Otras miradas

Acaso no veían la televisión: la nueva vida de Fernando de Dáramo

Daniel Bernabé

El despacho está en una de las torres acristaladas del norte de la capital pero desde luego no es lo que le prometieron. Lo primero porque está en una décima planta, realmente el piso donde empiezan las oficinas, por debajo de él sólo hay restaurantes, salas de convenciones, el hotel y las del servicio de mantenimiento, justo esos inútiles a los que debe la segunda razón por la que su despacho no acaba de convencerle. La climatización inteligente nunca ha funcionado en el año que lleva aquí: o se asa de calor o se muere de frío. También lo esperaba más grande y aunque la mesa le gusta -diseño moderno y funcional de líneas limpias- entre la estantería, el ficus y las sillas de invitados no le resta espacio para nada más. Ni un sofá pudo poner, para al menos poder recibir a las visitas más importantes como es debido. Como si las tuviera.

Suena el teléfono, es su secretaria, Belén, una chica muy apañada pero con un acento demasiado rural para su gusto:

- Señor Dáramo, es la llamada desde Barcelona que estaba esperando.
- Sí, pásamela. ¿Belén?
- ¿Sí?
- Es de Dáramo, de Dáramo.
- Usted disculpe.

Suspira profundamente por toda respuesta y se echa los dos dedos al puente de la nariz mientras que escucha el hilo musical previo a su interlocutor.

- Fernandito, cabrón, pero qué tal andas.
- Albert, qué alegría hombre, pues bien, bien -se le seca la boca, le sudan las manos, como entonces.
- Si ya sabía yo que ahí ibas a encajar a la primera, todo un director de formación para comerciales. Estás en una empresaza, chaval.
- Tenemos muchos proyectos, buen ambiente, sí, además… -No le da tiempo a terminar la frase.
- Yo es que estoy unos días en Barcelona, pero de paso. Ya sabes que entre las clases en Washington y el puesto de consejero pues apenas tengo tiempo para nada. Una locura, chico.
- ¿Pudiste leer lo que te mandé?
- Seeeeh, sí, sí. Bueno, por encima, ya sabes. -Y se ríe, suelta una de esas carcajadas nerviosas que tanto trabajó con él para que desaparecieran. - ¿Pero lo dices en serio?¿Volver? Pero tú estás loco, Fernandito.
- Albert, lo digo muy en serio. Sabes que tengo un buen contacto en el CIS y los últimos datos que he visto nos darían posibilidades. Estos no levantan cabeza, ya ves el papelón que ha hecho la niñata y…
- Traidora.
- Y además la gente te quería. Aquello fue coyuntural. La tormenta perfecta y nos tocó a nosotros. De verdad, hazme caso. Son una banda.
- Pero Fernandito, si es que yo ahora vivo muy bien. Y oye, esto entre nosotros que la jefa me mata. Ya sabes el carácter que tiene.
- No sé, Albert. Yo voy a seguir reuniendo datos. Yo veo posibilidades. Tengo un plan.
- Bueno, bueno. Pero no te hagas muchas ilusiones. Tú a lo tuyo y aprovecha que en dos o tres años te cambian de puesto. Mira, te tengo que dejar que tengo ahora una cita y ya sabes cómo son estas cosas.
- Sí, claro, claro. Albert, déjame que te diga que yo siempre creí en ti.
- Lo sé, lo sé. Venga, Fernandito, abrazo, pero de los grandes, ¿eh?
- De los grandes, porque dos… - Ahora quien le interrumpe es el tono intermitente de fin de llamada.

Cuelga el teléfono, el informe que hay encima de la mesa, una carpeta llena de gráficos, tendencias de opinión y literatura barata motivacional, parece que le mira con gesto condescendiente: te-lo-dije. Fernando siente algo raro en el estómago, algo que sintió la noche de la gran tragedia y que de vez en cuando se repite, como cuando perdió la mitad de su pasta en aquello de los bitcoins que le vendieron como una inversión infalible. Sin que él lo perciba una gota de sudor le cae por la nuca, desde el fin del pelo, cuidadosamente definido, hasta ser absorbida por la tela de la camisa.

