Otras miradas

¿El laicismo es cosa de ateos?

Pedro López López

Profesores de la Universidad Complutense y de la Universidad de León. Miembros del Grupo de Pensamiento Laico

Enrique Javier Díez Gutiérrez

Estatua de Martín Lutero.- Pixabay

Si Jesucristo resucitara militaría en Europa Laica

Este artículo lo firmamos un católico practicante y un ateo (también practicante). Esta diferencia no impide que compartamos una amplia base común sobre el papel de la educación como un instrumento de emancipación del ser humano, así como sobre la necesaria laicidad del sistema educativo, tanto el público como el privado; igualmente compartimos la necesidad de que el Estado y sus instituciones, a todos los niveles -estatal, autonómico y local-, sea inclusivo y defienda y represente valores universales y, por tanto, inclusivos.

Tanto ateos como creyentes sabemos dejar a un lado el sectarismo y reconocer méritos e incluso heroísmo en personas que pueden ser de otra órbita ideológica. Los ateos saben reconocer el mérito admirable de católicos, protestantes o cualquier otra rama religiosa cuando han practicado la desobediencia civil o se han puesto junto a los pueblos en su lucha por la justicia, arriesgando sus vidas y la posibilidad de ser torturados, encarcelados, vilipendiados o maltratados de cualquier otra forma. Personajes como Antón Montesinos o Bartolomé de Las Casas concitan nuestra admiración; desobedientes como los casos de cientos testigos de Jehová que desde los años cincuenta se negaron a cumplir el servicio militar bajo la dictadura franquista -y había que tener mucha capacidad de resistencia para hacerlo-, teólogos y teólogas de la liberación en su opción preferente por quienes sufren la pobreza y el expolio colonizador y del capitalismo depredador, organizaciones como la Vicaría de la Solidaridad en el Chile de Pinochet que se enfrentó a una de las dictaduras más crueles de Latinoamérica, curas obreros como el padre Llanos o Francisco García Salve en el franquismo luchando por la clase obrera desde el compromiso de vida entre los más pobres, párrocos como Javier Baeza, los curas vascos asesinados por los franquistas durante la guerra civil… En fin, hay miles de casos en los que los ateos reconocen a compañeros de lucha por los derechos humanos, la justicia social y contra toda dictadura. Coherentes con los principios esenciales del evangelio cristiano y que se han enfrentado incluso a la jerarquía eclesiástica en defensa de esos principios. Son creyentes que no fían la lucha por un mundo más justo a una vida ultraterrena, una lucha que requiere de la unión de sensibilidades distintas, pero con un amplio acuerdo en que todos, creyentes y no creyentes, tenemos que luchar en este mundo por una sociedad más justa y digna, más respetuosa con la vida y la ecología de este planeta y el futuro de la humanidad.

También los creyentes saben reconocer la aportación de ateos al avance de la humanidad hacia una mayor justicia y dignidad, una convivencia común en tolerancia y respeto a la diferencia y a las distintas creencias particulares. Incluso han dado su vida por ello. Diágoras de Melos (siglo V a. C.), conocido como el primer ateo en Europa, fue condenado a muerte por blasfemia. Muchos se enfrentaron al omnipresente control y presión de las religiones a lo largo de la historia para avanzar en la ciencia y el conocimiento y traer la luz de la razón a la sociedad. Ateos y ateas que han defendido la libertad de conciencia, la igualdad de derechos (que impide todo privilegio de cualquier convicción o creencia) y la búsqueda del bien común como única razón de ser de un Estado laico. Pero, sobre todo, han conseguido traer el ideal de democracia a la sociedad contemporánea. Con su aportación hemos convertido el laicismo en el ideal universalista de organización de la polis, ideal de emancipación de la esfera pública con respecto a cualquier poder religioso o, en un sentido más amplio, de toda tutela del Estado que, siendo democrático, ha de ser de todos y no sólo de algunos. De esta forma han permitido que nuestras instituciones políticas estén legitimadas por la soberanía popular democrática y no por doctrinas religiosas o creencias ideológicas. Han facilitado que el orden y la función política esté al servicio de la ciudadanía, en su condición de tales y no de sus identidades étnicas, nacionales o religiosas. La lucha por el laicismo de tantos ateos y ateas anónimos ha sido una lucha histórica por la emancipación y la libertad de las conciencias y la tolerancia de la especie humana que nunca podremos agradecer lo suficiente.

Por eso, aseguramos que el laicismo es cosa de ateos, sí, pero también de creyentes. También debemos defender como creyentes el laicismo, puesto que éste defiende el entendimiento respetuoso y la concordia y convivencia de todos los seres humanos sobre lo que nos une (los derechos humanos y el respeto mutuo), y no a partir de las creencias religiosas particulares que nos separan y enfrentan. Si Jesucristo resucitara hoy día militaría en Europa Laica, … y si no lo "creen", léanse o vuelvan a leer los evangelios cristianos, que son su legado.