Opinion · Otras miradas

Un paso atrás para seguir caminando

Daniel Bernabé

Escritor y periodista

«Por lo visto es más fácil hacer un Estatuto que arrancar el recelo, la desconfianza y el sentimiento deprimente de un pueblo incomprendido».
Manuel Azaña.

Viernes 18 de octubre de 2019. En Oviedo se entregan los premios Princesa de Asturias, el escaparate de una monarquía moderna, la imagen de un país comprometido con la ciencia y la cultura se proyecta al mundo. O se pretende. En las televisiones aparece la joven heredera al trono hablando a un auditorio, en la esquina inferior de la pantalla un recuadro con los disturbios que incendian las calles de Barcelona. La contraposición visual es chocante como poco, una coincidencia audiovisual desastrosa.

Como bien apunta el periodista Eduardo Bayón en los últimos dos siglos no ha habido tres reinados de los Borbones consecutivos. Fernando VII e Isabel II; Alfonso XII y Alfonso XIII; Juan Carlos I y Felipe VI. ¿Romperá Leonor esta secuencia, más producto del ardor revolucionario que de una suerte de sortilegio? España atraviesa una crisis de régimen político indudable provocada, como un terremoto desencadena un tsunami, por la crisis económica de 2008. La incapacidad para formar un Gobierno estable tras tres elecciones generales en cuatro años con una cuarta cita en tres semanas más una moción de censura así lo atestiguan.

El problema territorial catalán tiene una estrecha relación con este escenario. Los independentistas no abrieron el melón, sí un Partido Popular al recoger firmas para denunciar un Estatut que hubiera dado estabilidad a la autonomía. El Tribunal Constitucional recogió el guante lanzado por Rajoy y rompió el pacto territorial con su sentencia de 2010, al anular la globalidad de un texto que había pasado por un referendo y las cámaras legislativas catalana y española, según opina Javier Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional.

No abrieron el melón pero sí se lo comieron con gusto al aprovechar el conflicto nacional para desviar la atención de los brutales recortes de los que la histórica coalición de derecha nacionalista, CiU, fue partícipe. De ahí en adelante una escalada en la que todo el mundo creyó que el rival no daría el siguiente paso hasta que los socios preferentes, luego rivales, se hicieron enemigos. Entre el pacto del Majestic y Torra median dos décadas y una crisis sistémica que fue aprovechada por quien empezó sintiendo que le habían cepillado su ley para acabar por cepillarse, en respuesta, otras leyes. Lo inquietante no es llegar a un destino funesto, sino haber querido olvidar el camino que te ha conducido ahí. No hay entonces posibilidad de retorno.

Es tragicómico que la figura de referencia en la mayor crisis institucional de estos últimos cuarenta años sea un tío con pinta de pasante y pelo de teleserie de los años 90. No lo es menos que el presidente Sánchez compareciera en Bruselas ese mismo viernes situando todos los temas de la agenda antes que Cataluña. No hay nada peor que fingir normalidad cuando todo el mundo está atento a tus palabras por lo excepcional del momento. Aunque es casi peor ejercer de president a ratos e irte de marcha activista mientras que se incendian las calles. Eso de gobernar para todos es una gilipollez que bajo un análisis de clase no se sostiene, pero cuando hablamos de un sentimiento nacional al menos hay que tener el coraje de fingirlo.

El conflicto territorial catalán es sin duda una piedra en el zapato que a nadie le gustaría tener, una consecuencia de algo más grande que pocos se atreven a citar en público: esto tal y como se montó en el 78 no se aguanta. Pero así mismo ha sido visto por eso que se llama el Estado profundo como la oportunidad para arreglar la máquina que ha dejado de funcionar. Arreglarla a su manera: España no camina hacia los Balcanes, camina hacia Turquía. Y no se engañen, hoy Leonor está más cerca de romper la maldición histórica que de cumplirla.

Una semana de vértigo. Estrategia institucional, plano corto

Los políticos y líderes sociales independentistas condenados por el Tribunal Supremo a más de una década de presidio fueron el detonante, pero lo que ocurrió hace una semana parece situarse ya en un tiempo lejanísimo, tanto que se diría que muchos de los que estaban en primera línea de barricada serían incapaces de saber quiénes son Joaquim Forn o Dolors Bassa. Tampoco es nada extraño, cuando se rodeó el Congreso muy pocos sabían qué era la Troika o la deuda odiosa. La política también son instintos.

