Otras miradas

Señores, a sus labores

NICOLE MUCHNIK

Periodista

Wouter Bos, líder de los socialdemócratas y ministro de Economía en Holanda, acaba de dimitir, a los 46 años, "por razones personales". "Si sigo en la política y llego a primer ministro, perderé toda posibilidad de ver crecer a mis hijos, lo que es injustificable", explicó. Su colega Camiel Heurlings, ministro de Transportes, interrumpe a los 36 años una brillante carrera porque prefiere fundar una familia: "No quiero mirar hacia atrás y encontrarme solo a los 50 años", dice. Piet Donner, ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, por su parte, acaba de dimitir a los 61 años. "La política es una vocación muy dura –dice–. No es para familias jóvenes ni para solteros. Es para gente adulta con experiencia".
No obstante, esta toma de conciencia tan simpática no puede ser el árbol que oculta el bosque. Si bien la tasa de empleo de la mujer se multiplicó casi por dos en 50 años, las mujeres asumen casi el 80% del trabajo doméstico, esas labores que cimientan el funcionamiento armonioso de la sociedad, auténtico servicio social no pagado que prestan no sólo a sus familias –desde su cónyuge hasta las personas de edad, pasando por los niños–, sino a la sociedad entera. ¿Hacerse ayudar por una indispensable y preciosa empleada? Para ello habría que ver si el salario se lo permite.
Las cifras son conocidas: en España, pese a la ley orgánica sobre la igualdad efectiva de mujeres y hombres de 2007, las españolas ganan de promedio un 25,6% menos que los hombres, una cifra bien superior al lamentable 17% de la Unión Europea.
Según la UGT, las mujeres tendrían que trabajar 14 meses para ganar lo que un hombre en sólo 12. Pese a las leyes votadas en Francia hace 40 años, complementadas por seis textos legales desde 1972, la disparidad salarial real sería del 27% y un 11% a causa de la mera discriminación. Con las mejores intenciones, la UE decide afrontar el problema de fondo y "cambiar las mentalidades", por lo que acaba de presentar con tal fin una Carta de la Mujer. Desi-
gualdad al principio, desigualdad al final.
Porque un aspecto del problema es la auténtica carrera de obstáculos a la que se enfrentan si pretenden una promoción en función de su sobrecalificación que, como su inteligencia, no sólo no es apreciada sino que juega en su contra. "Yo creo que en la práctica se tolera todo lo que las desaliente. Hay una serie de signos que finalmente desaprueban la inteligencia de las mujeres, su capacidad de aprehender el mundo", escribe Anne Malraux en Le Monde.
"¿Cuándo se decidirán los hombres a compartir el mundo exterior en lugar de guardarlo para ellos? ¿Acaso ese mundo masculino está tan irreprochablemente gobernado, de manera tan luminosa, tan fantásticamente inteligente, que puedan los hombres decretar prescindir del aporte de lo que literalmente es su otra mitad?". Y, más aún, estando demostrado que "un número creciente de mujeres en el mercado de trabajo implicaría un aumento del PIB y, como consecuencia, de la recaudación fiscal.
"Teniendo en cuenta el envejecimiento de la población, la Unión Europea se enfrenta a un desafío urgente: inyectar cada vez más mujeres al mercado de trabajo", escriben Birgitta Ohlsson, ministra delegada de Asuntos Europeos, y Anders Borg, ministro de Finanzas sueco.
En esta especie de Edad Media, esta etapa de reflujo, de confusión en la que vivimos, hete aquí que las mujeres también están amenazadas por un regreso al "naturalismo". Es lo que sostiene Elisabeth Badinter en su libro El conflicto, la mujer y la madre, una opinión compartida por Dominique Méda, directora de investigaciones en el Centro de Estudios sobre el Empleo: "Desde hace unos diez años, asistimos a una defensa de los roles tradicionales femenino-masculino. Es un modo de resistir los avances del feminismo. Estas afirmaciones, que provienen a menudo de seudopsiquiatras, de psicólogos o simplemente de autores masculinos, han contribuido a obstaculizar el trabajo de las mujeres y a culpabilizar a las madres".
Para Elisabeth Badinter, desde hace 30 años "se afirma una ideología que intenta poner la maternidad en el corazón del destino femenino… Mediante ayudas económicas y consejos de todo tipo, se las alienta a quedarse en casa y a amamantar el mayor tiempo posible… Hay que dejarles esta libertad sin culpabilizarlas. ¿Cómo queréis que resistan a la imagen de malas madres?". Para ella, estas nuevas corrientes cristalizan la identidad de la mujer en torno a la maternidad.
¿Cómo reaccionan las mujeres a esta presión naturalista? La natalidad en Francia es mayor que en otras partes de Europa, pero en ello se ve menos el resultado de esta nueva enajenación que los de las ayudas económicas y medidas sociales favorables. En Alemania, donde se valora más que en otros países el amamantamiento prolongado y los cuidados proporcionados por la madre, las mujeres tienen cada vez menos hijos.
Gracias a la opción de algunos políticos, ya se habla en Holanda de una "nueva ola feminista". ¡Señores, un esfuerzo más y comprenderán algo acerca de la condición de la mujer en el siglo XXI!