Otras miradas

De Swiss Fort Knox a Salt Lake City: sé como las ondas

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Se acerca la tecnología del 5G, lista para dotar de alma a las cosas. Las ondas que utiliza son de corte alcance, de tal manera que se necesitarán miles de antenas para conectar millones de dispositivos inteligentes, autónomos, y auto suficientes. La densidad electromagnética ya satura el medio, y por lo tanto hay que actualizarse para albergar un bosque de aparatos inter conectados.

Hace tan solo unos pocos años que los científicos no tenía muy claro los efectos de las ondas electromagnéticas sobre la salud. Aconsejaban apagar el wifi por las noches, alejar el router de las ventanas, y evitar llevar el móvil cerca de los genitales.  Pero el 5G es otra cosa.

"El despliegue del 5G o la tecnología de los móviles de quinta generación, constituye un masivo experimento sobre la salud de las especies. Debido a que estas ondas son muy débiles, son absorbidas por la piel, lo que hace que estén localizadas ahí. Dado que la piel contiene capilares y terminaciones nerviosas, los efectos biológicos de estas ondas milimétricas pueden transmitirse a través de ésta o del sistema nervioso", publicó Joel Moskowitz,  profesor de salud pública de la Universidad de California (Berkeley).

En "Apocalipsis 5G", Sacha Stone, director de este documental, repasa en más de una hora el cataclismo apocalíptico, hasta dejarte indefenso, encogido e impotente en el wifisofá. Entre otras muchas cuestiones, considera que el aumento de la infertilidad se debe al influjo de las ondas electromagnéticas. Las autoridades sanitarias lo han desmentido, pero hay quien considera que apagar el router antes de dormir genera una agradable sensación de sosiego, que tal vez favorezca la producción de esperma.  Los bien pensantes, siempre más inteligentes, no han tardado en ridiculizarlos. La OMS lo tiene claro: No se ha demostrado aún que las ondas sean dañinas. 

Sin embargo, hace solo unos pocos años que se extendió el temor y la paranoia, e incluso el Consejo de Europa recomendó la aplicación del principio de ALARA, basado en una exposición lo más limitada posible a estas ondas.

Los experimentos militares crearon aviones, cañones, teléfonos, vacunas, Internet, y un sinfín de instrumentos diseñados para matar y curar a placer, pero nos cuentan que el 5G es una bendición para las necesidades más urgentes. El objetivo es operar a pacientes por control remoto, limitar los accidentes en la carretera, controlar a distancia todo tipo de dispositivos, e incluso descargarse los contenidos de Netflix en un santiamén, con lo cual se espera un crecimiento exponencial de la producción audiovisual para estar a la altura del 5G.

Pero no hay que olvidar que la tecnología también está al servicio de la ciber guerra: "Con el 5G llegará la época del ciberterrorismo a gran escala, suena alarmante pero es real", dijo el el director de la división de la tecnología de la Guardia Civil, Luis Fernando Hernández.

Esta tecnología ya beneficia a la industria de la guerra. No será necesario invadir países con un ejército regular para hacerlos colapsar por completo. Es suficiente con proyectar el odio de un modo virtual, y liquidar los sectores claves del sistema productivo, hasta que pasen auténtica hambre y necesidad. Tal y como sucede ahora, pero de un modo más eficaz. Entre las tiranías, algunas de las democracias más sofisticadas tienen esta capacidad de coacción admirable.

Otro asunto de interés es lo que se conoce como privacidad (o lo que queda de ella). El derecho a la intimidad ya es un sueño que se ha transformado en la publicidad de los estados emocionales de los siervos digitales.

La relación entre propaganda y manipulación mental es como el vínculo de la luz eléctrica con el neón. Se funden, y ya no se distingue una cosa de la otra. La privacidad es pública.

"Sé como las ondas". Los usuarios no son receptores finales de un mensaje, sino un medio de transmisión de imágenes que hablan y que circulan por nuestra mente, como los relámpagos en una noche seca. El cliente es la cumbre de la cadena trófica del consumo, el último devorador consumido.

En el documental de Sacha Stone, experimentan con un grupo de pulgones, a los que sometieron a las ondas producidas por un radar, situado en un aeropuerto. Una vez detuvieron el experimento, comprobaron que los insectos continuaban saltando, repitiendo el mismo patrón compulsivo de la radiación.

Hasta las delicadas abejas sufren con las ondas de los móviles. "Los campos electromagnéticos podrían contribuir a la desaparición de colonias de estos insectos", señaló hace siete años el científico suizo Lucien Favre.

¿Han subastado ya la banda sin consultar a las productoras de miel?.

La industria alimentaria de los insectos tendrá que idear nuevos sistemas para aumentar su producción  en las granjas, lo cual no parece muy difícil, y así sustituirlos por el consumo de carne, ya en entredicho.

Si todo esto es una inmensa paranoia de cretinos supersticiosos ecologistas, reconozcamos al menos que algo pasa con los datos de los usuarios, atesorados por las tecnológicas. Con el 5G, la generación de datos será inconcebible.

Parece que la información de los clientes está guardada en sarcófagos de pirámides digitales, que solo los extraterrestres venden, porque esas maldades no son propias de los hombres.

Pero la realidad es que se guardan y trafican con los hábitos y las conductas humanas. Sería mejor conformarse con archivar nuestra filiación genealógica antes del Armagedón, tal y como los mormones hacen en la montaña de granito de  Salt Lake City. Allí los datos sobre nuestros ancestros están sellados por una puerta de toneladas, capaz de aguantar un ataque nuclear, una especie de Swiss Fort Knox, solo que dedicado a la familia.

El Internet de las cosas dotará de una memoria autónoma a todo tipo de máquinas, con una IP asociada a cada aparato. Transmitirá sin apenas latencia, lo cual calmará nuestra necesidad de inmediata respuesta, será tan rápido como los deseos, y no dejará de sorprendernos.

Queda para la historia el concepto de la distancia y la espera, como un espacio que comunica tanto como el ruido, o la necesidad de inmediatez.

Pero el Internet de las cosas ayuda a interpretar nuestras necesidades. Programar las reglas hasta conseguir la impecabilidad en un personalizado estilo de vida.