Otras miradas

La guerra de Ucrania, Sánchez y Feijóo: una vuelta a la certidumbre

Alejandro Solís Rodríguez

Politólogo

Sánchez y Feijóo coinciden en un acto homenaje al pueblo de La Palma.- J. Hellín. POOL / Europa Press

Desde que se celebraron las elecciones autonómicas de Castilla y León, el sistema político en España –y en toda Europa– está experimentando una serie de cambios que, aunque se deben a una sucesión de acontecimientos que deberían ser extraordinarios, estos ocurren a una velocidad de vértigo y están alterando el statu quo hasta ahora imperante de manera radical. No sólo ha tenido lugar, producto de una batalla pública descarnada entre Ayuso y Casado, la implosión del principal partido de la oposición, que más tarde se ha solucionado con un cambio de liderazgo exprés entre el Casado y Feijóo, sino que, además, la última semana de febrero, Rusia comenzaba, ante la incredulidad de Europa, una invasión sobre Ucrania. De nuevo, la incertidumbre.

Mientras tanto, la publicación del barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) correspondiente al mes de febrero dejaba un amargo sabor de boca para el análisis político, puesto que la fecha de campo de la encuesta terminó el día anterior a las elecciones de Castilla y León, de manera que no recogía ni sus efectos ni los de la crisis interna que se estaba produciendo en el seno del PP. Sin embargo, la virtud de esta encuesta es que puede entenderse como el punto de partida a partir del cual analizar los cambios que se han venido produciendo posteriormente.

Por un lado, la caída de Casado planteaba un interrogante del que dependía el futuro próximo de su partido: ¿quién es la mejor opción para ocupar el liderazgo nacional del PP, Isabel Díaz Ayuso, por su capacidad de frenar el crecimiento de VOX –tal y como demostró en las elecciones a la Comunidad de Madrid durante el pasado año–, o Alberto Núñez Feijóo, por su, a priori, carácter moderado, capaz de centrar al PP y situarlo de nuevo como un ‘partido de Gobierno’? Por otro lado, la guerra de Ucrania y la polémica en Unidas Podemos por el envío de armas a este país ha provocado una más que palpable división entre su electorado y, además, entre sus dirigentes, con Yolanda Díaz o Alberto Garzón del lado del presidente del Gobierno, e Ione Belarra –y el propio Pablo Iglesias– liderando la oposición a ese envío. Mientras tanto, Pedro Sánchez se encontraba en Europa, liderando la respuesta a la guerra de Ucrania de la mano del resto de líderes europeos.

Sin embargo, todas estas incógnitas se han disipado con la publicación, esta última semana, del barómetro del CIS correspondiente al mes de marzo. La encuesta, esta vez sí, recoge los efectos no sólo de las elecciones de Castilla y León, sino de la crisis interna del PP y el posterior cambio de liderazgo entre Casado y Feijóo, así como de la guerra de Ucrania. Ahora bien, más allá de sus efectos sobre la intención de voto de uno u otro partido político, lo realmente interesante se encuentra en la preferencia para ocupar la Presidencia del Gobierno.

En un contexto político donde los liderazgos cuentan con cada vez más importancia, prestar atención a cómo se distribuye esta preferencia en función de la autoubicación ideológica nos da una pista de la fuerza de cada uno de los candidatos y su capacidad para convencer más allá de sus tradicionales fronteras ideológicas.

Por ejemplo, durante el mes de febrero, antes de que todo esto ocurriera, Yolanda Díaz era la líder preferida para quiénes se ubicaban en las posiciones 2 y 3, disputando, de esta manera, una parte importante del electorado del PSOE y superando a Pedro Sánchez por más de 10 puntos en ambas posiciones. Además, hasta el propio Errejón conseguía cifras cercanas al 10%. Sin embargo, Sánchez se mantenía en cabeza en las posiciones 1 y 4. Asimismo, Santiago Abascal era el líder indiscutible entre la extrema derecha, superando por un margen muy importante a Pablo Casado en las posiciones 9 y 10 y acercándose peligrosamente a este en las posiciones de centroderecha.

Mientras tanto, en las posiciones centrales, quién se encontraba en cabeza no era ni Sánchez ni Casado, sino la opción «Ninguno/a de ellos/as», es decir, la desafección política. Curiosamente, el centro político, donde se encuentra el mayor número de votantes en nuestro país, no encuentra un líder que lo represente por completo, sino que, en función de las diferentes afinidades, hasta Inés Arrimadas aparece como la líder preferida de un 9% para ser la presidenta del Gobierno.

