Otras miradas

Dilemas cubanos, debates socialistas

La situación creada en Cuba a partir del pasado 11 de julio nos interpela en varios sentidos a quienes luchamos por una sociedad sin explotación de clases ni opresión alguna. Para quienes aspiramos a construir el "reino de la libertad" con personas libres e iguales en armonía con la naturaleza. En suma, el comunismo, el horizonte emancipador capaz de concretar la esperanza de los pueblos y las gentes.

Ello nos exige debatir sobre la mejor defensa (y desarrollo) de las conquistas sociales existentes en un país postcapitalista como Cuba frente al asedio imperialista. Lo que nos obliga a abordar las estrategias para cortocircuitar los planes restauracionistas del capital, sea de origen cubano o internacional, aprendiendo de los procesos de reversión capitalista de otras experiencias. Cuestión que nos conduce a imaginar el escenario político, o, mejor dicho, el diseño de la arquitectura político-institucional al servicio de los objetivos expuestos. Ninguno de los tres elementos puede tratarse aisladamente al margen de los otros y en estas líneas solo pueden esbozarse.

De entrada, saquemos hoy 18 de julio de 2021 (fecha en la que escribo estas líneas) de este debate la ganga, o sea, las tesis planteadas por la derecha representada en el caso español por el PP y Vox que vociferan cínicamente "contra la dictadura comunista" en su afán de barrer para casa. Ese no es el debate y menos con ellos. Además, no tienen ninguna autoridad moral ni política quienes no condenan la dictadura franquista y callan y otorgan ante las masacres en Chile y Colombia o los desmanes de Bolsonaro o del régimen saudí. La derecha cubana simplemente quiere recuperar sus ingenios, tierras y garitos e imponer un régimen neoliberal y la derecha española solamente es un instrumento más del proyecto restaurador reaccionario del conglomerado cubano de Miami, una de cuyas alas está demandando una sanguinaria intervención militar de los EE. UU. cuya consecuencia sería una nueva fórmula neocolonial.

Vientos de revolución

La legitimidad de origen de la revolución de 1959 y la importancia de su transcrecimiento hacia objetivos socialistas en 1961 poca gente los puede negar. El aliento que significó para las aspiraciones populares en Latinoamérica es un dato "estructural" de la lucha de clases en el subcontinente y el entusiasmo que despertó en varias generaciones de gentes de izquierda en todo el mundo se manifestó en la admiración hacia dos figuras el Ché y Fidel Castro. El pueblo de Cuba tras años de esclavismo, dependencia colonial del reino de España y luego del gigante estadounidense, encontró la dignidad como nación soberana. Esa legitimidad de origen se vio consolidada inicialmente porque junto al derrumbe del dictador hubo importantes mejoras sociales y avances innegables en las condiciones de vida de la población cubana. Fueron también los primeros años de interesantes debates socialistas públicos y abiertos muy pluralistas con presencia internacional respecto al modelo económico. Ello implicaba también hablar de mecanismos de decisión política pues en aquel momento quedaba todavía pendiente construir una legitimidad en ejercicio a través de nuevas instituciones revolucionarias populares más allá del Ché y Castro.

Por eso intervino el imperialismo desde el inicio ya que en palabras de Eduardo Galeano "lo que les molesta de Cuba no son los errores de la revolución que los hubo y los hay. Lo que realmente no pueden soportar es que un país pobre y chiquito no se doblegue ante el imperio". Una cuestión de disciplina ejemplarizante para navegantes. Se trataba de abortar la experiencia y además de aventuras militares, el imperialismo decretó el bloqueo para imposibilitar la promesa revolucionaria de 1959: libertad con pan y pan sin terror.

El bloqueo, el maldito bloqueo

Los efectos del acoso norteamericano -agudizado tras La Ley Helms Burton de 1996 y rematado por la entrada en vigor de su capítulo III en 2019 y el despliegue de medidas de Trump- han sido devastadores y no han permitido a la isla modificar sustantivamente su posición en la división internacional del trabajo -sea con el monocultivo exportador de azúcar, sea con su conversión en una gran plataforma turística-. Lo que unido a la dependencia energética y alimentaria del exterior y a pesar de los avances en enseñanza y salud y en la biomedicina puntera y formación de profesionales de la misma, ha provocado que las condiciones de vida de la población en 2021 –que nadie se tape los ojos- estén presididas, particularmente tras la dolarización de muchas transacciones ante la necesidad de divisas mediante el mecanismo MLC (Moneda Libremente Convertible), por mayor escasez y también desigualdad en el seno de la sociedad  en relación con el acceso a bienes y servicios, todo ello agravado por la inflación derivada de una cadena de decisiones erróneas.

