Otras miradas

La izquierda andaluza en la encrucijada electoral

Joaquín Urias

Profesor de Derecho Constitucional, exletrado del Tribunal Constitucional

La anticapitalista Teresa Rodríguez; Antonio Maíllo, excoordinador general de IULV-CA; y la portavoz de de Primavera Andaluza, Pilar González. Imagen de septiembre de 2018.- EUROPA PRESS/ARCHIVO

Huele a elecciones en Andalucía. El Parlamento ha rechazado unos presupuestos que no le interesaban a ningún partido. El mismísimo vicepresidente de la Junta de Andalucía fue traicionado por un micrófono (y algún correligionario) reconociendo que su gobierno era el primer interesado en que los presupuestos no se aprobaran. Suenan tambores de adelanto electoral y prácticamente todo el mundo da por seguro que habrá votaciones en primavera.

Las tornas han cambiado por completo desde la última convocatoria, cuando las encuestas y los oráculos daban unánimemente la victoria a Susana Díaz y se equivocaron.

En estos años de gobierno el Presidente andaluz ha conseguido vender imagen de moderación y que los andaluces —partidarios o enemigos— lo llamen Juanma. Como si fuera un amigo de la familia. Ha sido capaz de crear un marco discursivo en el que aparece como una persona tolerante, abierta de mente y enemiga de los extremismos que es su principal baza electoral. Sus políticas se han caracterizado por el desmantelamiento de lo público y el capitalismo de amiguetes, pero eso da igual. Parece claro que esa imagen de señor afable que no se mete en política le asegura repetir mayoría. Esta vez será más amplia, aunque no es descartable que tenga que pactar con la extrema derecha de Vox. El precio, sin duda, será derogar las políticas sociales que han sobrevivido. Así que se avecinan malos tiempos para los derechos humanos en Andalucía.

Frente a eso, la izquierda andaluza parece desnortada. El Partido Socialista, que durante cuatro décadas parecía la columna vertebral de esta tierra, calificada tradicionalmente de roja, no da señales de querer ganar las elecciones. Su candidato parece haber optado por competir en grisura con el tal Juanma. Se está construyendo un perfil público conservador y no pierde ocasión de reforzar la imagen de dialogante de su oponente. No ha llegado a pedir el voto para el Partido Popular, pero poco le falta. Muchos ven aquí "el fantasma de Gabilondo", recordando lo que sucedió en la Comunidad de Madrid.

A la izquierda del PSOE la situación es inquietante. Las peleas intestinas han desangrado a la gran coalición de izquierdas, prácticamente desarticulada. Todos han participado en el desastre. Se han priorizado una y otra vez las ambiciones personales y los objetivos individuales sobre las acciones orientadas a mejorar la vida de los andaluces. El resultado es que estos años prácticamente no ha habido oposición de izquierdas. Y la poca que ha habido ha estado más en los sindicatos que en los partidos políticos. Ha faltado también apoyo popular en una sociedad en la que los movimientos sociales aún no se han recuperado del tsunami que supuso el nacimiento de Podemos.

La situación es mala, sin duda, pero resulta imprescindible remediarla urgentemente. La amenaza de la extrema derecha es más real que nunca. Una segunda legislatura popular, esta vez con Vox en el Gobierno, sería catastrófica para los derechos de los andaluces. Están en riesgo todas las conquistas sociales. Al refuerzo de la sanidad y la educación privadas se uniría el recorte de los derechos de las mujeres y las personas más vulnerables. El daño a los mecanismos de solidaridad y el Estado del bienestar en Andalucía, aceptando sus carencias actuales, puede ser irreversible.

Las elecciones andaluzas son una emergencia y en ellas la izquierda ha de jugar a la defensiva. En una situación ideal habría que empezar de nuevo a construir desde abajo movimientos sociales basados en la participación y el compromiso. Sería la única manera de reconstruir una izquierda fuerte. Pero no da tiempo. Hay que construir una opción meramente electoral lo más fuerte posible. Y eso solo se consigue con la unidad. El objetivo común, el único relevante en este momento, es arrebatar el máximo de poder a una derecha que antepone el interés de unos pocos al bien común.

Para eso hay que contar con todos. No se puede renunciar a una personalidad política tan potente como la de Teresa Rodríguez ni al entusiasmo de los andalucistas que, a su llamamiento, se han unido al movimiento anticapitalista. Por supuesto tampoco se puede renunciar a Izquierda Unida y su enorme capital político y humano. De hecho, de todas las opciones electorales de izquierda, IU es la única que tiene una militancia significativa extendida por todo el territorio andaluz. Tampoco se puede construir sin la participación de las propuestas que surgieron el 15M y alrededor del entusiasmo que llevó a la creación de Podemos. En situación de emergencia todos tienen que aparcar sus diferencias y actuar con generosidad impulsando una iniciativa en la que a todos se les dé su sitio, puesto que hace falta todo el mundo.

Es cierto que las diferencias que distancian a todos estos actores políticos institucionales no son menores. Las más importantes —políticamente— tienen que ver con la conveniencia de entrar o no en un eventual gobierno de coalición y con el grado de autonomía que deben tener las formaciones andaluzas respecto a las estatales. Sin embargo, es posible sentar unas bases comunes de cara a las autonómicas en las que todo el mundo se sienta cómodo. Indudablemente, cualquier propuesta debe hacerse en clave exclusivamente andaluza y con el compromiso de hacer lo que sea necesario para frenar el ataque a las libertades. Los electores andaluces de izquierda no quieren encontrarse con dos o tres papeletas de izquierdas. Sería una irresponsabilidad histórica dar preferencia a las ambiciones individuales; tiene que acabar la lucha fratricida por conseguir un escaño, el dinero de una subvención o por asegurarse el futuro personal.

Sin unidad, ante ese panorama de enfrentamientos ególatras, los votantes de izquierda se van a quedar en su casa. Y los pocos que acudan a las urnas dividirán su voto entre varias opciones para beneficio de los partidos conservadores. Y si alguien cree en el cuanto peor mejor y cree que la pérdida de derechos va a llevar a un estallido social de izquierdas que en el futuro se traducirá en votos radicales además de inmoral es un ignorante: desgraciadamente los procesos históricos funcionan justo al contrario y el desmantelamiento del bienestar se amortiza rápido.

El papel de la izquierda en estas elecciones andaluzas es trascendental. Para Andalucía, porque sin una izquierda fuerte el Partido Socialista no tiene ningún aliciente para salir de las posiciones conservadoras a las que equivocadamente se está lanzando. Pero también para España: lo que suceda en las andaluzas va a determinar absolutamente el resultado de las generales, sobre todo si el Gobierno actual resiste los cantos de sirenas y opta por agotar su legislatura.

Queda poco tiempo. La maquinaria electoral y mediática del Partido Popular y la ultraderecha está a pleno rendimiento. O los políticos de izquierda andaluces demuestran que son capaces de sacrificar sus ambiciones por el bien común y construyen una candidatura fuerte, unitaria e ilusionante o estas elecciones supondrán un hito terrible en la historia de nuestro país.