Otras miradas

NGB y el vecino de enfrente

Xosé Manuel Pereiro
Periodista

"Tengo un hijo trabajando cerca, en Buenos Aires, y otro muy lejos en Suiza". La frase, recurrente en Galicia, ayuda a explicar que las distancias o las cercanías no se miden exclusivamente en kilómetros, y también que, en general, la adjudicación de Novagalicia Banco a Banesco, un banco venezolano, haya sido en general bien recibida entre los gallegos. Habría que echar mano de Chesterton, pero ahora no se me ocurre nada, para ilustrar por qué lo de las cajas gallegas ha acabado como ha acabado no por causa de la política, sino por la ausencia de ella. El no entender todo esto, como parece que no se entiende, es una muestra más del famoso síndrome de la escalera, un problema de confusión del observador, no del observado.

De entrada, y de salida, está claro que vender por 1.000 millones, la mitad a plazos, lo que costó sanear 9.000 es un como poco un negocio ruinoso para todos, y estaría por ver si algo más, que posiblemente figure o debería figurar en el código penal. Pero, España y la economía de mercado son así, señora. Haber elegido muerte. Buscando algún tipo de consuelo, al menos la parte alícuota de Galicia son poco más de 400 millones, la quinta parte de lo que los contribuyentes gallegos tuvimos que aportar al saneamiento de Bankia. Por qué, a diferencia del no-cortijo de Blesa, Novagalicia no fue considerada una entidad sistémica es algo que el Gobierno no se molestó en explicar, a pesar de que allí están depositados (en NGB, no en el Gobierno) nada menos que el 40 % de los ahorros de los gallegos, y tradicionalmente los de los emigrantes.

Pero si estamos celebrando este entierro después de habernos gastado una millonada en médicos, no ha se debido, como rige la plantilla argumental habitual, a la injerencia de la política en la gestión de las cajas. José Luis Méndez, el director general factótum de Caixa Galicia, y Julio Fernández Gayoso, el todopoderoso presidente de Caixanova crearon y manejaron las entidades como si fuesen privadas, sin ninguna cortapisa y por lo tanto fueron responsables tanto de su esplendor como de su caída. Si había una influencia entre política y finanzas era en sentido contrario al que se suele criticar. Por ejemplo, el Bloque Nacionalista Galego, que llegó a ser la segunda fuerza política, gobernando o cogobernando en varias ciudades no tenía representación alguna en el consejo de la caja del norte, y únicamente un consejero en la del sur. Y los representantes sindicales hacían el papel habitual de representantes sindicales, sin que nadie necesitase pactar nada con ellos. La injerencia se produjo, en época de Manuel Fraga, para juntar las cajas de Ourense, Pontevedra y Vigo y crear Caixanova, y ya con Alberto Núñez Feijóo, para fusionarlas y naufragar juntas, en lugar de que Caixa Galicia recibiese el abrazo del oso de Caja Madrid. Es decir, en el momento del hundimiento, la política influyó en elegir a que bote salvavidas agujereado subirse.

Obviamente, el gallego más contento estas horas, se haya partido el pecho o no luchando por el resultado, es Feijóo. No tanto por "haber conservado su banquito", como aseguran en esos ámbitos donde matarían antes de permitir la deslocalización la dirección general de un ministerio a Cuenca. Sino por haber asegurado su sillón y su despacho en el Pazo de Raxoi. Pese a haberle colocado en su día preferentes a miles de personas, niños, discapacitados y señores que firmaban con el dedo, la nueva NGB mantenía la clientela con fidelidad perruna, por encima del 40% de la cuota de mercado, o sea que al concepto de "galleguidad" del banco sería conveniente irle apeando las comillas peyorativas. Sobre todo después de la desaparición del Banco Pastor, ahora en fase de resurrección.

Pese a lo bien que da como tertuliano cuando lo entrevistan en Madrid, el balance real de Alberto Núñez Gestión se estaba llenando de ruinas del antiguo esplendor (Pescanova, el naval, del campo ya ni hablamos…). Y si sus primeras elecciones las ganó por sorpresa, las segundas las ganó no por esa mayoría social de la que alardea el PP, sino por 7.000 escasos votos, después de perder más de 100.000, y gracias a la caída en barrena del PSdeG-PSOE y a la implosión del nacionalismo en dos partidos y medio. Ni siquiera la reducción unilateral de escaños que ha puesto en marcha (de 75 a 61) le aseguraría quizás la reelección si dejase diluir NGB en otra marca. O sea que lo que es derrota del ahorro gallego, derrota dulce en el mejor de los casos o saqueo en el peor, se convertirá -se está convirtiendo oficialmente- en una victoria épica.

Dejando la economía por terrenos más reconfortantes, déjenme que les cuente algo. A comienzos de los 90, el actual presidente de Banesco, Juan Carlos Escotet, empezó a despuntar en el sector financiero venezolano formando pareja con otro joven ejecutivo, José Luis Lagoa, originario de una aldea de Monforte de Lemos (Lugo). Ambos llegaron incluso compartir la dirección de una entidad denominada Financiera Banesco S.A. Hace poco, a Lagoa lo operaron en el Mount Sinaí Hospital de Nueva York. El cirujano se llamaba José María Castellano, igual que el hasta ahora presidente de NGB, porque es su hijo. Ya Gonzalo Torrente Ballester decía que Madrid quedaba detrás de unas montañas y Nueva York estaba ahí, enfrente.