Otras miradas

Ecos de Pasolini en Estremera

José Angel Hidalgo

Funcionario de prisiones, periodista y escritor; en 2017 publicó la novela ‘Sal en los zapatos’ (editorial Verbigracia)

Mirad, a mi cárcel de Estremera llegaron hace algo más de tres años palabras valiosas sobre la muerte de Pier Paolo Pasolini. Quisiera transmitíroslas ahora que (el 2 de noviembre de 1975) se celebra el 43 aniversario del controvertido asesinato del cineasta italiano: fui partícipe del testimonio de un preso milanés, un perista delgado y elegante, de habla fina y nariz semítica, relacionado con la mafia, al que llamaré Renzo, y que tras poco más de dos meses con nosotros no tardó en ser extraditado a su prisión, ubicada en el Véneto.

Viñeta de la novela gráfica 'El caso Pasolini', de Gianluca Maconi (Editorial Gallographics)
Viñeta de la novela gráfica 'El caso Pasolini', de Gianluca Maconi (Editorial Gallographics)

"Aquí se come mal, huevo, huevo… peor que en las cárceles de Italia; ¡pero se folla más!", gruñó una tarde durante el reparto de la cena, echando los brazos en alto, con queja, pues durante su breve estancia no tuvo la posibilidad siquiera de desahogarse con un vis a vis.

Mi encuentro afortunado con Renzo se explica porque las cárceles, todas, están comunicadas entre ellas con extrañas redes, como acequias labradas por la que discurre información, ondas cuyo choque y recepción en realidad no tienen nada de fortuitos: es una conflagración inevitable, la comunicación de una voluntad de miles, casi inhumana, que no asumen el silencio que conlleva la prisión.

Ese entramado sutil pero tupido de vibraciones une sin código a todos los penales del mundo. Las cuentas pendientes que al final se pagan, la amistad como fratría indisoluble, el amor desbocado por el ladrón de Tánger al que mañana se le llevan, vivifican la intensidad de un flujo infinito de pensamientos que terminan por establecer contacto a pesar de la altura pasmosa de las torres de vigilancia, la fuerte señal inhibidora de los postes y el fulgor de las cuchillas al atardecer.

Renzo, pues, llegó a mi módulo: su edad, próxima a la mía, y su desmedida queja por la presencia de "huevo" en la cena, me acercaron a él.

Nuestra conversación constituyó para mí un indicio aclaratorio, interpretativo, es cierto, pero no por ello menos valioso, de por qué mataron a Pasolini. Renzo trajo a mi cárcel madrileña un eco de cárcel romana, emitido hacía casi cuarenta años, cuando un chico apedillado Pelosi y él eran todavía unos muchachos; se hicieron amigos cumpliendo condena ambos en la prisión de Civitavecchia, a unos kilómetros de Roma. Es el testimonio que algo más adelante revelaré.

Antes quiero recordar brevemente la versión judicial: Giuseppe Pelosi, un conocido chapero, apaleó al director de cine después de enfurecerse cuando éste insistió en meterle mano cerca del puerto de Ostia y después de que le invitase a cenar; luego, apropiándose de su Alfa Romeo, lo atropelló en la huida; el caso se volvió a abrir en 2010, revisión promovida por quienes nunca se creyeron que Pelosi, un adolescente entonces, pudiera actuar en soledad contra Pasolini, en la convicción de que en realidad el Rana actuó como un cebo para que el cineasta cayese en una emboscada. La cosa quedó criminalmente como estaba, aunque el chapero Pelosi modificara su versión y hablase de más implicados en la masacre.

Lo cierto es que los intelectuales próximos al marxismo, como Oriana Fallaci, nunca toleraron que el martirio del cineasta pasara a la historia como la masacre de un homosexual maduro a manos de su chapero, "ensuciando" así el recuerdo de un creador elevado, solo después de su muerte, a los altares de la izquierda. En realidad Pasolini, expulsado del PCI, siempre les resultó incómodo: desde su columna del conservador Il corriere de la sera, propuso con energía llevar a toda la clase política a los tribunales.

Esa actitud de la sinestra italiana no deja de desprender un tufillo a homofobia. Así, se promovió la idea (no sin fundamentos) de que había motivaciones políticas (la ultraderecha) para asesinar con ensañamiento a un creador cuya ideología impregnaba poéticamente cuanto escribía o filmaba: siempre estuvo al lado de los más humildes, proyectando compasión como una fuga de Bach eternamente instalada en sus labios enfermos de amor, como muy bien reflejara en Ragazzi di vita, un libro bellísimo.

En aquellos años setenta italianos, conocidos como "los del plomo" por la violencia política desatada de uno u otro signo, motivos daba el director y escritor para ser odiado: siempre abominó de la ferocidad de los poderosos, como dejó patente en Saló o los 120 días de Sodoma; o su hipocresía, como en el cortometraje La Ricotta, que le costaría una multa por ofensa a la religión.

