Otras miradas

Normalizar el racismo

Miquel Ramos

Agentes de la Guardia Civil vigilan una concentración de vecinos en el municipio jiennense de Peal de Becerro en repulsa por el homicidio de un vecino.
SUBDELEGACIÓN DEL GOBIERNO EN JA (EUROPA PRESS)

Coches volcados, casas en llamas y masas enfurecidas en las calles de la localidad jienense de Peal de Becerro. Un joven de 29 años ha sido asesinado, y un grupo de vecinos cree que les toca a ellos hacer justicia atacando a las familias gitanas, a sus vecinos. Todos deben pagar lo que una persona ha hecho. Una vez más. Inevitablemente, estas imágenes nos recuerdan a los pogromos de El Ejido y Ca n’Anglada hace justo veinte años, cuando hordas incontroladas se dedicaron a apalear a sus vecinos de origen magrebí y a incendiar sus casas, sus tiendas y sus mezquitas.

Me ha costado encontrar esta noticia en las portadas de los principales medios. Es mucho más fácil tropezarse con Victoria Federica en un periódico que con las denuncias de las asociaciones gitanas sobre esta nueva cacería racista. Nada nuevo. Los pogromos en nuestra historia reciente se suelen enmarcar en una suerte de ‘indignación vecinal’ que omiten el componente racista obvio de hacer pagar a toda una comunidad los pecados de un individuo. Y con el pueblo gitano, lamentablemente, este país tiene una larga experiencia. Manuel Ángel Río recordaba en un artículo en CTXT de 2016 los casos anteriores de Martos y Mancha Real, y alertaba que, ‘por donde trotan las marchas etnicistas tarda en crecer la yerba’. No se equivocaba. Lo estamos volviendo a ver.

Solo hay que echar un vistazo a las redes sociales estos días y a los comentarios que hacen referencia al suceso, para comprobar cómo de frágil es la supuesta coraza que nos protege del odio y del racismo, incluso la de aquellos que se consideran progresistas. Cómo los viejos tópicos y prejuicios reaparecen, incluso bajo el clásico ‘yo no soy racista pero’. La Federación de Asociaciones de Mujeres Gitanas FAKALI, anunciaba en sus redes que ha interpuesto una denuncia ante la Fiscalía de Delitos de Odio de Jaén contra quienes atacaron las viviendas y los bienes de varias familias gitanas, así como por los discursos de odio racista en redes sociales que han acompañado estos días las noticias sobre los sucesos.

Hace también veinte años, los medios no hablaron de un adolescente asesinado. Hablaron de un angoleño. De un joven negro. Pero aquel chaval de 16 años tenía nombre. Se llamaba Ndombele Augusto Domingos y fue asesinado a puñaladas a las puertas de una discoteca de Costa Polvoranca, en 2002 en Alcorcón. El pasado miércoles, un parque de la localidad adoptó su nombre, y decenas de personas se congregaron allí para recordarlo y para arropar a su familia. Los medios de comunicación pasaron entonces de puntillas sobre el caso, e incluso sugerían que la víctima podría pertenecer a alguna banda. Nada de eso era cierto. El jurado popular absolvió al acusado. Pasarían varios años hasta que, tras conseguir reabrir el caso, el asesino sería condenado. Pero no se consideró un crimen racista, a pesar de que una testigo afirmó durante el juicio que, tras apuñalar a Ndombele, el asesino se jactó de que "había matado a un negro". Nadie salió a quemar la casa del asesino, ni la de sus vecinos. Ni culpó a los blancos.

El jueves, muchos compañeros como Lucía Mbomío, que recuerda perfectamente el crimen y que ha sido una de las impulsoras de este homenaje, llenaron el parque y recordaron lo mucho que sufrieron entonces y lo mucho que queda todavía por hacer. Lo comentamos al día siguiente Lucía, Magdalena, hermana de Ndombele y yo en La Ventana, en la Cadena SER, donde escuchamos varios fragmentos del acto y reflexionamos sobre el racismo a lo largo de estos últimos veinte años.