Del lunes 14 de octubre al lunes 21 del corriente han pasado siete días, pero las encuestas electorales han variado ostensiblemente. El PP va como un cohete, algunas dan a Vox como tercera fuerza. No hay, de nuevo, nada extraño en ello salvo para los estrategas de Ferraz, que leyeron que esta era la forma de volver al bipartidismo y la estabilidad. Sánchez lo tiene jodido, no tanto porque un partido de riesgo no se pueda ganar con una asombrosa canasta de último minuto, sino sobre todo porque este partido es de esos que no se puede ganar. Vean Juegos de guerra y lo que aprende el computador Joshua con el tres en raya y los misiles termonucleares.

“El separatismo es una rara sustancia que se utiliza en los laboratorios políticos de Madrid como reactivo del patriotismo, y en los de Cataluña como aglutinante de las clases conservadoras”. La célebre cita de Chaves Nogales debería darnos una pista por dónde van los tiros. El independentismo es una catarsis derechista para España, una segunda parte del Otoño Rojigualdo, esta vez con los deberes hechos entre sus fieles. Para la institucionalidad separatista que proclamó la República testimonialmente en 2017 una escapada hacia delante: condujeron a los suyos a la meta y allí no había premio. Y eso decepciona. Mejor que sean otros los que carguen con las culpas que ponerte frente al espejo.

Esa posición es terriblemente difícil de conducir. Sin apoyo internacional, capacidad de financiación y cuerpos armados te queda narrar un Estado efímero, no serlo. Sólo se puede confiar en un golpe de efecto provocado por una desgracia. La frase es dura e inmisericorde. Tanto como buscar la posibilidad de que quien está al otro lado pierda los papeles en la escala represiva. O este es el plan o se carece por completo de guías. No sé qué es peor.

Del otro lado de la institucionalidad los tribunales hacen lo que saben. A menudo lo que desean. Un país se puede gobernar de muchas formas, no siempre desde el poder ejecutivo. A algunos en el IBEX les hubiera gustado una restauración tranquila conducida por Susana Díaz y Soraya Sáenz de Santamaría. Se encontraron con un Sánchez que dejó rápido su papel de Salvados para plegarse a lo que debe. Con un Casado que según se había dejado barba vuelve a tener ganas de afeitarse. Unos piensan en los negocios. Los otros también, pero les puede el instinto del brazo del Dr. Strangelove. Autonomía de la política creo que lo llaman. Recuerden la frase de la España roja o rota de Calvo Sotelo. Aún sigue vigente.

Dentro de JxCat andan a hostias. Tsunami Democratic está paralizado desde el aeropuerto. Quien esté detrás se ha dado cuenta de que puede controlar la apertura del grifo, pero no su caudal. El presidente del Parlament, Roger Torrent, se reúne con Ada Colau pero no avisa a JxCat: eso son las hostias entre ERC y los ex-convergentes. La gente llama botifler a Rufián, que ha dejado su histrionismo para parecerse a Tardá en el Parlamento central. Una foto de un cartel en el suelo explica esto y otras cuantas cosas: con los Jordis no hubiese habido disturbios. Es lo que tiene dejar al enemigo sin líderes, que el ejército se hunde pero te salen 20 guerrillas.

Rivera no ceja en su empeño por echar gasolina al fuego. Si Vox se expresa como un general golpista bebiendo brandy en un sillón de cuero, el líder de Ciudadanos dice lo mismo pero como si se hubiera apretado la mitad del mueble-bar. El domingo 20 de octubre no consigue llenar una plaza en Barcelona, eso teniendo el huracán a favor. Es lo que pasa cuando ya no te sacan por la tele porque los que te nacieron te han dado por amortizado. Es lo que pasa cuando abusas de estupideces como comparar Bagdad con Barcelona. Hasta para practicar el oportunismo más sucio hay que saber medir.

Una mujer de mediana edad aparece en la televisión. Está en Barcelona y por el acento parece catalana, pero podría tomarse un café en la calle Goya de Madrid y no destacar del resto de señoras. Dice que ella es independentista pero dentro de un orden. Veo el espíritu de Pujol en sus palabras estupefactas: son los míos pero me dan mucho más miedo que los otros. La burguesía catalana ya intentó pactar una salida con Franco al margen de la II República Española. Mal luego no les fue con el que está a punto de hacer un póstumo viaje en helicóptero. Que puede más, ¿el misal o la estelada?

