Otras miradas

Los Antonios del Gran Poder

Víctor Sampedro Blanco

Catedrático de Comunicación Política en la URJC

Antonio Caño y Antonio García Ferreras

El programa Al rojo vivo era en realidad Podemos a la parrilla. Eso intuimos y escribimos aquí mismo, mientras se tramaba el Ferrerasgate. Entonces, Podemos transitaba "de la invisilidad a la sobre-exposición mediática". En otro texto tachábamos a sus líderes de émulos de San Lorenzo. Como el santo mártir, que murió en una barbacoa de infieles, acudían al programa de Antonio García Ferrras y le pedían que les diese otra vuelta en la parrilla televisiva de La Sexta. Mientras adquirían visibilidad, quemaban su imagen pública bajo los focos.

El autoproclamado periodismo rojo ejerce de trituradora de la imaginación y la innovación políticas desde hace décadas. Continúa así la función de la Prensa franquista y la de una Cultura de la Transición marcada por la falta de la principal virtud de la Prensa democrática: ser una plataforma de contrapoder veraz y plural. Los regímenes no son equiparables, pero la continuidad de tareas al servicio del "Gran Poder" resultan evidentes.

Haber frenado la expansión de Podemos no es menos grave que haber impedido que floreciese una democracia cristiana digna de dichos sustantivos y adjetivos. O que brotase un partido verde o liberal al uso en Europa. En cambio, la Prensa progre plantó y cosechó los réditos de una (in)cultura periodística ajena a un protocolo y unos estándares profesionales mínimos. Incapaz, pues, de distinguir el libelo de la noticia y al informador del propagandista. Al servicio, entonces, de quien manda y costea sus servicios.

Atribuir a Ferreras el fracaso de (Unidas)Podemos es una exageración que exime a sus equipos de carencias evidentes. Incurrir en el victimismos tampoco exime a sus dirigentes de haber cometido innegables - y reiterados - errores políticos y comunicativos. El peor, un rasgo endémico de la izquierda: dedicar más energías a trifulcas y purgas internas que a minar a sus oponentes. Al fin, acometen esta tarea en el campo mediático.

Pero Ferreras no está solo. Cuenta con las asociaciones de la prensa: los últimos sindicatos únicos de estirpe franquista que siguen en pie. Reúnen a directivos, altos cargos, redactores y becarios. Pretendiendo defender a los trabajadores, son la voz de sus amos. La directora de este medio solicitó su baja, precisamente, por los hechos que nos ocupan: "No me siento representada por una asociación que otorga el premio al mejor periodista del año a una persona que ha publicado una información cuando menos cuestionable, proveniente de fuentes integradas en la estructura que montaron los mandos de Interior del anterior Gobierno del PP - la llamada policía política/patriótica- para perseguir a rivales del dicho partido, tal y como concluyó la propia comisión de investigación del Congreso de los Diputados, cerrada en julio de 2017." Un honor y un orgullo, pues, poderles escribir desde este negociado de servicio "público".

Al hilo del Ferrerasgate, las asociaciones de la prensa equipararon la crítica de conductas "periodísticas" con amenazas a la libertad de información. Aún bien que los sindicatos de periodistas –espoleados por los de Euskadi y Cataluña– tacharon esas prácticas de "intolerables", salvaron, así, la cara y la dignidad de este oficio. Y queda claro, una vez más, que la regeneración -política y comunicativa- pasa por las periferias; entendidas en un sentido amplio.

Las pruebas del Ferrerasgate se publicaron en una web, Crónica Libre, creada ex-profeso por Patricia López. La veracidad de su trabajo y de un puñado más de compañeras ha sido confirmada por la nula y fraudulenta rendición de cuentas de los implicados. Su impunidad – deontológica, ante la moral pública, los representantes políticos y los tribunales -  evidencia su enorme poder. Correlativo a la magnitud de los poderes a los que sirven.

La mayor carencia del debate sobre el Ferrerasgate es que ni se reconocen hechos incontestables ni se les llama por su nombre. Tal como aparece en los audios, en el complot contra Podemos participaron un abogado de narcotraficantes al servicio de la Agencia para el Control de Drogas de EEUU, opositores venezolanos y comisarios que provienen del franquismo. Estos últimos combatieron a la oposición democrática, luego a la izquierda abertzale y acabaron como jefes de seguridad del IBEX. En  buena lógica y en tiempos más recientes, participaron en una guerra sucia - mediática, judicial y parlamentaria – contra quienes amenazaban el bipartidismo - (Unidas) Podemos – y la integridad territorial – el independentismo catalán -. Son, junto a la Corona – ahora la mencionaremos – los pilares del Estado.

El debate exculpatorio, irresponsable y cínico que ha desatado el Ferrerasgate no solo evidencia la gran mordaza mediática, que justifica los cerrojos institucionales que blindan el Reino de España. Representa una soga al cuello para unos profesionales que carecen de modelo de negocio y que antes han perdido la credibilidad.

