Otras miradas

Se abrirán las grandes alamedas

Anita Botwin

El presidente de Chile, Gabriel Boric, es visto durante una conferencia de prensa con los medios internacionales, hoy en el Palacio de La Moneda en Santiago (Chile).- EFE

Estos días pienso mucho en Almudena Grandes. En cómo habría contado ella todos los acontecimientos que estamos viviendo. Leía un tuit en el que decía: "Madrileños con calima y canarios con mucho frío. El Multiverso". Me da la sensación de que estamos viviendo una realidad que ya ha pasado de apocalíptica a postapocalíptica, una realidad que no nos da tregua, tan siquiera unas mini vacaciones donde podamos tomar aire y poder seguir adelante. Ni un paso atrás ni para tomar impulso, pero no siempre es tan sencillo.

En el mercado los fruteros y carniceros muestran preocupación. Todo ha subido, dicen, y seguirá subiendo. La gente en lugar de comprar dos piezas, se lleva la mitad, lo justo para ir tirando. Ellos hacen colas por las mañanas en el MercaMadrid, que también está vacío. Me acuerdo de mi abuela y de la guerra, la nuestra, y de su hambre. Nos comíamos las cáscaras de la patata, alhaja, me decía. "Yo le daba a mis hermanas pequeñas casi todo el pan que había, pan duro, pan negro, yo me quedaba con las miguitas", contaba. A mi abuela siempre le asustó más el hambre que las bombas. Era una niña en Madrid, separada de sus padres, que se quedaron en el campo toledano.

Ninguna niña debería vivir ese espanto, porque 80 años después de la Guerra Civil, mi abuela lloraba cada vez que se acordaba de lo vivido. Y podías ver e imaginar en el fondo de sus ojos húmedos lo que podría haber sido dormirse con el dolor de un estómago vacío. Aunque ni remotamente podríamos imaginar que nuestra sociedad del Estado de bienestar iba a convertirse en una especie de distopía con tintes de Apocalipse now y decorados de Dune.

Ahora el miedo está en si Europa prevalecerá o las extremas derechas acabarán con las democracias occidentales. Justamente esas fuerzas que estrechaban la mano a Putin, pueden ser las que paradójicamente saquen tajada de esta guerra. Probablemente la invasión a Ucrania de Rusia no les salga tan mal después de todo. Los precios suben, los trabajos bajan, la incertidumbre y el miedo es la tónica de nuestros días, y la geoestrategia es la que manda. Palestina sigue amenazada diariamente por Israel, pero esa no es nuestra guerra porque Israel es amigo de la OTAN y nosotros somos de la OTAN aunque mucha gente votara entonces en contra.

En esta distopía hipócrita hay niños que son bienvenidos, mientras otros mueren ahogados en nuestras fronteras. 44 personas subsaharianas morían en una patera de camino a Canarias. Los medios titulaban como subsaharianos, deshumanizándoles, para que nos importe menos, al fin y al cabo son solo números y no tienen nada que ver con nosotros. Los ucranianos sí, porque son europeos aunque no se les permita estar en la UE ni formar parte de la OTAN. Sin embargo a la OTAN y a Europa sí les preocupa mucho su territorio y por eso se actúa como si importaran sus vidas, dándoles cobijo y sacando matinales lacrimógenos para que empaticemos con la situación. Mientras los otros, los negros, siguen ahogándose, sin nombres ni apellidos.

En la calle, la gente intenta hacer vida normal a duras penas. Bajo la mascarilla se perciben rostros extenuados que hacen cálculos para llegar a fin de mes. Sí, es mejor eso que morirse, pero los barrios humildes malviven esperando que la suerte juegue a su favor alguna vez. Para eso está el sueño de la lotería y las promesas políticas, en las que ya casi nadie cree.

Creo casi con seguridad que los enemigos de Ucrania, del Sáhara y los del barrio de Carabanchel son comunes. Pero son enemigos lejanos, que viven en paraísos fiscales y navegan en grandes yates. Por eso mismo son invisibles y nos cuesta distinguirlos entre el resto de la muchedumbre. Por eso creemos que no podemos atacarles desde nuestra trinchera común, que es la pobreza y la miseria. O eso nos han hecho creer, que no podemos, que es imposible derrotar a un enemigo sin rostro.

Entre todo este desaliento y pavor ante lo que puede ocurrir, solo nos queda mirar hacia Chile y a Boric y esperar con firmeza que si permanecemos unidos sí se abrirán las grandes alamedas por donde pasen el hombre y la mujer libres para construir una sociedad mejor.