Una semana de vértigo. La calle, plano medio

Centenares de heridos entre los manifestantes, varios de ellos de gravedad. Decenas de heridos entre los policías, uno de ellos de gravedad. Este saldo no es nuevo en nuestro país, pregunten en los grandes conflictos laborales debidos a la desindustrialización forzosa a la que nos sometió la UE. Lo que sí asusta es que se vuelva a producir con el nacionalismo de por medio. Los conflictos devenidos en disturbios de base económica se pierden o se ganan. Los religiosos y nacionales lo mismo, pero a un coste diferente debido a su enorme transversalidad.

A la policía de nuestro país se le había olvidado que lo habitual no es cargar y que la gente levante las manos en son de paz y se dedique a recibir. Eso pasó en el 15M, en Plaza Cataluña (y en otras muchas partes). Quien desalojó aquella acampada no fue la policia espanyola, sino los Mossos, aquel cuerpo policial que recibía aplausos populares en 2017, la policía del pueblo catalán, se dijo. En este nuevo formato post-procés ya todos los uniformados se han puesto del mismo lado.

Del otro una inmensidad de personas que han vuelto a protagonizar masivas e impresionantes manifestaciones de signo pacífico. Lo cual no implica que los disturbios se hayan comido a la multitud. Mientras que las televisiones nacionales montaron una cobertura al milímetro de la primera noche de hogueras, TV3 programó un espacio de humor. Saquen ustedes la conclusión.

Se ha hablado de infiltrados que, obviamente, son como las meigas. Pero no seamos infantiles, la realidad a veces se vuelve conspiranoia cuando lo que quiere es culpar a un elemento ajeno de una condición propia. Esto no es la primera vez que ocurre. Antes de los grandes motines siempre ha habido una manifestación pacífica que iba a pedir la gracia de la autoridad y que era recibida a tiros. La historia está llena de ejemplos. Asumámoslo, parte del independentismo se ha hecho violento a un nivel de calle. Que todo se quede ahí.

Hay que condenar la violencia, se exige, y parece correcto hacerlo cuando se trata de la institucionalidad. Es lo que les toca y sería suicida exigir otra cosa. Patético, en el caso de la Generalitat, haber jugado a estar en dos sitios a la vez. El problema con la violencia es que de tanto condenarla se nos ha olvidado que los acontecimientos fundacionales de nuestras sociedades europeas liberales vienen justo de ahí. Que nuestros conflictos políticos actuales se suelen arreglar sin violencia, salvo cuando suceden en la orilla sur del Mediterráneo. Que la violencia estatal, aun legitimada al modo de Weber, se utiliza constantemente con fines políticos partidarios y de clase.

Escuchar al presidente Sánchez y al ministro Marlaska hablar de proporcionalidad y no decir nada es faltar a la verdad. El problema no son las cargas, el problema han sido las decenas de imágenes de una violencia de uniforme arbitraria y desmedida en situaciones alejadas de los disturbios. No son tolerables las actuaciones de humillación y venganza en quien ejerce la fuerza pública. Si causa estupor el hecho de que un manifestante dispare un rodamiento que perfore un casco y mande a un policía gravemente herido a un hospital, de igual manera habría de discutirse cuáles han sido los criterios de selección y entrenamiento para los cuerpos de antidisturbios. Es sano que nos inquiete lo que ocurre a un lado de la barricada, pero más debería hacerlo lo que pasa en el lado donde están los uniformes. Ese es un debate nacional pendiente, hoy más lejos que nunca de producirse, como casi todo lo que importa.

La violencia también ha sido ejercida por grupos de ultraderechistas que apalizaron a un joven independentista y han mandado gravemente herida al hospital a una vecina de Girona a la que dispararon una bengala por tener en su casa colgada una estelada. La violencia civil es muy grave, más aún cuando en una ciudad tomada por la policía no se consiguió retener a un grupo de, a lo sumo, doscientos ultras. Un grupo antifascista consiguió reducir a uno de ellos, llevaba un machete entre su equipo de batalla. La ultraderecha ya está en las instituciones y ha recibido las primeras subvenciones estatales por valor de más de dos millones de euros. Este clima es su charco de barro preferido.

