Otras miradas

Pacifismo y resistencia

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Un hombre con un cartel de 'No a la guerra', en la manifestación por la insumisión a todas la guerras, en la plaza del Callao, a 8 de abril de 2022, en Madrid (España).- Fernando Sánchez / Europa Press

En la actual guerra en Ucrania confluyen dos procesos que interaccionan entre sí, tal como he explicado en el reciente artículo "¿Un frente común atlantista?": una agresión imperialista de Rusia a Ucrania y una confrontación de bloques político-militares. De ello se deriva una doble actitud democrática: apoyar la resistencia ucrania frente a la invasión rusa y evitar la escalada belicista por la preponderancia estratégica de ambos bloques militares. El pacifismo se combina con la resistencia de un país soberano agredido. Una gran mayoría social comparte esos dos criterios; en particular, la mitad de la población rechaza el incremento del gasto militar aprobado por la OTAN, con amplias mayorías entre los electorados de las formaciones de izquierdas y nacionalistas que apoyan al Gobierno de coalición.

Existe una gran ventaja militar y económica de Europa y EE.UU., por separado y todavía más juntos, respecto de las capacidades de Rusia. Así, el gasto militar europeo es cuatro veces superior al de Rusia y el de la OTAN 15 veces; o sea, Europa no necesita su rearme para garantizar su seguridad. Es un asunto clave que expresa la limitada legitimidad social de una dinámica de militarización aprobada por la cúpula de la OTAN.

En el plano económico, el PIB de la UE (sin ya el Reino Unido y con el triple de población) es más de 10 veces superior al de Rusia, y el de EE.UU. (con más del doble de población) casi 14 veces más. Si lo medimos en términos de renta por habitante (indicador del nivel de vida y consumo) tenemos que en relación con la de Rusia, la de EE.UU. se multiplica por siete y la de la UE por algo más de tres. Incluso comparando con España, con la tercera parte de población que Rusia, tiene un PIB cercano al suyo (solo un 15% inferior al ruso, que es similar al de Italia), lo que supone que nuestra renta por habitante es 2,6 veces la de Rusia.

El expansionismo imperialista ruso (a diferencia del eje nazi-fascista-japonés a finales de los años treinta) no es capaz (ni se lo plantea) de doblegar a Occidente, por mucho que encuentre aliados en la ultraderecha europea y el trumpismo estadounidense, ejerza un influjo sociocultural conservador y misógino y desarrolle su intervencionismo prepotente en su periferia territorial o lo que considera su área de influencia y seguridad.

Dicho de otra forma, los riesgos de involución autoritaria en Europa (y EE.UU. y el resto del mundo), no vienen tanto de la influencia del autoritarismo del Régimen ruso, sino de las dinámicas de las propias derechas extremas (desde el trumpismo a la ultraderecha francesa de Le Pen o la española de Vox, pasando por los Gobiernos derechistas de Polonia y Hungría). En el contexto de fuerte crisis socioeconómica y de hegemonía sociocultural neoliberal-conservadora, se ha producido cierta convergencia de valores reaccionarios con el ultraconservadurismo imperial ruso, cuya alianza ahora se resquebraja por distintos intereses nacionales.

Soberanía frente a intervencionismo

Aunque las guerras son siempre un fracaso colectivo, algunas son legítimas. El sentido de la soberanía nacional y la integridad territorial, desde mi punto de vista, es un principio positivo frente al intervencionismo militar, desde hace varios siglos.

No obstante, en estas décadas, en múltiples ocasiones, ha aparecido subordinado al interés estratégico fundamental de EE.UU.: la primacía de su poder y capacidad de control mundial; o dicho de otra forma, la prioridad de su propia soberanía (su interés de Estado) cuando entra en conflicto con otras. Supone una concepción nacionalista expansionista y prepotente (imperialista), normalmente escondida o combinada con discursos universales más o menos abstractos, a efectos de buscar legitimación social. Y Rusia lo imita en su área de influencia.

El rechazo cívico a la invasión imperial de Rusia a Ucrania tiene una causa justa, compartida con la OTAN, pero esa guerra también constituye un pretexto para su rearme, la militarización de los conflictos político-económicos a nivel mundial y la primacía de EE.UU. Son consecuencias quizá no previstas o no queridas por el régimen ruso, pero que aceleran la carrera armamentista y el riesgo de generalización y prolongación de la guerra.

Esa lógica intervencionista militarista por la primacía de la propia seguridad y dominio (y soberanía) de las grandes potencias (EE.UU. y Rusia) resta capacidad soberana a las demás naciones subordinadas. Así, en nuestro bloque occidental, se permite atentar a su integridad territorial en función de la ‘seguridad’ de EE. UU. (y la OTAN), que conlleva el control de recursos económicos y posiciones estratégicas frente a los adversarios geopolíticos (China, Rusia, el arco de la crisis africano-asiático-musulmán…) y ante la dispersión del orden mundial bajo su hegemonía.

