Fuego amigo

Asaltantes de confesionario

Existe la idea dominante de que el celibato está detrás de todos los problemas sexuales de los curas católicos. Dicho de otra manera, que si los curas pudieran casarse, sus impulsos sexuales se verían saciados, y ya no tendrían que asaltar a niños y niñas, y abusar de sus mentes y cuerpos todavía en formación. Eso es no tener ni idea de lo que es el matrimonio, la tumba del sexo. Porque además reduce la sexualidad del varón a un depósito de semen que hay que vaciar de vez en cuando, como el contenedor de la basura cuando rebosa.

Además de ignorar así que el verdadero sexo está en el cerebro, sirve de coartada para justificar con la biología un tipo de comportamiento delictivo abominable. Pueden tener amantes, concubinas, o mirar hacia otro lado mientras consienten que sus confesores soliciten favores en la penumbra del confesionario, pero el celibato que no se lo toquen. Porque en el mantenimiento de su soltería radica la inmensa acumulación de riquezas de la Iglesia a lo largo de la historia. Es una manera de prevenir los problemas de herencias, sin esposas ni hijos que puedan arrebatar la parte legal a esa insaciable multinacional de mis pecados y de los suyos.

Puestos a disculpar y a enredar más el debate, el vicepapa, el secretario de Estado del Vaticano Tarcisio Bertone, como un Aquilino Polaino cualquiera, sentenciaba que la pederastia es cosa de homosexuales. Así mataba dos pájaros de un tiro: enfermos y delincuentes.

De esta manera el señor purpurado pretende distorsionar la realidad, y ocultar, de paso, que es la falsa superioridad moral del sacerdote sobre sus víctimas, atosigadas por un sentimiento de culpa bien labrado desde la catequesis, la que les hace creer que la justicia de los hombres difícilmente les alcanzará jamás. Es esa sensación de impunidad, y no el celibato, ni su orientación sexual, ni esa inmensa bragueta de la sotana, el caldo de cultivo que les convierte en potenciales delincuentes.