Otras miradas

La hora de los soldados de Cataluña

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

El cabeza de lista de ERC al Congreso, Gabriel Rufián, durante el mitin final de campaña del 10-N en Terrassa (Barcelona). EFE/Alejandro García
El cabeza de lista de ERC al Congreso, Gabriel Rufián, durante el mitin final de campaña del 10-N en Terrassa (Barcelona). EFE/Alejandro García

Me he quedado fascinado con la cazadora ‘bomber’ verde (tirando a oliva) de la que Rufíán ha hecho gala estos días. La llevaba con un porte irónico, antifascista, como si quisiera tocarle las narices a quienes no paran de aborrecerle.

No hay que sorprenderse de que el diputado de ERC use ropa como quien escribe un tuit, pues ya sabemos de sobra el humor que se gasta, y la cazadora de corte combativo que le da aspecto de comando especial, es todo un mensaje que envía Rufián a quienes quiere provocar, pero que también nos da una pista sobre por qué querría pasar a la historia el portavoz de ERC. ¿No será por facilitar un Gobierno de izquierdas que ilusione tanto a unos como contraríe a los otros?

Estoy convencido de ello, pero para ponérselo fácil, quien le invite estas mañanas tan frías a un chocolate con churros por los alrededores del Congreso de los Diputados, y quiera sacar algo en claro de la conversación, debe tener en cuenta que hay dos maneras de enfocar la charla con el robusto portavoz: o bien apelando como prioridad a su condición de rojo, o bien centrándose en aplacar sus convicciones separatistas.

Hay que advertir que lo que no tiene sentido dialéctico, y estropeará el rico desayuno con una molesta acidez, es sentarse a la mesa con el diputado de ERC permitiendo que prevalezcan sus dos almas a la vez, e intentar, en esas condiciones de multitud, beberse el chocolate caliente sin que alguien se queme los labios: al final habría que recurrir al agua helada o al omeprazol, o a los dos alivios, pues como se sabe ya desde los tiempos de Rousseau, un rojo no puede decir con inmunidad ideológica que es separatista, pues esta última condición va contra los principios fundamentales de la revolución francesa (por lo menos), contrariando hasta el sofoco la idea la hermandad universal que debe presidir cualquier partido de izquierdas.

Portada del libro 'Soldados de Cataluña', de Eduardo Mendoza
Portada del libro 'Soldados de Cataluña', de Eduardo Mendoza

Sucede que este Rufián, tan aguerrido con su cazadora ‘bomber’, me ha hecho recordar por unas felices conexiones neuronales la novela de Eduardo Mendoza Los soldados de Cataluña, que como se sabe recuperó su título original tras décadas de conocerse por motivos de censura (una estupidez más) como La verdad sobre el caso Savolta, título éste realmente prodigioso y con el que yo siempre la llevaré en mi corazón de lector (entonces) juvenil.

Es el libro de Mendoza un retrato cruento (también humorístico) de la sociedad catalana de comienzos del siglo XX: brilla cuando aborda los entresijos de la corrupción empresarial y nos lleva a la risa amarga cuando retrata la lucha obrera, machacada sin piedad por matones a sueldo, policía y jueces, pero deshecha también internamente por sus irreconciliables debates ideológicos.

Deslumbra la pluma de Mendoza cuando incluso se ríe de lo inútil que son los atentados del anarquismo, usados finalmente por la patronal para sus intereses más viles: el terror de las bombas y disparos de fanáticos iluminados como Lucas ‘El Ciego’, sirven, con paradójico sentido de la comicidad, al ascenso del pérfido Lepprince, quien finalmente se hace con el control absoluto de la empresa Savolta.

Los soldados de Cataluña a los que alude irónicamente el título (basado en una cancioncilla infantil), nos retrotraen tras la lectura a los humildes que mueren en el frente del conflicto social, a los rojos perdedores de siempre que jamás se quedan con la copla a pesar de contar a su favor con la verdad y la razón.

Es esta una novela en la que el debate separatista, aunque se aluda a él, no condiciona la lucha de los que protagonizan la historia, obreros, policías, empleados o patrones, personajes obsesionados por sus condiciones de vida, o por su riqueza, batallando sin cesar en un frente sangriento en el que la independencia del territorio no se tiene en cuenta para nada.

Es un libro pertinente en consecuencia para aquellos que en Esquerra Republicana, sabiendo como saben de estos conflictos previos a la represión de Martínez Anido, a la dictadura de Primo, o a la de Franco, y herederos directos como son de esas luchas y sufrimientos, deberán dilucidar estos días la importancia de dar un paso al frente dejando que gobierne la izquierda en Madrid y rebajando el tono de sus reivindicaciones independentistas.

Así que en ese chocolate con churros con Gabriel Rufián sería una buena idea poner sobre la mesa la condición de rojos de todos los comensales, herederos comunes del sacrificio de otros rojos, sea en Cataluña o en otros territorios de España.

ERC, con arrojo histórico, debería poner en valor la constitución del primer gabinete progresista desde la II República.

¿No defenderían con su valiente decisión acaso un bien común a todos? Oriol, desde la cárcel, por esa misma circunstancia del encierro, lleva durante años en contacto con el lumpen que tritura el capital: seguro que dentro de Esquerra será uno de los que mejor lo entenderá.

¡No os perdáis la novela! ¡Pajarito de Soto, qué periodista, qué personaje inolvidable!