Abre el cajón, agarra el vapeador y le da un par de caladas. Pero aquello no tira. Una lucecita roja es la forma que tiene el cacharro de decirle que está sin batería. Belén, la secretaria, que en esos momentos está despistada mirando las fotos de un chulazo, amigo de una amiga, camarero y de Castellón, se sobresalta cuando escucha dentro del despacho unos golpes y unos gritos como de mono al que le ha picado una avispa dentro de la jaula. Luego el silencio. Por si acaso minimiza la página con el camarero castellonense musculado. Al cabo de dos minutos Fernando sale del despacho, tocándose el pelo, tiene la cara roja.

- Belén, salgo a comer con unos clientes. Luego tengo que resolver unos asuntos. Ya nos vemos el lunes.
- Señor Dáramo, mire, es que tiene hoy a las cinco una reunión programada con...
- ¿Belén?
- ¿Sí?
- Es de Dáramo, con dé delante, de Dáramo, Fernando DE Dáramo. No es lo mismo.
Claro, señor Dáramo, disculpe usted.

La cara de Fernando, redondita, con nariz de animadora norteamericana adolescente, pasa del rubor al rojo marcado, como un semáforo sufriendo una subida de tensión eléctrica. No dice más. Se encamina hacia la salida.

- ¿Y la reunión, señor Dáramo? -dice Belén con una voz que anticipa el desastre.
- Mira, guapa, que le den por culo a la puta reunión, di lo que sea.

En el ascensor suena La chica de Ipanema, en una versión instrumental vergonzosa. Cada vez que se abrían las urnas creciamos, cómo pudo pasar. Piso noveno. Éramos el único partido que atraía el talento. Piso octavo. No teníamos ideología, sino un proyecto triunfador. Piso séptimo. Albert era nuestro Steve Jobs. Piso sexto. Ni azules, ni rojos, proactivos. Piso quinto. Nuestro éxito se medía no por nuestros logros, sino por los obstáculos que superábamos. Piso cuarto. El camino a la victoria es la actitud, y nosotros la teníamos. Piso tercero. Si el plan no funciona, cambia el plan, pero no la meta. Piso segundo. Cómo me gustaban los canutazos, las ruedas de prensa, salir en la tele. Piso primero. Qué bien daba a cámara. Planta calle. Deja salir a tus miedos para que tus sueños puedan entrar. Garage. Se abren las puertas.

El todoterreno, japonés, negro, rechina las ruedas sobre el suelo pulido. A Fernando le había gustado verse siempre como un ronin, un guerrero sin señor en busca de fortuna. Un aventurero con las armas de la presencia y la palabra como katanas afiladas. De pequeño una de sus películas preferidas era American Ninja, que tenía por lo menos diez partes y que mostraba cómo el individuo podía llegar a donde quisiera con constancia y entrenamiento, en un mundo despiadado y competitivo. Él estuvo ahí. Ahí. Se reunía con gente importante, era conocido, un think tank unipersonal. Lanzando shurikens contra el cretino de Sánchez y sobre todo contra el imbécil de la coleta. Qué listo se creía el muy cabrón, con sus libros y sus citas y sus anécdotas históricas. A él le había bastado leer Quién se ha llevado mi queso para saber cómo, dónde y cuándo había que estar.

Coge la carretera que le lleva al noroeste. Suena el teléfono integrado en el salpicadero del coche. También inteligente, como la climatización. "Descolgar", dice Fernando con una voz ligeramente aguda. Pero la llamada sigue sonando. "Descolgar", vuelve a repetir. Nada. "Des-col-gar" con tono histérico marcial. Ahora sí.

- ¿Fernando? - Una voz de mujer al otro lado.
- Hola, cari. Cómo est...- y antes de acabar, la interrupción.
- Pero dónde andas, que te he llamado al despacho y me ha dicho la chica esa que ya habías salido.