Entonces, ¿lo mataron más por rojo que por homosexual?

Pier Paolo Pasolini frente a la tumba de Antonio Gramsci.
Pier Paolo Pasolini frente a la tumba de Antonio Gramsci.

Quizás haya una tercera explicación, una que supere dialécticamente a las otras dos, englobándolas si cabe, para que podamos comprender tamaña tormenta de odio desatada sobre un cuerpo que, tras el ataque, quedaría posado sobre la arena de Ostia como una lámina de sangre y piel machacada.

La semana en la que conocí a Renzo llovía sin cesar sobre el penal. Aquellas tormentas fueron como las palabras de desprecio que un padre escupe al hijo que le avergüenza por sus delitos, con tanto odio echadas sobre su jeta que con cada verbo, o gotazo, nos hacía sangrar los labios con el hielo apestoso de su saliva.

Recuerdo que aquellas borrascas encendieron un brillo en los ojos de los presos, hartos de frío y plomo en el cielo, y una ira sorda se fue alimentando con la manifestación de la dura consistencia de los metales; lavada y lavada sin cesar, la cárcel lucía espléndida sus hierros y su cemento. Aquella gloria de la jaula prendió en el alma de los penitenciados una ira que tardó mucho en aplacarse; a lo largo de aquellas semanas se desataron las peleas; todos nos vimos enzarzados en una conflagración constante: asistimos a la furia contagiosa de un penal que no encuentra el porqué de su propia violencia, pero que yo sé que fue a causa de aquella lluvia… y porque no hay médicos, y porque no hay funcionarios bastantes, y porque no hay recursos, y porque nos tratan a todos como a perros.

—…cuando reviento un piso me empalmo, a veces me corro, pero de verdad, que me voy; y hasta si me entran ganas me alivio en la cama ­—contaba a resguardo de la lluvia Antonio, al que apodaré el Araña, reajustándose la gorrilla sobre la calva y sonriendo al corro, haciéndose el maligno.

—Ohhh —exclamó Renzo echando las manos al aire, con asco.

Renzo, fino, elegante, se hizo a un lado. Me acordé de los huevos de la cena y lo abordé; mi anillo de casado le mereció el comentario escueto y casi despreciativo de "oro blanco"; se interesó cuando le dije que uno de mis cuñados era de Milán, y luego hablamos de la belleza de Florencia; del famoso Alberto Moravia, de su vívido retrato de las putas de Roma; y de Pasolini y su asesinato. Ah, ahí capté un brillo especial en sus pupilas: nada me iba a librar de que me hablara de su amigo Pino Pelosi.

Según Renzo, Pelosi no mató a Pasolini porque quisiera meterle mano. "¡Si era un chapero!, era su oficio, se dejó invitar a unos espaguetis… no tiene sentido que luego se enfade cuando sabe de qué va la cosa". Tampoco por rojo, "porque si había conspirazione para qué matarlo de una manera tan absurda, arriesgándose a que luego todo lo contase un pobre puto". Además, qué sabía el Rana de política…

Según Renzo, Pelosi le comentó que hubo más implicados, como ya dijo públicamente con posterioridad a su juicio y condena, pero que la rabia con la que se ensañaron no tiene otra explicación que la que le dio el chapero: lo que desató su odio fue el cultivado humanitarismo de Pasolini, su extrema sensibilidad hacia su desgracia de niño que se gana la vida como puto.

—… se le hizo insufrible que Pasolini, antes de follárselo, le quisiera redimir.

Renzo pensaba que le odió por ese amor casi devoto que le ofrecía aquel hombre tan leído, que tan bien hablaba, pero porque ese amor no era solo para él, sino que era un sentimiento que Pelosi debía compartir con todos los ragazzi di vita; quizás lo matara entonces por celos, pienso yo, unos celos que ni el mismo chico podría aceptar y que se tradujeron en esa tormenta de golpes descargados, solo o en compañía, sobre el cuerpo del que además de pagarle le compadecía: celos porque su amor, su cine y literatura, estaban destinados a redimir a todos y cada uno de los cuerpos magros, llenos de arañazos y mataduras, a toda esa carne ingente de niños pobres, hijos de pobres, nietos de pobres, como lo era la de Pino Pelosi.

Así que esta es mi reflexión sobre el eco de unas palabras que, tras casi cuarenta años, me llegaron por esas extrañas acequias que en cualquier lugar del mundo comunican el alma sedienta de todos los penitenciados. No sé hasta dónde alcanzan para confundir más que para aclarar las cosas, pero lo que sí que es cierto es que siempre merecerá la pena homenajear a Pier Paolo Pasolini el 2 de noviembre volviendo a ver cualquiera de sus grandes películas.

Bueno, y gracias por leerme de nuevo.