Han sido ya varios los análisis que han caracterizado los disturbios independentistas como realmente ajenos a la propia causa, como la primera expresión de una frustración y un descontento impulsados por los hechos específicos de Cataluña, pero a la vez ajenos a esta situación de conflicto nacionalista. Que las barricadas de Barcelona tengan que ver más con los chalecos amarillos que con el procés no es una proposición a descartar a la ligera.

Algunos han recibido este análisis sociológico con regocijo, asumiendo que valida su posición contraria a lo que llaman equidistancia, de apoyo a lo que sucede en Cataluña resumiéndolo en un conmigo o contra mí, tachando de colaboracionista a quien no se sitúe en una de las dos trincheras. El momento lo exige, dicen. Los disturbios son la prueba de la superación del momento nacionalista, afirman.

En 2017 algunos, entre los que me incluyo, pensamos que era una situación idónea para lanzar un proceso constituyente en toda España. No podíamos estar más equivocados. Aquella no era una situación idónea, era una desesperada que se libraba en el peor terreno de juego disponible para la izquierda: la confrontación nacional. Al menos una cierta ola de solidaridad surgió en la sociedad española a raíz de la represión en el referendo del 1 de octubre, esa de la que ningún elemento del Gobierno Rajoy se quiso responsabilizar en el juicio al procés. Hoy tras las imágenes de violencia esa solidaridad de una parte de la sociedad española es angustia o enfado.

Siento traerles malas noticias, pero en este pulso la sociedad española es una convidada de piedra atrapada en un sentimiento de incomprensión al ver que su país se desgaja por uno de los territorios más ricos y nadie parece dar ningún tipo de respuesta ni de solución. Es absurdo negar que una parte de la sociedad española odia a Cataluña, pero la mayor parte simplemente tiene miedo a este momento: asocia lo que está sucediendo con el episodio más negro de nuestra historia en el siglo XX. Se llama olfato, hablamos de él hace unos párrafos. No nieguen para el sofá para lo que pasa en la barricada, eso es moralidad de la peor especie, no política.

Una semana de vértigo. La izquierda, plano largo

Estamos viviendo un momento de crisis con herramientas del siglo XXI para conseguir un objetivo del siglo XIX. Con similitudes tácticas a protestas que han sucedido en Venezuela, Ucrania y que actualmente tienen lugar en Hong Kong. Estas se justificaron en los informativos, es lo que tiene estar en el lado incorrecto de la geopolítica.

Si la izquierda no ha aparecido hasta el final de este artículo es porque es la única que podría evitar no una más que improbable independencia catalana, sino que este conflicto sea la excusa para involucionar España a algo que pretende superar el 78 desde líneas reaccionarias.

La mayor parte de la izquierda se ha posicionado por la defensa de los derechos democráticos para Cataluña. No pocos han alertado que determinados recortes en libertades afectarán también al resto de territorios. Nadie, medianamente progresista, debería objetar nada a esta postura.

Hay una parte de esa izquierda, muy numerosa en redes, inapreciable en lo electoral, que da un paso más allá manifestando que esta es una oportunidad, al igual que en 2017, de abrir un nuevo escenario favorable a la ruptura. Es la misma que desnaturalizó al feminismo exigiéndole ser una panacea para todo justo, por otro lado, cuando el movimiento de las mujeres dio un respiro en 2018 al clima irrespirable después del 155. La misma que hace unas semanas veía en el ecologismo la clave insoslayable para construir otro 15M. La misma, asumámoslo, que carente de proyecto propio se agrega moralmente a cualquier causa, sin pintar luego demasiado.

Este movimientismo, esta fascinación por la cinética sin dirección, juega la poderosa carta del suceso: siempre es mejor que pasen cosas a que no pase nada. El hecho es que en el siglo XXI la movilización ya no es patrimonio exclusivo del sujeto que más o menos daba significado a la izquierda, la clase trabajadora, sino que ha mutado en algo para lo que siempre convendría preguntarse cuáles son las ideas de fondo que maneja, cuales son los intereses de quien lo compone y quiénes sus patrocinadores. La apelación a las protestas en Hong Kong no era casual.

Nadie debería dudar que el independentismo en Cataluña cuenta con una base enormemente popular simplemente por el hecho de que es imposible llenar tantas calles tanto tiempo sólo basándote en las capas medias. Todos deberíamos preguntarnos si el independentismo catalán no es otro síntoma más de esa ruptura por arriba que el periodista Esteban Hernández lleva describiendo desde la irrupción del destropopulismo en los últimos cinco años.