- En el coche, cari, voy camino de casa, hoy he terminado pronto y…
- Sí. Te acuerdas dónde vamos mañana. ¿No?
- Eh -y arrastra la "e" buscando un archivo mental que no encuentra-.
- Fernando… ¡Que mañana es el cumple de mi padre! Pero si lo hablamos el lunes, que tenías que comprarle los gemelos que vimos en el
- Claro, cari, claro, cómo se me iba a olvidar.
- Los has comprado, ¿no?
- Por supuesto. Aquí los llevo -vuelve esa sensación, ese vacío en el estómago, ese cosquilleo como de flotar en un lugar del que se quiere escapar.
- Bueno, Fernando. Nos vemos luego. Yo llegaré tarde que he quedado.
- ¿Con quién?- Vuelven los pitiditos- ¿cari?- Más pitiditos- Colgar- dice Fernando con voz impostada.

Él había pensado en llegar a casa, pedir comida a ese restaurante de costillas americanas y bajarse al sótano. Lo ha dejado níquel. Mesa de billar con lámpara rectangular sobre el tapete. Aunque aún no se le da muy bien le gusta echarse unas bolas mientras que se toma una cerveza artesana. La elaboran unos chicos en Ávila. Buenísima, exclusiva, a él le hacen precio. Aquella sala -tiene previsto poner una barra original de un pub irlandés- es su refugio. El descanso del guerrero. ¿De quién fue la idea de aquella portada con Albert arremangado jugando al billar? De quién iba a ser. Si le hubieran dejado llevar adelante todas las ideas comunicativas que tenía en la cabeza… otro gallo hubiera cantado.

Aparca el coche. A la primera. Una de las mejores cosas que tiene trabajar donde trabaja, exceptuando el despacho y Belén, es lo bien que le sienta su traje azul, su corbata de nudo grueso, su barba bien perfilada. Eso se llama ser reconocible. Tener un perfil. Saber quiénes son los tuyos con sólo echar un vistazo. Y allí, en el Village, un centro comercial al aire libre, una ciudad en miniatura, ocurre eso. Sabes que estás donde tienes que estar. Encajas. Una vez, de hecho, al principio de su nueva vida, después de la jornada trágica, unos chavales le pidieron una foto.

Llega a la tienda para caballeros, en un paseo arbolado, parecido a EuroDisney. Mira el escaparate: chalecos acolchados de cazador, pantalones beige, camisas con una pequeña bandera en el cuello, incluso con posibilidad de bordar las iniciales. Un par de señoras que salen de una tienda cercana le miran y cuchichean algo mientras que pasan por su lado.

- Sí, soy yo - les dice mientras sonríe. Mitad molesto, mitad orgulloso. Todo desafiante.
- ¿Perdone? - Contesta una de las señoras. Cincuenta. Rubia. Moreno de agosto en noviembre-.
- No, que me han reconocido y se lo confirmo. Soy yo.
- En el hombro, mírese el hombro.

Fernando se mira la hombrera derecha del abrigo verde. Tiene una enorme cagada de paloma. No un ligero excremento, algo que se pueda retirar con un pañuelo sin dejar apenas mancha. Aquello parece un huevo frito, Australia hecha hez de ave. Ahora casi nota el calor filtrándose a través de la tela. Siente que le vuelve el hormigueo. Le empieza a faltar el aire. Saca la cartera del abrigo y no se le ocurre nada mejor que doblarlo y tirarlo a una papelera. Hay un momento en que se siente hasta mareado.

Pasa a la tienda, el parqué cruje bajo sus pies, huele a sándalo. Le dice a la dependienta, que no sabe bien por qué le recuerda a Belén, su secretaria, los gemelos que quiere. Tiene ganas de llegar a casa, que aquello pase cuanto antes. Ella le dice el precio, él asiente con una mueca que viene a decir algo así como: "los putos gemelos son insultantemente caros, absurdamente ostentosos, pero me los puedo permitir, porque para esos somos quien somos, para eso nos lo hemos ganado, trabajando muy duro, jodida asalariada con rizos baratos de peluquería de barrio". Saca la cartera y extiende la tarjeta, color dorado. La empleada la pasa por el tpv. El introduce la clave. La máquina se queda pensando. Ambos miran a la pantallita de cristal líquido. Tarjeta no válida.

