Otras miradas

'First class': la reproducción social al desnudo

Nagua Alba

Psicóloga. Ex diputada en el Congreso

'First Class', el nuevo reality de Netflix.

Tengo un placer culpable, aunque sospecho que compartido por un gran número de personas: me encantan las series protagonizadas por gente rica cuya vida nunca tendré (y en realidad tampoco deseo tener). Cuando era adolescente, quedaba con un amiga puntualmente cada semana para devorar el último capítulo de Gossip Girl, sufrir con los dramas de sus protagonistas y soñar con llevar el pelo largo y rubio y vivir en un hotel. Desde entonces no he dejado de hacerlo, consumo insaciablemente ficciones que van desde The Crown a Succession, que si bien representan realidades muy diversas, comparten un eje central: la ostentación de la riqueza.

Por eso me sorprendí tanto al empezar a ver el reality First Class. Nada más darle al play me di cuenta de que era absolutamente incapaz de utilizarlo como mecanismo de evasión, no podía viajar a su mundo ni empatizar con sus protagonistas. Con esto no quiero decir que la serie me dejara fría, más bien lo contrario, según avanzaba el primer episodio me iba llenando de odio, un odio puro y efervescente. Cada minuto de fiestas, moda y monólogos a la cámara me resultaba más ofensivo. El cúmulo de sensaciones que tuve al verlo podría resumirse en un sencillo sintagma: putos pijos.

Al principio pensé que lo que me pasaba es que me encontraba ante gente tan nítidamente despreciable que eso me impedía identificarme con ella, como decía Elizabeth Duval en su artículo al hilo de "Soy Giorgina" "nos enfrentamos a sujetos muy poco humanos." Pero luego me di cuenta de que en las ficciones que me gustan hay ricos de muchos tipos, desde los más nobles y con mayor sentido del deber como la reina de Iglaterra, hasta los más ruines como Roman Roy. Y yo aprendo a quererlos igualmente y a disfrutar de los momentos de evasión que me regalan sus mundos de lujo, drama, fiestas y caprichos.

Decía que mi consumo televisivo es un placer culpable, y en realidad mentía, no siento culpa ninguna. Reconozco la contradicción que habita en mí cuando envidio tímidamente la vida de lujo de Serena Van der Woodsen (aunque en realidad con no tener que elegir entre irme a cenar fuera un viernes o pagar el alquiler estaría más que satisfecha), pero viajar en mis fantasías a su pisazo del Upper East Side de vez en cuando me parece legítimo y no me juzgo por ello. Como hijos e hijas del capitalismo (y en mi caso además, de los 90) es perfectamente comprensible que no podamos evitar sucumbir de vez en cuando al aspiracionismo, y como firme defensora que soy de la frivolidad como herramienta de subversión, me niego a renunciar al placer que me genera comentar con mis amigas la última temporada de los Bridgerton. Pero esta vez no podía soportarlo.

Con la firme voluntad de descubrir por qué First Class despertaba en mí ese odio incontenible, seguí adelante y en el capítulo cuatro tuve una revelación cuando, conmovido, uno de sus protagonistas dice a cámara: "El poder tener sueños en cualquier momento de tu vida me ha parecido siempre maravilloso". Ahí estaba la clave, esto no era ficción.

Hace unas semanas, durante los exámenes de la EVAU, se hizo viral un vídeo en el que entrevistaban a estudiantes antes de entrar. Una chica respondía que estaba nerviosa porque para acceder a la carrera que quería necesitaba una nota media alta y por tanto se jugaba mucho en el examen. Mientras, otro reconocía estar tranquilo porque iba a ir a una privada y le bastaba con un simple aprobado. El debate que abrió ese reportaje es precisamente lo que First Class nos escupe a la cara: la meritocracia no existe, da igual lo que te esfuerces en la vida, esta gente puede tener sueños cuando le salga de la punta de sus zapatos de Gucci y tú, no. No hay sitio para el relato aspiracional aquí, no hay un Dan Humphrey que gracias a una beca puede estudiar con los ricos del Upper East Side y acabar siendo uno de ellos.

First Class nos muestra la verdad: naciste pobre y pobre te vas a morir. Y es que durante seis (a veces eternos, por la insoportable vergüenza ajena que provocan) episodios, somos testigo de cómo este grupo de amigos "crea sinergias". Una mañana te levantas con ganas de ser actriz y al día siguiente tu colega te presenta a un director de teatro "muy top" que te hace una audición. Tú haces el más absoluto de los ridículos recitando el monólogo de Escarlata O’Hara con ademanes de gorila borracho, pero eso es lo de menos. Otro día, te entran ganas de pintar "como los beatniks" y tu amigo te trae de París a "uno de los cuatro curadores de arte más potentes del mundo" para que te oriente y consigue un espacio donde exponer tus cuadros; tu obra no la entiende ni tu propia abuela, que dice que no pondría un cuadro tuyo en su casa, pero eso da igual. Otra vez, tu hijo adolescente decide que quiere ser modelo y le pides a tu conocido del club de tenis que le haga un huequito en el evento de moda que está organizando, el nene aparece ahí incómodo y mustio como una lechuga en sus shorts setenteros, pero qué más da. Porque solo hay una cosa que importa, y es que aunque seas una persona carente de talento y capacidad alguna, todo te va a salir bien. Pura reproducción social.

Y pienso que lo que nos cuenta el capitalismo que tenemos que hacer para que nos vaya bien en la vida es justo lo contrario de lo que hacen los ricos. Mientras nos dicen que la clave para vivir decentemente es matarnos a trabajar mientras le damos codazos a quien tenemos al lado, esta gente tiene pastel de sobra para repartirse, saben bien quiénes son los suyos, y que para perpetuarse necesitan apoyarse unos a otros. Sus sueños cumplidos los cargamos sobre nuestros hombros.

Quizá, el objetivo de Marta Torné con First Class era despertar en nosotros y nosotras la conciencia de clase que los pijos sí que tienen. En mi caso, ha tenido éxito.

 

Nagua Alba