En definitiva, un retrato de un momento político que, apenas unas semanas más tarde, ha cambiado drásticamente: una izquierda que no termina de decidirse entre Díaz y Sánchez, un centro político que sucumbe cada vez más a la desafección política y una derecha en la que Abascal se hace cada vez más fuerte entre las posiciones de centroderecha a costa de Casado. Sin embargo, esta última semana se han disipado algunas de estas dudas.

La guerra de Ucrania, junto con la pugna en Unidas Podemos por el envío de armas, han encumbrado a Sánchez, quién ha vuelto a ser el preferido por una mayoría de los españoles –ha pasado de ser el preferido para un 20% del electorado hasta alcanzar el 26%– y, especialmente, por la izquierda. Esto se produce a costa de una Yolanda Díaz que, en total, ha caído del 19% al 10%. Únicamente entre quiénes se ubican en la segunda posición sigue siendo Díaz la opción preferida, aunque con una caída de 12 puntos entre un mes y otro. Ahora bien, no sólo sigue siendo la líder política mejor valorada, sino que además su valoración ha crecido notablemente.

Además, hasta el propio Íñigo Errejón, que cosechaba simpatías entre una pequeña, pero importante, parte de la izquierda, ha desaparecido por completo como opción preferida para ser presidente del Gobierno. Cuando la incertidumbre se convierte en la norma, la división que ha sometido al espacio de Unidas Podemos tiene un precio y el PSOE, máximo exponente de la estabilidad en la izquierda, ha provocado una vuelta al redil de quiénes hace unos meses empezaban a ver con buenos ojos a Yolanda Díaz y su proyecto aún por nacer.

 

Al otro lado del espectro ideológico, no sólo Casado ha sido sustituido por Alberto Núñez Feijóo, sino que también ha irrumpido con fuerza Isabel Díaz Ayuso. Ahora bien, esto no ha supuesto un retroceso en la preferencia para situarse al frente de la Presidencia del Gobierno de ninguno de los dos líderes del PP, sino todo lo contrario. Por sí mismo, Feijóo es capaz de superar a Casado –situándose, muchos meses después, el líder del PP en segunda posición– con un 11,7% y, junto a Ayuso, arrinconar a VOX donde se encontraba hace ya muchos meses: en las posiciones de la extrema derecha.

Ambos están consiguiendo algo que Casado había dejado de lograr hace ya más de un año. Entre quiénes se ubican en el 6, una posición tradicional de centroderecha, durante muchos meses la opción ganadora había sido «Ninguno/a de ellos/as». Sin embargo, la llegada de Feijóo ha cambiado esto, siendo él la opción preferida y, junto a Ayuso, logrando que más de un 30% de esos votantes prefieran que sea un líder del PP quién alcance la Presidencia del Gobierno. Además, igual que le ocurría a Errejón, la irrupción de ambos ha hecho desaparecer por completo a Arrimadas, lo que podría suponer la desaparición más que definitiva de su partido.

No sólo esto, sino que, en conjunto, han conseguido que Abascal sólo sea el ganador entre quienes se ubican en el 9. La conjunción de ambos líderes, un Feijóo que obtiene su valor de preferencia más alto en el 6 –y es el preferido para los votantes del PP– y una Ayuso que lo hace en el 8 –siendo, por detrás de Abascal, la preferida para los votantes de VOX–, permitiría combatir a VOX sin, en teoría, perder el centro, un lugar necesario para llegar al Gobierno. Ahora bien, ¿hasta qué punto serán capaces ambos líderes de cooperar juntos en un proyecto que Feijóo aún no ha terminado de definir?

En definitiva, estos datos representan un momento político muy concreto, con la incertidumbre de la guerra de Ucrania aún presente, las ascuas de la pugna de Unidas Podemos aún vivas, la ilusión de un electorado de derechas en sus máximos niveles por un proyecto que aún no se ha terminado de concretar y, lo más importante, los efectos de esta nueva crisis aún por definirse. Los próximos meses determinarán si esto se traduce en un cambio de tendencia o aún hay espacio para articular una respuesta progresista y democrática a la crisis económica y la desafección política. Hay mucho en juego durante los próximos meses.