No fue ni el primer ni el último crimen de odio de aquellos años. El recuerdo de Lucrecia Pérez, la mujer dominicana asesinada a tiros por un comando neonazi diez años antes resonaba entre los presentes. También el nombre de Richard, un joven antifascista que en mayo de 1995 también fue víctima de los neonazis a escasos metros de donde siete años después asesinarían a Ndombele. Fueron años duros, de cacerías neonazis constantes, de relatos equidistantes, de dolor, rabia y soledad, a los que se enfrentaron las comunidades que se veían siempre en el punto de mira: migrantes, negros, homosexuales, gitanos, árabes... Y quienes se enfrentaban a los nazis, claro. Los antifascistas, que también eran atacados y asesinados por estas bandas de racistas.

Hace pocas semanas nos veíamos de nuevo reclamando lo obvio en las calles ante la masacre cometida en nuestras fronteras. Las vidas negras importan, decíamos una vez más, cuando se consideró oficialmente que las decenas de personas asesinadas en la valla de Melilla eran consecuencia de una acción ‘bien resuelta’. Fue indignante para gran parte de la sociedad ver los cuerpos negros extendidos al sol, recibiendo golpes incluso los moribundos, mientras los mandatarios de ambos países, de España y Marruecos, se felicitaban por la acción. Pudimos ver los cuerpos, pero estos representaban tan solo una mínima parte de los que siembran las fronteras de la Europa Fortaleza. Justo esta semana, Caminando Fronteras presentaba un informe en el que reportaba casi un millar de muertes tan solo en lo que llevamos de 2022.

Es ‘la normalización de la muerte en el tránsito migratorio’ lo que alerta el Observatorio de la Frontera Occidental EuroAfricana, que Caminando Fronteras creó en 2015. La necropolítica que acuñó Achille Mbembe, la que expone a algunas personas a la muerte. La misma matriz que permite la normalización del racismo que nos lleva a asumir que los sucesos de Peal de Becerro son inevitables, dada la supuesta condición intrínseca del pueblo gitano de causar conflictos allá donde está.

Porque todos estos sucesos, desde los pogromos relatados, las muertes en las fronteras o los asesinatos racistas como el de Ndombele, tienen relación. Viendo los tópicos que se repiten en redes estos días, parece que hay que recordarlo hasta que vuelva a crecer la yerba, si esta llega a crecer algún día. Se llama racismo, y lamentablemente forma parte no solo de lo más execrable de nuestra cultura, repleta de pogromos, odios y supremacismo, sino de la institución misma, del Estado, de sus leyes y de sus prácticas cotidianas con una parte de nuestros vecinos y vecinas, condenadas histórica y estructuralmente.

Justo ayer, 22 de julio, Europa conmemoraba el Día Europeo de las Víctimas de Delitos de Odio. La fecha elegida hace referencia al atentado de Utoya, Noruega, en 2011, cuando un ultraderechista asesinó a 69 adolescentes de izquierdas a los que consideraba cómplices del reemplazo poblacional en Europa por sus posiciones políticas ‘buenistas’ con la inmigración. El asesino sigue en prisión, pero sus ideas tienen hoy espacio casi cada día en los medios y en las instituciones en boca de los partidos de extrema derecha. Sus seguidores y sus imitadores (que han cometido varias masacres desde entonces en varios países) se multiplican. Algunos hasta ganan elecciones o entran en gobiernos. Por todo esto, querer minimizar o justificar hechos como los de Peal de Becerro, a algunos nos pone en alerta. Y preferimos insistir en el peligro que subyace antes que mirar hacia otro lado cuando alguien decide que quemar la casa de tu vecino por ser gitano es una reacción natural, y añádanle cualquier prejuicio sobre ‘su cultura’, ‘su etnia’ o cualquier otro tópico atávico y racista lamentablemente todavía presente.

Y no miren solo a la extrema derecha, porque aquí, aunque también está y aprovecha las mareas para navegar, el racismo, como el machismo y otros males, no son solo patrimonio de los ultras. Su mejor logro será normalizar el racismo entre aquellos que no creen serlo, y que los problemas estructurales, aquellos que genera el propio sistema para mantener el orden, su orden, también de clase, pasen a un segundo plano y consigan entretenernos señalando a nuestros vecinos.