Opinion · Otras miradas

Cómo garantizar los derechos de los menores extranjeros no acompañados

Xavier Tornafoch Yuste

Profesor asociado Facultad de Educación, Traducción y Ciencias Humanas, Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya

Roman Bodnarchuk / Shutterstock
Roman Bodnarchuk / Shutterstock

El incremento de la llegada irregular de menores extranjeros no acompañados (MENA) a nuestro país a menudo se relaciona con aspectos conflictivos como los derivados de la saturación de los centros donde son acogidos temporalmente, los delitos que algunos de ellos cometen o bien las quejas vecinales que se expresan contra la ubicación en sus barrios de equipamientos para atenderlos.

Más difícil es encontrar análisis que traten del sentir de estas personas en relación con su proceso migratorio o sus perspectivas de futuro. En cualquier caso, para abordar esta cuestión en su complejidad es necesario hacerse cuatro preguntas. Responderlas nos posibilitará acercarnos a la realidad de esas personas desde una mirada más objetiva.

  1. ¿Por qué salen de su país?
  2. ¿Cómo salen de su país?
  3. ¿Qué esperan encontrar en el nuestro?
  4. ¿Qué futuro les espera?

Para contestar estas preguntas utilizaré las conversaciones que mantuve con uno de estos muchachos en el marco del trabajo educativo realizado en un centro de formación profesional para jóvenes en riesgo social. Este muchacho, de nombre ficticio Mohamed, está viviendo en un piso supervisado por los servicios de protección de menores de la Generalitat de Cataluña después de haber pasado dos años tutelado por la administración.

En el momento en que contacté con él tenía 18 años. Es originario de un pequeño pueblo cercano a Tetuán. Afirma que en su pueblo no existe escuela y que deben acudir a un centro de un pueblo vecino. Insiste en que no iba a la escuela asiduamente porque no tenía con que ir. Debía aprovechar los viajes de algunos de sus vecinos cuando iban a realizar gestiones a ese pueblo, y esa circunstancia no se daba cada día. Cuando no iba a la escuela pasaba el día cuidando un rebaño de cabras que pertenecía a su familia.

Tiene dificultades para escribir y chapurrea el castellano y el catalán, mejor el primero que el segundo. Tiene tres hermanos mayores, uno de los cuales ha estudiado una carrera. Están todos sin trabajo, incluso el que ha estudiado. Su lengua materna es el amazigh aunque entiende el árabe, de lo poco que acudió a la escuela y porque acostumbraba a ver cadenas árabes en la televisión. Dice que en su casa no se pasaba hambre pero que no sobraba nada. Se declara creyente y se autodefine como un buen musulmán. Le gusta mucho el futbol y se declara admirador de Leo Messi.

  1. Respecto a la primera cuestión, asegura que sentía que no tenía ninguna oportunidad si se quedaba en su país, que le esperaba un futuro de trabajos informales o muy precarios. Dice que tenía una buena relación con sus padres y hermanos, especialmente con su madre, a la que afirma echar mucho de menos.
  2. Explica que se desplazó hasta Tánger contra la opinión de su familia, como muchos de sus amigos del pueblo. Allí contactó con las mafias que trasladan a inmigrantes al otro lado del Estrecho a cambio de dinero. Él no tenía ese dinero, pero consiguió su pasaje haciendo algunos trabajos para los traficantes. No detalla de qué trabajos se trata. Explica los pormenores de la travesía. Noche cerrada, mar gruesa y mucho miedo. Recuerda llegar a una playa desierta y empezar a correr para no ser detectados por la policía española. Tenía 14 años. Después de un largo periplo por Andalucía, del que no da detalles, se traslada a Cataluña donde es acogido en un centro de protección de menores. Afirma haber sido tratado muy bien por los educadores que cuidaban de él.
  3. Desea tener oportunidades de trabajo. Quiere trabajar, por encima de todo. Tener un sueldo y una seguridad económica. Le gustan los oficios manuales. No piensa en volver a su país definitivamente. Le gustaría regresar para estar unos días con su madre. Quiere quedarse en España.
  4. Es optimista, porque algunos lo han conseguido. Es consciente de las dificultades que tendrá para estabilizar su vida en nuestro país, sobre todo por la telaraña burocrática que envuelve este proceso. No tiene intención de trasladarse a otro país europeo, pero no descarta hacerlo si no consigue legalizarse en España.

Laberinto de dificultades

En cualquier caso, y aunque la actitud de la sociedad de acogida no le es indiferente, reacciones que van de la aceptación a la oposición absoluta, pasando por una estación intermedia que se caracteriza por la perplejidad, lo que habrá de dificultar los objetivos de Mohamed, como los de la mayoría de estos jóvenes, será el laberinto administrativo en el que deberán adentrarse. Unas dificultades que ya han aflorado y que recoge un reciente artículo en el que da voz a profesionales y jóvenes que evidencian que la protección ofrecida a estas personas desaparece de la noche a la mañana al cumplir 18 años, lo cual, en el caso de los MENA, a menudo sin papeles o con documentación que no autoriza a trabajar, les aboca a la indigencia, a la marginalidad o a comportamientos antisociales.

En general, los menores tutelados, sobre todo cuando no cuentan con ningún apoyo familiar, tienen muchas dificultades para llevar a cabo un proyecto de vida autónomo a partir de la mayoría de edad, aunque las administraciones han puesto en marcha algunos recursos que les hacen más llevadero este proceso. En el caso de los MENA, a estas dificultades se añade el laberinto burocrático que deberá superar para legalizar su situación en España, un camino largo y dificultoso que puede acabar antes de tiempo con su deportación al país de origen.

La abogada Mercè Pagonabarraga, profesional que trabaja en la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia de la Generalitat de Cataluña, conocedora de los entresijos legales y vitales que acompañan a muchos de los llamados MENA, afirma que no se puede separar su situación de la crisis migratoria actual. También afirma que sólo con políticas de cooperación transfronteriza que tengan como eje de trabajo a la infancia se podrán garantizar los derechos de estos menores. Al final, como establece Paganobarraga, un niño es un niño, con independencia del lugar en el que haya nacido.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

The Conversation