Otras miradas

Nos tocan a una, nos tocan a todas

Varias personas participan en una manifestación feminista en Madrid / Jesús Hellín | Europa Press

¿Cuándo parará esto? Desde que tenemos uso de razón recordamos la violencia del hombre sobre la mujer, incluso hemos escuchado historias desde muy pequeñas que normalizaban ciertos tipos de violencia sobre nosotras. Se trataba de una violencia tan cotidiana que muchas mujeres fuimos agredidas sin darnos cuenta de ello.

Desde que somos adolescentes se nos priva de la libertad que nuestros colegas sí tienen. Desde muy pequeñas, con ejemplos como Caperucita y el Lobo somos conscientes de que si elegimos mal a nuestro acompañante, podría tener consecuencias fatales. No se le enseña al niño a no ser lobo, si no a la niña a no ser víctima del mismo. Y así, nuestra vida se convierte en una suerte de ir sorteando obstáculos hasta que con bastante esfuerzo y azar llegas sana y salva a casa.

"Si corre hacia ti es mejor no huir, ponte a gritar lo más fuerte que sepas para que alguien pueda oírte". Le decía una mujer a otra. Este tipo de conversaciones se tienen a menudo entre amigas, compañeras y en otras esferas feministas. Nos tenemos que defender y buscamos la mejor manera de salir ilesas. Los talleres de autodefensa feminista han aumentado en los últimos años, también la compra de spray de gas pimienta. Las noticias de agresiones machistas continúan y en muchos casos ellos salen indemnes. Eso nos produce mucha indefensión y desprotección. A muchos niños no se les enseña a no pegar o a maltratar, pero a nosotras nos enseñan a protegernos, a ir con más amigas y no volver solas a casa bajo ningún concepto.

Recuerdo a las chicas de Alcàsser y cómo ese caso impactó a una generación, la mía. Desde entonces el miedo caló profundamente, no volveríamos jamás solas a casa ni tampoco saldríamos hasta tarde. Mi padre venía a recogernos a mí y a mis amigas y estábamos a las 23 en casa. El toque de queda fue para nosotras, para protegernos, para llegar vivas a casa. Ellos siguieron siendo hijos sanos del patriarcado con sus privilegios intactos. No hubo una ley antiterrorista para esto ni se le dedicó ni una milésima del tiempo que se dedicó a los atentados de ETA. Las mujeres siempre fueron las olvidadas y no acapararon portadas ni minutos de silencio hasta hace bien poco.

Cada vez que una mujer muere asesinada, violada o agredida por un machista algo muere dentro de nosotras. Es un ataque a toda una sociedad, pero especialmente es un golpe a todas nosotras. Nos recuerda cuál es nuestra condición y las posibles consecuencias de ser mujeres.

La chica de Igualada ha sido la última víctima de esta violencia. Su madre ha escrito a Pedro Sánchez rogándole que esto pare. "Mi máxima intención es llegar a usted porque cuando nos tocan a una nos tocan a todas", le decía y añadía que "debería ser obligatorio llevar una pulsera salvavidas que, en caso de peligro, alerte a la Policía". Por más vueltas que le doy no sé cuál es la clave para frenar estos ataques. ¿Endurecer las penas para violadores o maltratadores? No lo sé, no creo que la respuesta punitiva prevenga lo que pueda ocurrir. Quizá tenga más sentido destinar esfuerzos a una mayor pedagogía feminista en escuelas, desde muy peques.

Él o los que agredieron a la chica de Igualada la dejaron ahí tirada, desnuda, a tres grados de temperatura, la dejaron "morir", como si se tratara de un objeto viejo, o algo sucio y molesto de lo que deshacerse. Un hombre bueno la encontró y la salvó, dicho sea de paso. Antes de eso, la deshumanizaron, su vida, su integridad, la desposeyeron de valor. Pero esas personas por llamarlas de algún modo tendrán familiares, amigos, compañeros de trabajo que quizá intuyan que hay algo que no está bien en ellos, algún gesto, algún chiste machista, algún comentario denigrante sobre las mujeres… Y mi mensaje va dirigido a ellos, no a Pedro Sánchez ni a Irene Montero, ni a la Policía ni a mis hermanas feministas, va dirigido a quienes callan y otorgan, quienes aún a sabiendas de que hay algo que no está bien en esos potenciales agresores prefieren mirar para otro lado y no enfrentarse al monstruo del patriarcado. Porque total, esto no va con ellos…