, quedan con frecuencia en los bordes y cunetas de carreteras y caminos, al alcance de cualquiera lo bastante loco o fanático para arriesgarse a saltar en pedazos cuando los manipulen. Como el protagonista de Rosy & John, cuyo fin no es la guerra santa contra los cruzados occidentales, sino que tiene un carácter apolítico y privado, aunque no tan transparente como intenta hacer creer. A fin de cuentas, se trata de una novela policiaca en la que, si bien no hay un asesino al que desenmascarar, sí que existe un misterio que desvelar.

Lemaitre, conocido sobre todo por su ciclo protagonizado por el comandante de la policía Camille Verhoeven, es un gran escritor al que no se haría justicia si se le reconociesen tan solo sus méritos como autor de género. En Rosy & John hay páginas espléndidas, como las iniciales, en las que se narra el antes, durante y después del primero de los atentados, con una precisión y una fuerza estremecedoras. Y el desarrollo de la trama, con un in crescendo acentuado por la lucha contra el reloj para evitar nuevas explosiones, refleja una habilidad poco frecuente incluso entre los grandes nombres de la novela negra.

Si se reduce el argumento hasta la médula, lo que queda es un desafío entre dos personalidades tan desiguales en apariencia como similares en la tenacidad con la que persiguen sus fines: el del atípico terrorista es que le liberen a él y a su madre; el del policía, lograr que confiese cuanto antes donde están los otros obuses y cuando está previsto que estallen. Merece la pena dedicar las tres o cuatro horas que hacen falta para leer Rosy & John para saber cómo se desarrolla y termina el duelo, uno de los peores a los que ha tenido que enfrentarse Verhoeven y en el que se adivina el argumento de una gran película de acción y suspense.

Para quien no haya leído ninguna otra entrega de la serie, ahí van algunos trazos de la personalidad del policía: “Un metro cuarenta y cinco de cólera (…), quebradero de cabeza para sus superiores, testigos, compañeros y jueces (…), tiende a hervir por dentro (…), con un asco de sí mismo de proporciones inquietantes (…), con demasiado talento para ser policía pero no el suficiente para ser pintor (…), a veces un auténtico coñazo (…) y a dos dedos de la leyenda”.

Para terminar, una referencia a los límites que, a la hora de la verdad, tienen los derechos humanos cuando “hay en juego intereses superiores”. Verhoeven es un policía de la vieja escuela, al estilo de Maigret, que cree que las investigaciones deben progresar a base de psicología, astucia y perseverancia, pero sin violencia. Sin embargo, cuando existe el riesgo de atentados de catastróficas consecuencias y se ha atrapado al terrorista [éste se entrega], pensar que va a ser tratado con guante blanco, que se van a respetar sus garantías y derechos constitucionales –en definitiva, que se cumplirá la ley-, resulta una utopía, incluso en la cuna de la revolución de las revoluciones.

Nuestro detective ve cómo, ante la ausencia de un resultado inmediato de sus métodos habituales, le quitan a su hombre para ponerle en manos de una brigada antiterrorista que no se anda con chiquitas, lo que le hace prever –y no se equivoca- que John quedará destrozado, atropellado, extenuado y reventado. “Todo eso a la vez, además de hecho polvo”.

Como durante la guerra contra el terror de Bush tras el 11-S, ya fuera en Abu Ghraib, las cárceles de la CIA o Guantánamo. Como en tantos y tantos países, y no solo dictaduras arbitrarias y opresivas. ¿Como quizás en Francia tras los atentados de 2015? Y con la coartada –que gran parte de la población es probable que aprobaría- de que la alternativa, como en este caso, es que, si no se obtiene una confesión rápida, ganará un terrorista para el que “el mundo entero puede volar por los aires” si no se acepta su chantaje.

Ante esa amenaza, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y las garantías constitucionales que deberían proteger a cualquier detenido se convierten con excesiva frecuencia en papel mojado. Un serio motivo de reflexión sobre el eterno debate entre el fin y los medios, muy lejos de estar resuelto en la práctica.