Otras miradas

Este no es otro artículo sobre la derrota de la izquierda

María Corrales

Politóloga

Una mujer muestra una camiseta que reza 'Sanida Pública' mientras se manifiesta por la Sanidad Pública y contra los recortes con el lema ‘Ayuso & CIA dan la estocada a la Sanidad Pública’ en la plaza del Callao, a 18 de septiembre de 2022, en Madrid (España).- EUROPA PRESS

Si el lector espera encontrar en este artículo la ratificación de la profecía autocumplida ante la "ola reaccionaria", siento decepcionarle, pero en lo siguiente no va encontrar ninguna reflexión sobre la inevitable victoria de la extrema derecha en Europa. Para ello, recomiendo darse una vuelta por el timeline de Twitter y deleitarse con las llamadas antifascistas a la resistencia y al cierre de filas con una Europa, que, como explicaba Pablo Bustinduy en un artículo reciente en este medio, tiene muchos números de acabar teniendo más connivencia con Georgia Meloni de la que tuvo en su día con el Gobierno del Movimiento 5 Estrellas.

Tampoco va a ser este artículo una llamada a la tranquilidad, un ensalzamiento del sistema de partidos español que pareciese avanzar hacia la reconstrucción de un bipartidismo en quien algunos pretenden ver el muro al que rezar y darle las gracias por aislarnos de las sacudidas en suelo europeo. Y es que en un contexto de grandes acelerones en el campo económico y geopolítico, no hay dique inmovilista que pueda dar ninguna garantía a largo plazo. Cuando el desorden es el que impera, será la inercia o, con un poquito de voluntad, la iniciativa, lo que consiga dar forma a nuevos proyectos en liza.

En este sentido, y aunque sea a contracorriente, creo sinceramente que la izquierda tiene hoy un mejor escenario para el aterrizaje de su acción política del que ha tenido en años. Y es que la crisis provocada por la guerra ha vuelto a poner el foco en tres cuestiones que abren la oportunidad de dividir el campo político en un terreno favorable para cualquier proyecto de transformación: la contradicción capital-trabajo, la garantía de derechos básicos como la vivienda y la vuelta del Estado como único agente capaz de planificar en tiempos de catástrofes aseguradas.

Empecemos por lo primero en orden cronológico y de importancia: la inflación provocada por la subida de los precios de la energía ha devuelto a la primera línea del debate público el antagonismo respecto a las élites económicas. Una cuestión que no es baladí ya que en España venimos de unos años en los que el debate había parecido retornar inexorablemente a la discusión entre las izquierdas y las derechas cuya sobreactuación fue aprovechada, además, por algunos sectores que quisieron alimentar la idea de que el principal problema del país era "la polarización". Hoy, sin embargo, quiénes multiplicaron sus ganancias detrás del telón de los años de pandemia vuelven a aparecer como actores sobre los que legislar, algo que, en sí, ya constituye una victoria, porque todo el mundo sabe que no se puede hacer política sobre aquello que no existe.

Esta no es, además, una cuestión que haya irrumpido exclusivamente en debate mediático, sino que, para más inri, está formando parte de la experiencia directa de todas las familias que, compra a compra, factura a factura, van pagando con sus salarios el margen de beneficios que las empresas están traspasando a los costes de los productos. Lo explicaba de forma nítida el economista Iván Ayala en un hilo de tuits reciente: mientras dure la guerra, la decisión más importante que deberán tomar los gobiernos es si los costes de la inflación los asumen los beneficios empresariales o los salarios. Recuperando al viejo Mao, he aquí la contradicción principal de nuestro tiempo que hoy se manifiesta en el campo económico y que, sin embargo, como sabemos desde hace mucho, no tiene porque trasladarse directamente al campo político porque, valga la redundancia, debe ser construido, adivinen, políticamente.

Esta es, a mi entender, la tarea fundamental de las izquierdas en España a día de hoy. La de organizar dicha contradicción entre beneficios y salarios a través de la interpelación a un sujeto amplio que pueda tomar forma a través de políticas concretas como el incremento salarial generalizado a través de los sindicatos, el límite de los márgenes empresariales y, por supuesto, la regulación de precios. Una batalla ideológica en la que, por cierto, las derechas españolas ya han entrado de frente a través del debate sobre la eliminación del impuesto de patrimonio como gran medida simbólica para borrar la frontera entre los de abajo y los de arriba.

Por otro lado, es evidente que la ofensiva del Partido Popular responde, también, a un intento de la vieja inercia neoliberal para tocar las bases de un Estado que hoy se presenta como el único garante de un horizonte de predictibilidad. Y es que, ante un mundo que avanza de catástrofe en catástrofe, son las instituciones las únicas que tienen la capacidad de planificar objetivos a largo plazo. Unos objetivos que, a mi entender, si queremos que sean capaces de transcurrir de forma relativamente independiente a la reorganización de bloques global, deben avanzar hacia la consecución de mayores cotas de soberanía en el plano industrial, energético y, por supuesto, político.

Es ahí donde aparece el reto de la transición ecológica, no sólamente como un deber moral para con el planeta o como un mero cambio cultural en los patrones de consumo, sino como una política planificada que haga de España un país menos dependiente y más competitivo en el escenario de compra-venta de energías fósiles en manos de las grandes potencias extranjeras. Un horizonte que parece alejado del cierre de filas a cualquier precio con la burocracia europea quien, entre otras cosas, ha decidido acelerar una transferencia del dinero de los bolsillos de la ciudadanía a la banca a través de la subida de los tipos de interés. Y también lo es con el nuevo concepto estratégico de la OTAN cuyas conclusiones fueron dirigidas, de forma muy explícita, a tensar aún más el cordón umbilical que sigue amarrando al viejo continente con los Estados Unidos.

Finalmente, como en la década pasada, hará falta mirar mucho y mirar muy bien a la nueva oleada de los gobiernos progresistas en América Latina. Lo explicaba hace pocos días Álvaro García Linera en la charla que mantuvo con la ministra de Trabajo Yolanda Díaz. Cómo la inflación está siendo combatida vía regulación de los precios y limitación de los beneficios, cómo la victoria de Lula puede abrir la puerta a una nueva unidad latinoamericana que refuerce la existencia de un polo de los no alineados en el mundo. Y es que hay que mirar más al progresismo que acierta y regocijarse menos en la impotencia de las derrotas.

Como conclusión, pienso honestamente que el escenario económico y político abre una serie de oportunidades importantes para cualquier izquierda que se atreva a recuperar la inventiva. Hay margen de maniobra si se atiende a las brechas disponibles, aún no politizadas, y salimos, cada una de nosotras, de los nichos en los que cómodamente nos instalamos en los tiempos de la resaca.