Otras miradas

Gorda

Andrea Momoitio

Periodista. En la coordinación de @pikaramagazine

Gorda, que nada te sobra
Tú tan triste y tan joven
Tan llena de gloria
Que puede con todo
y le vence una mosca...

Road Ramos

Estos días, mi amiga Road Ramos publicaba en sus redes sociales una imagen suya prácticamente desnuda. Ella canta a su orgullo gordo, pero reconocía en su Instagram que había pedido al fotógrafo que no subiera esas imágenes a internet porque temía las  reacciones. No estamos acostumbradas a ver cuerpos desnudos de mujeres gordas. Minutos antes de ver su publicación yo estaba cotilleando entrenadoras personales en Google. Alguien que me anime a hacer deporte y, de paso, que me anime un poco a mí. No tengo dinero ni mucha voluntad, así que es, sobre todo, un poco de fantasía. Últimamente he engordado porque vivo con ansiedad, que hasta ahora paliaba con 20 pitillos al día y ahora trato de ocultar comiendo cualquier cosa con chocolate que encuentro a mi paso. Desde que me aprietan los pantalones, he dejado de mirarme en el espejo. No puedo mirarme. No lo (me) soporto. Es terrible lo absolutamente integrada que tengo la gordofobia. Tanto que fantaseo con volver a fumar. Me da menos miedo el cáncer que estar gorda. No sé si se puede ser más absurda. A las mujeres se nos ha educado tanto en el culto al cuerpo que este se ha convertido en una condena para muchas de nosotras. Desde los feminismos hemos llamado violencia simbólica a esa forma de opresión y de representación, pero incluso las mujeres que no comulgan con el feminismo saben, igual que lo sé yo, que se nos ha machacado sistemáticamente. Por hache o por be, pero nuestros cuerpos son imperfectos por definición. Porque somos solo/todo cuerpo. Llevo toda mi maldita vida  rechazando el mío, avergonzándome de él. Avergonzandome de mí.

Dice Mari Luz Esteban que eso que llamamos "identidades de género (ser mujeres, hombres, o lo que sea que seamos) (...) son sustancialmente corporales". ¿Qué quiere decir con eso? En su intervención Cuerpos y políticas feministas explicaba que somos corporales porque "no somos más que un cuerpo" en distintas dimensiones; porque "convertirse en "mujer" implica un trabajo corporal de generización" (...) que tiende a acentuar y desarrollar más unas partes del organismo, unas capacidades, unos conocimientos, respecto a otros... lo que configura nuestra forma de mirar y conformar la realidad (...): libertad frente a sumisión, acción frente a pasividad, fuerza frente a fragilidad, placer frente a peligro....". Además, sigue, "en el cuerpo están, por tanto, no sólo la identidad y las condiciones materiales de la existencia, sino eso que llamamos la agencia, es decir, la praxis individual y colectiva". Somos cuerpo, nos construye, nos define, nos enfrenta y nos politiza.

Crecer creyendo que tu cuerpo es un error, de manera más o menos consciente, es una de las principales consecuencias de la violencia simbólica que sufrimos las mujeres. Dice Maitena Monroy, en una definición que escribió por el Glosario Feminista de Lengua de Signos de Pikara Magazine, que la violencia simbólica es una expresión no física de la violencia que es imprescindible para la organización mental y para la organización social. A través de ella "se ordena el imaginario colectivo para entender, justificar, legitimar y garantizar el orden social dominante. Genera hábitos, normas, códigos morales. Sus medios de producción y reproducción están presentes en todos los ámbitos de la cultura.  La violencia simbólica es la no nombrada, la que no necesita de brazos ni piernas concretas, pero que es imprescindible para la transmisión, la aceptación y la internalización del sexismo". Es la gran batalla que se libra en nuestros cuerpos.

Yo he maltratado al mío (me he maltratado a mí) hasta límites insospechados. Probablemente, exponerlo así sea también una forma de violencia y no sé a quién pedir disculpas por ello ni a quién culpar. Le he maltratado, le he hablado mal y he hablado mal de él, le he empachado y le he obligado a pasar hambre, le he drogado, le he mentido, le he llenado de mierda, le he hecho fingir, le he frotado con viejas nanas, le he hecho sufrir, he creído que sería capaz de olvidar mis despistes y mi desfachatez. Todo porque no soporto ver cómo crece, cómo se hace más viejo, cómo muda, muta, cómo calla. No puedo soportar todas las malditas palmeras que le caben, ni los cigarros que le sobran.