Ello incide en una población, la cubana, en la que 3 millones de personas cobran el estado en pesos y otros 3 millones largos viven de la economía más o menos informal y donde existe una capa de unos cientos de miles de personas que de forma limitada tienen negocios privados. La pandemia -que incidió en la salud pública pese a los avances y esfuerzos realizados y en el descenso del PIB-, el corte del flujo de entradas de divisas mediante las remesas familiares y la crisis del turismo, junto al déficit de crudo venezolano y el regreso de muchos de los profesionales de la sanidad que trabajaban en terceros países han agravado la situación.

El imperialismo perdió varias batallas, pero puede ganar la guerra socavando las bases materiales que aseguran los avances revolucionarios y la creación de una nueva institucionalidad democrática socialista. Es evidente y sería ingenuo esperar que el imperialismo facilite el desarrollo económico de un país disidente. La internacionalización de la revolución no es un capricho ideológico, sino una necesidad práctica para la supervivencia a largo plazo de un país poscapitalista.

No es la primera vez que el imperialismo intenta ahogar los procesos emancipadores. Viene intentándolo desde 1917 y hemos visto los efectos tóxicos que tuvo el esfuerzo militar al que obligó a la revolución sandinista para hacer frente a la contra -drenando los recursos para satisfacer las necesidades de la población- cuyo resultado es el fracaso del proyecto revolucionario y la entronización de los sátrapas Ortega-Murillo. El imperialismo no duda -con Biden incumpliendo sus promesas electorales- en crear una crisis humanitaria para socavar las expectativas populares en Cuba y cercenar la capacidad de maniobra del gobierno. En ese marco es más que lógico que haya descontento popular, particularmente en los sectores más empobrecidos. Lenin en circunstancias extremas afirmó que el peor error que podían cometer los bolcheviques era no tener en cuenta la realidad de las masas en la propia Rusia de los soviets.

Resetear el internacionalismo

Por ello es tan importante desarrollar una actividad solidaria antiimperialista desde los pueblos -especialmente sus clases trabajadoras- y también desde los gobiernos que se consideran así mismos progresistas o simplemente democráticos para condenar y pedir el cese del bloqueo ilegal e inhumano al que se somete al pueblo cubano, exigiendo que Biden saque a Cuba de la lista de los países que amparan y favorecen al terrorismo aliviando la situación económica del país. Pero también, y ello es esencial, ayudar desde la solidaridad internacionalista a paliar la situación de desabastecimiento que sufre la isla reactivando campañas de recogida y envió de materiales básicos a la isla. De ahí que no se pueda entender por qué no actúan con hechos los López Obrador o Alberto Fernández cuyos recursos no son ilimitados, pero desde luego suficientes para realizar ayudas efectivas. Tampoco es de recibo que los partidos de izquierda, los sindicatos y las organizaciones sociales de todo el mundo, especialmente de los países de la OCDE, no efectúen actividades de incitación y canalización de ayudas populares.

Pero el antiimperialismo con ser necesario en el actual laberinto cubano no es suficiente. Y menos aún reducir la compleja situación de Cuba al juego geoestratégico regional o mundial. Sin despreciar esos elementos como parte del problema y de la solución, hay que poner sobre la mesa la realidad social interna del país y el grado de esclerosis del modelo político. El conflicto social para el marxismo forma parte de la realidad misma en cualquier circunstancia y se expresa de muy diversas formas. Olvidar esto y encerrase en el marco discursivo geoestratégico es un error de "primero" marxismo. Hay posiciones acríticas en la izquierda y de justificación cerrada de lo que en cada momento digan los gobiernos considerados "amigos" frente al enemigo imperialista que manifiestan un burdo y trasnochado campismo que puede meter en el mismo frente a defender a regímenes y dirigentes de todo el mundo y de muy diferente naturaleza. Esa posición es dañina para defender realmente a Cuba frente a los ataques que sufre.

