Otras miradas

Geografías de la pandemia: La ciudad de los balcones

Sara Porras Sánchez

Profesora de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid

Vista de la madrileña calle de la Cruz, en el centro de la capital. E.P./Ricardo Rubio
Vista de la madrileña calle de la Cruz, en el centro de la capital. E.P./Ricardo Rubio

Uno de los elementos que ha puesto de relieve la pandemia es el debate sobre el diseño, estructura y función de las ciudades. Las políticas de aislamiento social, si bien eficaces desde un punto de vista de limitación de la transmisión vírica, abren muchas incógnitas acerca de la vida comunitaria post-coronavirus y su despliegue espacial. Lo que en cualquier caso parece claro, es que las crisis dejan ver las costuras del sistema, y la observación sobre lo que está pasando en nuestras ciudades debería darnos algunas claves acerca de cómo reconstruir nuestra convivencia.

Decía Linda McDowell que "cuando las relaciones sociales se enfocan desde dentro del espacio doméstico se pueden superar los límites entre lo público y lo privado, entre lo particular y lo general" y este ejercicio compartido a través de nuestros balcones, terrazas o ventanas trae consigo algunas certezas incómodas.

En primer lugar el patrón territorial de desigualdad en los contagios que se están dando en las ciudades. En el caso de Madrid, el mapa de afectación nos dibuja una distribución que representa geografías más vulnerables, coincidentes con barrios donde se concentran mayorías trabajadoras con poca opción a quedarse en casa para desarrollar sus ocupaciones de forma online. Sería el caso de los barrios del sureste, o las localidades como Leganés, o Alcalá que además han de realizar desplazamientos generalmente de mayor recorrido para llegar a sus puestos de trabajo, lo que también les sitúa en posiciones más propensas a ese contagio. En cualquier caso deberemos esperar  a la obtención de más datos y más precisos que irán viendo la luz conforme vayamos superando este momento crítico. Lo que sí parece es que dicha pauta de territorialización no es exclusiva de Madrid, otras grandes ciudades también están observando esquemas similares.

Esta distribución de la vulnerabilidad nos debe hacer pensar no solo en la escala barrio, sino en la escala hogar. Parece que el declive del modelo de ciudad neoliberal se anunciase con la vuelta de lo productivo a los hogares. No es lo mismo confinarse en una casa con jardín en Pozuelo de Alarcón, donde se concentran las rentas más altas de la Comunidad, que en un piso compartido en Puente de Vallecas o encerrarse en una casa con tu maltratador. Es necesario por lo tanto reflexionar de la ciudad también en esos términos, no podemos seguir anotando la categoría hogar como un indicador estadístico que parece dar cuenta de conflictos estructurales que se producen en el afuera, debemos empezar a observar las ciudades también desde el adentro, pues en nuestras propias casas se construye un simbólico y una materialidad atravesada por conflictos.

Acertó el Ayuntamiento de Ahora Madrid con la campaña Barrios por los buenos tratos donde trascendió los portales de las comunidades e instituyó una forma de hacer política que rompiera esta distinción, pues las vidas de las mujeres, nuestras vidas, están profundamente arraigadas a nuestros hogares. Como también acierta el Ministerio de Igualdad al reaccionar desde el comienzo poniendo en el centro la lucha contra la violencia machista, inventando recursos y formas de proteger y, nuevamente, de entrar en esos hogares, rompiendo la impunidad que durante siglos se escuda bajo la rúbrica de la intimidad.

Se trata por lo tanto de un ejercicio de imaginación creativa, acaso no fuera eso la razón de ser de las ciudades, un nuevo horizonte en la comprensión y diseño de los espacios urbanos. La arquitecta Raquel Rodríguez nos recuerda que hacer ciudad no es solo construir viviendas, pero es precisamente esta idea de los hogares como espacios desconectados de los entornos que sí se consideran ciudad lo que ha llevado al modelo de expansión en "sprawls". Un modelo de inversión y negocio cortoplacista, inflamado por la burbuja financiera que necesitó materializar su ficción mediante la depredación del territorio y que en ese delirio miope pensó que podría cubrir las necesidades humanas y sociales. Sin entender la enorme diferencia entre construir y habitar.

Son las crisis las que desvelan las fracturas. Y se aparece ante nosotras la urgencia de intervenir en los espacios urbanos, incluyendo en la idea de urbano la importancia de los hogares. ¿Vamos a seguir aceptando que un bajo de 28m y sin ventanas puede considerarse hogar, por más que aparezca en los portales inmobiliarios por 600€, a parte los gastos? ¿Seguiremos conviviendo con la transformación de nuestros barrios en hoteles encubiertos? La otra cara de esa moneda.

Es necesario por tanto un debate serio que ponga en relación estas y otras variables. La importancia de los hogares en la construcción de los espacios públicos se manifiesta de diversas maneras. No solo debemos apostar por la mejora de las condiciones de los mismos, sino que es necesario garantizar el acceso a los mismos de los diversos estratos sociales. La atomización que está afectando a las grandes ciudades en los últimos años debido al aumento de los precios del alquiler dibuja entornos donde la diversidad social se dificulta, donde por lo tanto se pierde la riqueza y la posibilidad creativa de dichos entornos. Espacios homogéneos que abandonan lo público que cada vez más se ocupa por empresas despersonalizadas. Hoy vemos que la solidaridad trasciende nuestros balcones y que allá donde lo consigue las vecinas nos sentimos más seguras. Vida comunitaria como antídoto para que realmente no se quede nadie atrás. El sociólogo Eric Klinenberg estudió cómo en  la Ola de Calor que asoló la ciudad de Chicago en 1995, los barrios vulnerables que habían desarrollo una red sociocomunitaria densa, afrontaron mucho mejor las consecuencias y redujeron el impacto sanitario sobre sus habitantes. Hoy vemos cómo en muchos de nuestros barrios surgen iniciativas sociales de apoyo mutuo y esto debería marcarnos el camino.

Debemos rediseñar nuestras ciudades desde la escala cotidiana, situando las personas y sus necesidades como el eje a partir del cual se estructuran el resto de elementos. Necesitamos ciudades compactas que ofrezcan alternativas de movilidad y de empleo. Es posible reconstruir la comunidad y afrontar en mejores condiciones las consecuencias de la pandemia siempre y cuando entendamos el papel estratégico del territorio, de lo próximo.