"Uno de cada tres españoles no tiene interés ni se fía de las noticias." Si lo dicen la Universidad de Navarra y Oxford, será que es cierto. Pero ante este panorama se esbozan excusas, porque precisadas caerían por su propio peso. Surgen críticas milongueras de otros muchos. ¡Quién lo hubiera dicho de Jordi Évole! Y se instala un clamoroso silencio en la inmensa mayoría de medios. Cuanto más grandes, más callan. Faltando suscriptores y carteras de publicidad que sostengan la independencia de los periodistas, "los grandes" actúan como portavoces del "Gran Poder" que los sostiene en antena y en los quioscos.

Jesús de Polanco, el oligarca mediático que fundó PRISA, fue bautizado como Jesús del Gran Poder. Movía las manos invisibles del mercado y sus medios fueron – siguen siendo - los brazos (des)informativos del turnismo bipartidista y la impunidad borbónica. El País y la Ser – Canal Plus, mientras duró - cimentaron la restauración monárquica y el duopolio PSOE-PP con sus agendas y silencios. Nada crecía a su izquierda. Nada brotaba a su derecha ni en el centro. Hasta que las malas yerbas de la corrupción dominaron aquel progresivo erial.

Luego, cuando las calles clamaron "PSOE-PP, la misma m***** es" e impugnaron el juego trucado, el tongo continuo, la connivencia insoportable... La Sexta se vistió de roja indignada para vampirizar la energía del 15M. Aupó entonces nuevos hiperliderazgos partidarios, desvinculándolos del tejido social, y avivó luchas intestinas. Bien se cuidó de no fomentar nuevos sindicalismos ni movilizaciones sociales. Ni otra intelectualidad que politólogos electorales. Porque de eso se trataba. No repartir ni una migaja del "pan para tanto chorizo". Y gestionar las urnas a mayor gloria de los grandes charcuteros.

Nada personal ni ideológico. Es el negocio. Descabalgar la figura pública que has aupado resulta doblemente lucrativo. Ganas audiencia entre nuevos seguidores cuando creas ese liderazgo. Y la aumentas, sumándoles a los detractores, cuando lo destruyes. Así que en Al Rojo Vivo se cocinaban bulos al medio día. Se cenaban en La Sexta Noche. Y Newtral certificaba la salubridad del menú; aumentando, en cambio, su toxicidad. Porque no existe un solo estudio que demuestre que el fact checking sirva para otra cosa que para realimentar la agenda de los intoxicadores y para reafirmar los prejuicios de los intoxicados.

Encima, todo quedaba en casa. En la de Atresmedia y en la familiar. Ya saben, la Familia asegura enormes réditos. Y, por otra parte, nada más lucrativo que hacer periodismo de dossieres oficiales. Nada más barato que precarizar becarios, convertir a los periodistas en documentalistas y hacerlos pasar por informadores. El culmen del periodismo de despacho, complementario de los gabinetes de prensa – que no redacciones - que emiten despachos oficiales.

El papel de los periodistas y capos informativos en estas cloacas/cimientos del Estado no tiene excusa. Transmiten mentiras a sabiendas. Y si siguen en pantalla es porque no hacen información. Es otra cosa: relaciones públicas y marketing electoral. Quienes se ocupan de estas labores no sirven al público. Desconocen que el periodismo es un servicio (al bien) público o no lo es. Atrapan audiencias en un círculo que se realimenta. Empantallan, sin aportar conocimiento. Crean realidades paralelas que solo se remiten a sí mismas. Adulteran el debate político y social, convirtiéndolo en adictivo.

"Atención", grita Ferreras, espasmódica e intermitentemente. Mientras extiende sus brazos y atrapa globos oculares. Los secuestra. Y, entonces, dirige la atención pública a mayor gloria de quienes mandan en la economía y la política. Todo un juego de espejos y espejismos. Se recoge el infundio de un medio digital mercenario, a sueldo de la (ultra)derecha. Sus tesis se convierten en punto de partida de un debate desquiciado. Y la gran pantalla televisiva – divida en dos oligopolios - valida lo que la Alt-Right patria, la (ultra)derecha digital emite en formato pequeño.

Los propagandistas más ladinos, como el ahora desnudado, emiten publicidad negra. Disfrazan sus intenciones persuasivas, ocultan sus financiadores y destruyen la reputación de las marcas – siglas electorales – competidoras por cualquier medio - nunca mejor dicho -. En última instancia, estos presstitutos chulean al público, vendiéndoselo al mejor postor. Les habrá sorprendido la dureza del término. Pero no se rehuye en el contexto anglosajón. Allí donde las pulsiones independentistas se dirimen en las urnas y el terrorismo se desarma con policías que rinden cuentas y con diálogo social.

Vamos acabando. El título habla de Antonios, en plural. Incluye a Antonio Caño, ex-director de El País. Había precedido a Ferreras reconociendo que "su" diario hizo lo posible – más bien, lo imposible e intolerable - para que no cuajase un pacto entre PSOE y Unidas Podemos.  Afirmó que la línea editorial era patrimonio del medio y que este era libre de sostener la que escogiese. Faltaría más. Pero, señores Antonios, los hechos son sagrados. Y editorializar las noticias - ya no digamos inventarlas y dar pábulo a la mentira - es prostituir el pacto de veracidad con el público. No se merecen ustedes el que tienen.