Otras miradas

¿A quién podemos llorar?

Alicia Valdés

Politóloga y doctora en Humanidades

Refugiados ucranianos aguardan en el camping Arcoiris de la localidad madrileña de Boadilla del Monte este miércoles a que se le asigne una familia de acogida, tras llegar en autocar junto a otros compatriotas. EFE/Rodrigo Jiménez

Alexander Kluge dijo que la esfera pública es ese espacio en el que las batallas tienen lugar por medios diferentes a la guerra. Europa se había situado en ese espacio, al menos teóricamente, en las últimas décadas. Y digo teóricamente porque las batallas que se producen a través de la guerra, y en las que Europa jugaba la partida, habían sido expulsadas de la esfera pública europea. Estas batallas ocurrían y siguen ocurriendo en países de otros continentes en los que Europa continúa defendiendo intereses geoestratégicos o tapándose los ojos ante la muerte de aquel que no forma parte de su esfera pública.

Una de las estrategias que había desarrollado Europa para expulsar la muerte del Otro de la esfera pública fue lo que se denomina el periodismo incorporado. Esta práctica, que ya se encontraba extendida en las informaciones sobre acciones militares estadounidenses, limita el campo visual de la guerra —las imágenes de la destrucción y la muerte— gobernando así la apariencia de la esfera pública. En este sentido, Europa juega ahora al periodismo incorporado desde una lógica diferente. Una lógica que busca ordenar un campo visual que ilustre cómo la supuesta esfera pública pacifista de Europa se ve amenazada por Rusia, a la vez que elimina las imágenes de los resultados, las incursiones y militares y la venta de armas a conflictos en otros territorios por parte de Europa. Pero ¿por qué esta necesidad de la regulación del campo visual e informativo? La clara denuncia del movimiento antirracista en el contexto de la guerra de Ucrania es el trato desigual que reciben las víctimas de diferentes conflictos.

Este trato desigual se apoya en lógicas racistas que atribuyen de manera desigual el derecho a vivir entre las poblaciones. Judith Butler ha trabajado de manera extensa la distribución desigual de lo que ella denomina la capacidad de una vida de ser vivida. En este sentido, solo las vidas que merecen la pena ser vividas son aquellas que también merecen ser lloradas una vez terminan o son aniquiladas. Lo que está ilustrando la presencia de imágenes de la devastación del conflicto entre Ucrania y Rusia en los medios es que esa distribución desigual del estatus de la vida responde a lógicas racistas en las que las vidas blancas son vivibles y dignas de duelo mientras las vidas no blancas no lo son.

Aime Cesaire, quien acuñó el concepto de negritud, apuntaba en su Discurso Sobre el Colonialismo, cuál fue el acto que llevó al mundo blanco a actuar contra Hitler: "Lo que el muy cristiano burgués del siglo XX no perdona a Hitler no es el crimen como tal, no es la humillación del hombre como tal, es el crimen contra el hombre blanco [...] por haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas, que hasta entonces solo se destinaban a los árabes, a los coolies de la India y a los negros de África". Los paralelismos que se están estableciendo entre Hitler y Putin en los mensajes de protestas, así como en los medios de comunicación, nos pueden ayudar a entender la vigencia de la crítica de Europa al crimen contra el sujeto blanco. Mientras diferentes guerras tienen lugar a lo largo del globo, solo una desafía el ordenamiento de la esfera pública europea, solo una de ellas pretende incluir la guerra como medio para la batalla entre la población europea. El enemigo es Putin.

Las vidas que merecen ser lloradas son aquellas que pueden habitar la esfera pública de la blanquitud. Pero no solo la guerra es destinada a la vida no blanca, la discriminación de personas no blancas de los mecanismos de asilo y refugio que se establecen para la ciudadanía ucraniana blanca ilustra cómo no es el estatus de ciudadanía o la nacionalidad lo que convierte a sujeto en un sujeto de la esfera pública europea. Es una cuestión étnica. Un ejemplo claro es la discriminación que está sufriendo la comunidad gitana en refugios moldavos, como ya ha denunciado el European Roman Rights Centre (ERCC). Algo que, como señalan desde el ERCC, va en contra de la resolución europea del pasado 4 de marzo en la que se insta a la relajación de los controles fronterizos en relación  a la ausencia de documentación por parte de personas refugiadas.

La regulación del campo visual e informativo responde entonces a la necesidad de mantener la otredad a través del componente étnico. El blanco no puede ser aniquilado, pero sí puede serlo aquel que no lo es, tanto si es dentro del territorio que supone la esfera pública, como si no, porque Europa no puede permitir que su acción militar se considere del mismo nivel o maldad que la de Rusia.

La segregación denunciada, así como la cantidad desigual que recibimos de imágenes de los resultados de las diferentes guerras que ocurren coetáneamente regulando así nuestra esfera pública de manera eurocéntrica y racista, demuestra que la configuración de la regulación del campo visual e informativo está políticamente saturada y no es ajena a las jerarquías. Una vez más, las palabras de Aime Cesaire,"lo grave es que ‘Europa’ es moral y espiritualmente indefendible", siguen, en muchos sentidos, vigentes.