Es perfectamente compatible en nuestra época un movimiento independentista que reúna antifascistas por oposición a la ultraderecha española, pero que acoja en su seno a activistas y dirigentes que manejan un argumentario etnicista como poco inquietante. Es posible que haya elementos postcapitalistas al lado de otros que ven en la República catalana una vuelta a un ente nacional que les proteja más que la “España saqueadora”. Y dentro de ese postcapitalismo habrá anarquistas y ecologistas, pero también profesionales fascinados con el modelo californiano que ven como un camino factible para una Cataluña ajena a la polvorienta Castilla, del mismo modo que California es hoy un Estado progresista, que odia al medio oeste, y que maneja las políticas identitarias tanto como fomenta con su desarrollo unos índices de desigualdad alarmantes.

El debate, como ven, va mucho más allá simplemente del derecho de autodeterminación, el debate va de que la izquierda no sabe si tomar el camino del movimientismo y la transversalidad o recuperar su hilo rojo. O dicho de una forma más sincera, el debate no existe. Una parte de esa izquierda ya ha elegido ser un ente líquido, curiosamente la misma que acusa de equidistancia cuando en su universo ya no existen las trincheras, sino un páramo en el que todo es aprovechable, multiforme y sin significado. El movimiento independentista, siendo un reclamo típico del siglo XIX, es hoy un vivo ejemplo del conflicto en el siglo XXI, uno en el que sólo se entienden las posiciones desde la moralidad y las narrativas de lo pretendido.

Mientras, la otra izquierda, da tumbos sin saber muy bien qué hacer. Condenando la violencia policial y las barricadas. Intentando poner otros temas sociales sobre el tablero que son barridos por la tiranía de la actualidad. Haciendo lo peor que se puede hacer en estos casos: mantener un perfil difuso cuando todo el mundo, por odio o por miedo, quiere formas concretas.

La mayor virtud de Podemos fue probablemente cargarse años de tabúes izquierdistas. En 2015, En Comú ganó las elecciones generales en Cataluña acercándose al millón de votos, sacando más de trescientos mil votos a ERC. En 2016, En Comú Podem volvió a ganar, reduciendo su distancia con ERC en algo más de doscientos mil votos. Les recuerdo que en estas dos citas electorales el procés estaba vivo, así como que el discurso de la izquierda no estuvo centrado en la clave nacional.

La mayor virtud de Podemos también ha sido su gran debe, trajo iconoclastia pero perdió la organicidad. Una vez pasado el impacto inicial la gente dejó de saber muy bien a qué votaba. Y esto también se notó en Cataluña donde dentro de las marcas que representaron el espacio de Podemos hubo posiciones encontradas a propósito del procés y su desenlace. Podemos fue iconoclasta para todo menos para el eterno complejo de la izquierda española con la cuestión nacional.

Una de las mayores capacidades tácticas del independentismo es su falta de concreción, lo que le ha permitido ser enormemente transversal. Esa misma característica es su talón de Aquiles: más allá del horizonte y de la movilización permanente tiene poco que ofrecer en materias concretas como vivienda, trabajo o pensiones. Es raro que todo el mundo se fascine por un Estado futuro donde nadie explicita cuáles van a ser las diferencias en política económica y fiscal del que se pretende huir.

Por otro lado es extraño que nadie parezca preocuparse por la mitad de Cataluña que no desea la independencia. ¿Cómo se maneja un futuro Estado donde una gran parte de su población se ha visto arrastrada a un escenario que considera ilegítimo? Que Ciudadanos ganara las últimas autonómicas tiene que ver con esto más que con la súbita derechización de la mitad de la población. La izquierda se mostró timorata con quienes, además, eran sus votantes potenciales .

Por último, una parte abrumadora de la población del resto del país, a excepción de Euskadi, no entiende ni los modos, ni las formas, ni los objetivos del independentismo catalán. ¿Qué pueden pensar en las regiones más desfavorecidas del país al respecto? La incomprensión respecto al independentismo va creciendo en una población española progresista que hace no tanto entendió el Estatut y, más allá, incluso hubiera podido entender la celebración de un referendo pactado para un nuevo encaje constitucional. Hoy esas posibilidades son más que remotas.