Más inteligente e interesante es la posición que considera la cuestión cubana solo o principalmente en el marco del juego de poderes y contrapoderes, de balances, pesos y medidas que se establecen entre los estados y gobiernos del subcontinente latinoamericano frente al todo poderoso vecino. Obviamente las correlaciones de fuerza también se establecen en ese nivel, pero no solamente. También dependen de las correlaciones de fuerza entre las clases en el conflicto social de cada país que, a su vez, influyen en los procesos del resto de países. Y en las decisiones políticas y económicas que se adoptan por parte de los gobiernos. Y eso también cuenta para Cuba. De cómo resuelva el pueblo cubano su futuro ante los problemas que tiene dependerá también la situación final del conjunto latinoamericano porque si el futuro de la isla depende en gran medida de su entorno regional, el de este depende también del de Cuba.

Las cosas no pasan por casualidad

En la isla hay un creciente malestar por razones objetivas y materiales, pero también políticas ante una nueva dirigencia del PC cubano que no tiene la vieja legitimidad -esta no se hereda- ni ha cumplido con las promesas e ilusiones que despertó la Constitución de 2019 que proclamaba un Estado Socialista de Derecho, hoy todavía sin materialización práctica. No se puede reducir las soluciones a la situación a la mera "gestión" inteligente del malestar -inteligencia que por otro lado ha brillado por su ausencia en los últimos tiempos-: hay problemas estructurales en el modelo realmente existente que requieren soluciones de mayor calado.

El 11 de julio fue una señal de alarma. De nada vale minimizar su alcance al de los pocos miles de personas que salieron a las calles porque potencialmente representaban a mucha más gente y sabemos que las dinámicas sociales pueden dar saltos en cortos periodos de tiempo. En uno u otro sentido. De nada vale asimilarlas al mero producto de una conspiración e instigación imperialista y derechista. La declaración del grupo de Puebla al respecto es uno de los exponentes de ceguera política del progresismo latinoamericano incapaz, por otro lado, de ofrecer soluciones para la erradicación del capitalismo cuando gobierna. Seguro que operaron esos agentes, pero intervenían sobre un caudal más amplio, sería estúpido pensar lo contrario. Pero, sobre todo esa metodología basada en establecer la intervención de potencias y fuerzas manipuladoras como factores unicausales de los conflictos en las sociedades es un arma de doble filo pues imagínense ustedes que se lo apliquen a los pueblos de otros países cuando se movilizan por sus intereses, reduciendo las causas a la conspiración social-comunista. Cuando hay movilizaciones populares no necesariamente parten de una conciencia de clase acabada ni tienen un programa socialista, son expresión de momentos subjetivos apoyados en situaciones objetivas. Y, por tanto, son un espacio en disputa por la hegemonía en la conducción de ese movimiento en el que pugnan diversas líneas.

Considerar como contra revolucionaria a toda la gente descontenta en Cuba es una simpleza del mismo calibre que considerarla portadora de soluciones revolucionarias. Pero sobre todo es una grave actuación emplear la represión desde el aparato de estado contra una parte del pueblo cuyo comportamiento mayoritario fue pacífico y muy alejado del empleo de armas contra el régimen. Actuación que comportó el uso de fuerza, detenciones -incluidas las de militantes comunistas presentes- y una total falta de transparencia sobre los datos y ubicación de las personas detenidas. Ello fue acompañado de un "apagón" de internet y llamamientos a un cierre de filas. Todo ello es incomprensible en un país en el que el pueblo tiene una alta conciencia de resistencia ante el imperialismo, dónde existe una amplia cultura marxista y en el que el propio PC cubano tiene todavía un importante grado de fortaleza y hondas raíces populares. No es con palos y apagones en la red como se hace frente a los problemas existentes y a las demandas y aspiraciones populares.

La hegemonía en la transición al socialismo

Cuba no es un país socialista: es un país embarcado en una larga transición hacia el socialismo, en un mundo capitalista, en donde el capital presiona y opera también dentro de la isla. Por lo tanto, es ingenuo creer que crisis económicas y sociales como las que vive el resto del sistema-mundo no afectarán a Cuba. ¿Pueden existir crisis y movilizaciones con las mismas razones de fondo que en otros países del globo? Protestas que no son en sí mismas ni reaccionarias ni progresivas, sino que expresan el malestar ante la crisis. La respuesta a la pregunta es que sí. Si asumimos esto, el debate se torna político: ¿Cuál es la salida o la propuesta ante este tipo de protestas?