- Pero, ¿y esto? -dice Fernando riéndose de una forma que empieza a resultar sospechosa.
- Si quiere la volvemos a pasar, señor Dáramo -un breve vistazo a la tarjeta que yace sobre el mostrador de cristal.
- Es de Dáramo. Señor de Dáramo. Con "de" delante.
- Como usted quiera.
- No, como yo quiera, no. Es como me llamo.
- Disculpe entonces -dice la dependienta sonriendo profesionalmente- sólo había leído el nombre que figura en la tarjeta, Fernando Dáramo.
- Pero eso es porque lo pusieron mal. Pero ya le digo yo que es DE DÁRAMO -elevando la voz mucho más de lo debido y soltando un gallito que deja el ataque de dignidad cognómica en algo un poco ridículo. Más de lo habitual incluso.
- ¿Todo bien, señor? - de repente, sin que Fernando se haya apercibido el encargado de la tienda, o quizá un operario de seguridad con traje, ha aparecido por su espalda.
- Sí, sí, es que la tarjeta, no válida, el nombre…- Fernando no acierta con las palabras.
- ¿La volvemos a pasar, señor de Dáramo?
- Pero vamos a ver, ¿ustedes saben con quién están hablando?
- Pues con un cliente, señor -dice educada pero fríamente el encargado- En este establecimiento intentamos que todo el mundo se sienta a gusto y encuentre lo que necesita, señor.
- Bueno, pues que sepa que conozco a muchas personas influyentes. Soy Fer-nan-do-DE-DÁ-RA-MO -así a sílabas y ya directamente gritando las últimas -¿Pero acaso no veían la televisión? -bajando el tono, casi a modo de súplica. La dependienta y el encargado se miran incómodos. Silencio. Sólo se escucha la respiración nerviosa y entrecortada de Fernando.

El coche avanza por la carretera, los faros iluminan el asfalto, las rayas blancas pasan dinámicamente como si, en vez de estar pintadas, fluyeran por la superficie negra. Esta vez la dirección es al sur. Un área de servicio, un par de camiones aparcados. El coche se detiene, el reloj está a punto de dar la medianoche. Fernando se baja del todoterreno, el pelo sin gomina, la barba descuidada. Ya no viste traje sino vaqueros con náuticos y una sudadera donde se lee la palabra "Giants". Mira al cielo y a las estrellas que alejadas de la luz de las ciudades brillan con especial fuerza. Coge el móvil y busca la A de Albert. Escribe.

"Tú sin mi no hubieras sido nada, nadie. Que no se te olvide". Espera. Azul de leído. La pantalla indica que su interlocutor está escribiendo.
"¿Estás bien? Nos tienes preocupados. Dime dónde estás, anda. Que a tu mujer le va a dar algo".
"Eso da igual ahora. Fuimos gigantes. Teníamos que haber aguantado. Sólo un poco más. Porque lo difícil sólo se consigue y lo imposible se intenta".
"Qué dices, loco. Quieres hacer el favor de llamar a tu mujer o de pasar por alguna comisaría y entregarte. ¿Tú sabes en el lío en que te has metido?".
"Lo sé, pero al menos he vuelto a salir por la tele".

Se ríe, a carcajadas. Tira el móvil a unas zarzas llenas de condones usados y algunas latas viejas. Un trozo de papel higiénico ondeando enganchado a una rama. Se monta en el coche y se pone unas gafas negras, a pesar de lo oscuro de la noche. Incluso se echa la capucha de la sudadera. Se mira en el espejo retrovisor y le gusta lo que ve. Parece Unabomber, aunque él no sabe quién es Unabomber.

Nunca pares, nunca te conformes, hasta que lo bueno sea mejor y lo mejor, excelente, dice con voz profunda. Arranca el coche y sale haciendo ruedas, dejando una nubecilla de humo que nadie puede ver.

El teléfono entre las zarzas llenas de porquería se vuelve a encender. En la pantalla un mensaje de Albert.

"Fernandito, no perdimos por tu culpa. Son cosas que se dicen cuando uno se calienta. ¿No te lo tomarías en serio? Te quiero mucho. Para ya, hombre, para antes de que te hagas daño".