Se apela al diálogo, pero hay que asumir que en este contexto nadie quiere hablar. La derecha por descontado, el PSOE por razones tanto de Estado como electorales y los independentistas por algo parecido pero inverso: ¿quién da el primer paso y recibe el apelativo de traidor por una gente que se siente humillada tras el recorte al Estatut, las cargas del 1 de octubre, el 155, sus líderes presos, pero sobre todo enormemente frustrada tras el experimento fallido de la proclamación del 2017? Tienen sus razones, eso es indudable. Hablar es necesario cuando hay algo que decirse. Apelar al diálogo en estas condiciones es el enésimo brindis al sol de toda esta historia.

La izquierda española debe tomar una decisión dura y difícil, pero necesaria para pintar algo en el futuro inmediato y ser un actor de peso en el largo plazo: declararse no sólo contraria a la independencia, sino al actual momento soberanista. Oponerse claramente al callejón sin salida que ha resultado el procés, a ese coche que los dirigentes de la CUP despeñaban pidiendo que comenzara el mambo. Explicar que hoy por hoy, en estas condiciones, nacionales e internacionales, la independencia no puede producirse a un nivel real. Ni siquiera ya un referendo, ni siquiera un nuevo proyecto de Estatut. Es lo que ocurre con las derrotas, que se pagan caras. Pero de eso no tiene la culpa la izquierda española, la tienen unos dirigentes independentistas que intentaron crear un nuevo Estado en 18 meses sin contar con ninguno de los requisitos.

Esta posición es lo único que hoy puede frenar la ola de españolismo reaccionario que promete llevarse todo por delante y no sólo a nivel electoral. El Otoño Rojigualdo fue el 15M de la derecha, el reencuentro identitario del tercio más reaccionario del país. Hoy están de vuelta dispuestos a culminar su proyecto. Un aviso: los indecisos, que son legión entre el apoliticismo reinante, suelen caer del lado del que tiene las cosas más claras. Y esto es algo que precisamente la derecha, no sólo la institucional, sino la económica, la mediática y aquella que forma parte del Estado, tiene por virtud.

Sería deseable que los miembros más inteligentes y progresistas del independentismo aceptaran la derrota y dieran un paso atrás. Es absurdo quemar las naves cuando aún puedes salvar una parte de tu proyecto político. Es una decisión dura y difícil, pero honrada con quienes están aún en la calle luchando por lo que estiman, y son, sus derechos democráticos. Hacen falta líderes valientes capaces de aguantar lo que hoy serán acusaciones de traición, lo que mañana serán agradecimientos por haber mostrado un sendero por el que volver a caminar. Ser independentista no es ningún delito, pero hoy está más cerca que nunca de serlo.

Lo primero es evitar que la derecha se haga con el Gobierno central. Que el PSOE decida si quiere una gran coalición con el PP o un pacto de mínimos con la izquierda, que ya no se podrá llamar, por decencia, ni siquiera Gobierno progresista. Entender que los líderes presos no tienen porque cumplir una década de condena, que lo que hoy es imposible en unos meses puede ser un tercer grado y más adelante un indulto.

Entender que hace unos meses una gran parte de la población española había olvidado tanto el rojigualdismo como la conmoción de la declaración unilateral de independencia y que votó dando la espalda a aquella infausta reunión de Colón. Entender que el PP sacó el peor resultado de su historia cuando más radicales se mostraron en su odio a Cataluña. Que incluso partes del electorado conservador querían pasar página.

Es compresible que la sentencia del procés haya puesto todo patas arriba. Si ERC tuvo responsabilidad en la cita electoral de mayo al no votar los presupuestos está exenta de esa responsabilidad en estas segundas elecciones. Pero no puede obviar que del resultado de las mismas depende el futuro inmediato no sólo de los presos y de Cataluña, sino de todo el país. Y en este juego de posiciones, tanto los nacionalistas vascos de derechas como los independentistas vascos de izquierda tendrían mucho que aportar.

La izquierda española se enfrenta a un complejo dilema histórico que debe ser resuelto inmediatamente por las elecciones generales, pero enfrentado a largo plazo si quiere ser un actor político relevante en un momento en que los cambios más bruscos no están llegando de los excluidos de la globalización, sino precisamente de los beneficiados. Al nacionalismo reaccionario español se le puede combatir en líneas de clase, pero también aceptando la españolidad desde los presupuestos cívicos, no identitarios. El encaje de las otras nacionalidades en un futuro proyecto republicano no podrá hacerse sin la complicidad del resto del país. Al menos de una manera pacífica.

A veces hay que dar un paso atrás para poder seguir caminando.