El problema, seamos claros, proviene de considerar que una vez el Partido Comunista ha conseguido el poder, la cuestión de la legitimidad y la hegemonía de la pos-revolución ya están zanjados. Pero por suerte o por desgracia, esto no es cierto. La política no se acaba nunca. Surgen nuevos impulsos, contradicciones, dilemas e incluso nuevos actores sociales. Las sociedades son cada vez más complejas y diversas y las soluciones requieren una conversación pública permanente. La famosa y archicitada hegemonía también debe renovarse en la transición al socialismo: no basta con la legitimidad de origen. Y esta regeneración solo puede lograrse a través de la activa participación de los sectores populares. Si no, tarde o temprano, el partido, por muy fuerte que sea, se quedará solo.

Es necesario que todas las asociaciones, sindicatos y grupos comprometidos en la lucha contra el bloqueo y el acoso imperialista cuenten con la máxima libertad para opinar y operar. Hasta ahora hemos relatado la parte heroica de la revolución, la parte resistente. Pero en los últimos años, el Partido Comunista de Cuba ha efectuado un giro real. Un giro que ha introducido reformas promercado. Sus cuadros hablan abiertamente de Vietnam como modelo. Es evidente que es una fórmula para salir del aislamiento económico, también agudizado por el desastre venezolano o las crisis de otros gobiernos progresistas. Pero no es descartable que sea posible que haya un sector de la burocracia dispuesto a pasar de la NEP a un nuevo modelo económico, que conserve el poder del PCC bajo una economía capitalista de estado. Este ya es el caso de China. Pero hay más y más peligrosos riesgos a conjurar por lo que conviene recordar que en la URSS no fue el imperialismo americano el que restauró el capitalismo, si no un sector de la burocracia -uno de cuyos exponentes es Putin- el que se pasó con armas y bagajes al capitalismo encabezando un enorme proceso de privatización y apropiación de las joyas del sistema productivo.

Debatir de todos estos problemas y orientaciones y elegir de forma consciente es en lo que consiste la democracia socialista. Y hoy en Cuba eso no existe. Ni siquiera la letra de la Constitución tiene hueco real en la práctica. Si la escasez la podemos relacionar con el bloqueo, esta falta de libertades socialistas solo se entiende por la concepción monopolizadora del poder que mantiene el partido comunista, más propia del estalinismo que de quienes siguen reivindicando la figura del Ché.

Socialismo es más, mejor y total democracia

Ni en Marx ni en Lenin ni el Castro del Movimiento 26 de julio encontramos ni rastro de que el socialismo se construya única y exclusivamente bajo el mando de un partido único monopolizador del poder político. La mejor garantía de las conquistas parciales y del avance hacia el socialismo es un pueblo organizado que no depende ni es un brazo más del aparato de estado que debe jugar un papel activo en la transición hasta que sea posible hablar con Marx del reino de la libertad.

La democracia socialista implica junto a la socialización de los medios de producción bajo diferentes formas de propiedad social y colectiva no exclusivamente estatal y con el activo control de la clase trabajadora, la libertad de formación de partidos políticos, sindicatos y organizaciones sociales feministas, ecologistas, barriales…, y la puesta en pie una planificación democrática con participación popular activa en todos los ámbitos y niveles. Lo que implica necesariamente la libertad de expresión en todos los espacios y ámbitos y la libertad de prensa. El asunto no es nuevo, viene de los albores de los fundadores políticos del comunismo en el pasado siglo.

Tal como señala Rosa Luxemburgo -y merece la pena recogerse en esta extensa cita-: "es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión (…) La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente. No a causa de ningún concepto fanático de la "justicia", sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esta característica esencial, y su efectividad desaparece tan pronto como la "libertad" se convierte en un privilegio especial".

Por eso profundizar en la democracia no es poner en cuestión los procesos revolucionarios o el proyecto socialista, sino bien al contrario es condición para su realización en un horizonte emancipador.