La actitud por la paz

La cultura pacifista está enraizada en una experiencia sociopolítica fundamental, en España y Europa, en particular en los años ochenta, con la amplia movilización cívica contra la entrada en la OTAN y por el desarme nuclear, objetivos apoyados por el 43% de votantes (referéndum de 1986). A partir de ella, que todavía pervive, y considerando la nueva situación, se puede profundizar en las posibilidades de un alto el fuego inmediato en la guerra en Ucrania y avanzar en una estrategia realista, ambiciosa y justa por la paz.

Para una resolución pacífica del conflicto se deben combinar tres factores complejos, imprescindibles: la legitimidad de la población y el consenso de su diversa representación institucional, con unos procedimientos mínimos de consulta democrática; la solución negociada de una realidad plural con la flexibilidad de una articulación abierta de la soberanía política, y una visión realista y equilibrada de las relaciones de poder, garantías de seguridad mutua e influencia geopolítica y estratégica.

Ese es el problema principal no resuelto, ya que los que tienen ventajas comparativas en algunos terrenos (como el militar en el caso de EE.UU.) están prestos a utilizar sus fortalezas para reequilibrar sus desventajas o debilidades en el campo sociodemográfico o económico. Es la fuente estructural de la violencia militar, por encima de la voluntad cívica de las mayorías sociales expresadas libremente con criterios universales de justicia social, resolución pacífica y negociada de los conflictos y criterios éticos basados en los derechos humanos.

Pero esta orientación susceptible de tener un amplio apoyo cívico se contrapone, al menos por ahora, con la dinámica principal que predomina en los grandes bloques político-estratégicos, empezando por la OTAN y continuando por Rusia.

La cuestión internacional se liga con la cuestión social, incluidas unas relaciones igualitarias en todas las estructuras sociales, culturales y económico-laborales, y con la democracia, como participación y regulación de la vida pública. Las tres están interrelacionadas y su adecuada combinación es la base del bien común y el bienestar colectivo.

Por tanto, estamos ante una bifurcación histórica que puede reforzar o no esta dinámica de militarización y preparación para la guerra como medio de abordar los reequilibrios mundiales, en particular entre EE.UU. (y UE) y China (y Rusia), mediando conflictos particulares y áreas de influencia.

En consecuencia, hay que analizar los dos planos interrelacionados. Por un lado, la oposición a la prepotente agresión rusa y el amparo al pueblo ucranio; por otro lado, la no subordinación a una dinámica militarista, que empeora las desigualdades y la vida de los pueblos y corrompe las democracias.

Una senda negociadora hacia el alto el fuego

Para establecer un camino negociador hacia el alto el fuego, hay que contemplar los dos planos. Por un lado, el del conflicto estratégico y geopolítico duradero, con una dinámica multipolar y una polarización entre el privilegio estadounidense de su primacía político-militar mundial y las aspiraciones imperiales rusas. Por otro lado, la guerra concreta en Ucrania, condicionada por ello pero con una dinámica propia que posibilita apostar por un alto el fuego o una tregua relativa, que es el objetivo inmediato, y poner otras bases europeas de seguridad colectiva.

No son muy adecuadas las posiciones cerradas, intransigentes y maximalistas, revestidas de discursos ultranacionalistas excluyentes. Para negociar, la actitud tiene que ser profundamente democrática y respetuosa, con un mínimo acuerdo para garantizar su perdurabilidad, al menos a medio plazo, y asegurar una tregua prolongada del conflicto armado que tanta destrucción y dolor está creando a la población civil.

Hay dos realidades extremas poco probables: la desaparición del actual Estado ucranio o la derrota del ejército ruso, con su expulsión de Ucrania (incluido Crimea y el Donbás), en ambos casos con un cambio de régimen. La tentación de ambas partes es la prolongación de la lucha militar, con la agudización del conflicto, para conseguir mayores ventajas negociadoras en esos tres ámbitos. Se trataría de debilitar más al adversario a medio y largo plazo, con la esperanza de volver a imponer una negociación más ventajosa tras la acumulación de mayores fuerzas militares y desgastes político-económicos por cada bloque respectivo.

La peor opción es la perspectiva de la continuación de la guerra hasta la (supuesta) victoria final, aun con la creencia de cada parte de tenerla a mano, y cuyo contorno no se precisa y conlleva riesgos impredecibles y graves consecuencias colectivas. La menos mala es el alto el fuego pactado. No supone resignación, sino realismo con concesiones mutuas, condiciones aceptables y cierta legitimidad popular.

Por parte rusa parece que se renuncia a ocupar Ucrania o destruir su régimen político. Por parte del Gobierno ucranio se renuncia a su incorporación a la OTAN. Habrá que precisar un sistema de seguridad colectivo para ambos y la cuestión de la territorialidad de Crimea y el Donbás, con un estatus especial volviendo a empezar desde los tratados de Minsk y la nueva situación fáctica del control territorial.

En definitiva, habrá que reconfigurar e interrelacionar los conceptos de soberanía y de seguridad colectiva, con una deseable perspectiva de desmilitarización y dilución de bloques militares, en un orden socioeconómico más justo. Todo ello ayudaría a las fuerzas progresistas a precisar una alternativa por la paz (y la seguridad) que sea ambiciosa, realista y legítima socialmente.